Carlos Pazos. Bisturí o arsénico

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Carlos Pazos. Bisturí o arsénico
Marti Gasull Avellan

La aparente facilidad en la obra de Carlos Pazos es engañosa. También es engañosa la ironía y el glamour que nos acosan al primer vistazo. Pazos nos enreda a todos, con su aspecto de Rick Blaine en Casablanca. "Play it again", Carlos. Esta vez, entre la disyuntiva del bisturí y el arsénico, como bien reza el título de esta exposición que recoge trabajos creados durante su residencia en el Centro de Arte Contemporáneo Piramidón (desde 1.992 hasta 2.008).
Para los que aún no lo sepáis, Piramidón es una 'rara avis' al lado de la estación de metro Besòs. Tres plantas de estudios, una sala de exposiciones con vistas privilegiadas en lo alto de un pequeño rascacielos... Y unos artistas que pagan con obra el alquiler del espacio de trabajo.
¿Qué tiene de gracioso el suicidio del pato Donald multiplicado en serigrafías que destacan la futura mancha de su impacto contra el suelo? Y las coreografías de pene alrededor del logotipo de 7 Up? O una maternidad clásica descabezada ante dos botellas de Gin Giró coronadas por pezones de limón?
Sí, nos podemos quedar con el instante revelador, el chasquido de dedos del chiste, con la piel de sus obras; como también nos podemos quedar con la increíble capacidad de seducción de un Pazos que, en carne y hueso, hipnotiza y incondicionalitza con su experiencia de bar exquisito. Pero debemos saber adivinar, tras esta agilidad pop, el grito desgarrador del artista ante el paso del tiempo: bisturí o arsénico, renovarse o morir. Nada de 'aurea mediocritas' ni manierismos para ir tirando. No confundamos el estilete de Pazos con el ji, ji, ja, ja del posthumor, respetable posthumor tan de moda entre la moderna culturilla barcelonesa ... Piramidón no es el 'Museo Coconut'. Pazos no es un descreído, más bien es un esteta del naufragio.

Por Ricard Mas

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