Clavé 100 anys

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Desde 1996 que no veíamos una antológica de Antoni Clavé tan completa. Fue en la Pedrera, comisariada por Daniel Giralt-Miracle. Y ahora, bajo la misma guía estelar, asistimos al fenómeno diecisiete años después de la antológica, ocho después de la muerte del artista o, si lo preferís, casi un siglo de su nacimiento.

Clavé es un autodidacta accidentado. Accidentado como toda su generación, atropellada por una incivil guerra que le obligó a ser soldado y a marcharse al exilio. En Barcelona, había vivido un fenómeno inverso: artistas extranjeros como la pintora georgiana Olga Sacharoff, refugiada durante la Primera Guerra Mundial, habían enseñado a jóvenes como Grau Sala y Antoni Clavé el valor subversivo de la ingenuidad. Así lo vemos en unos dibujos de los años 30 que abren la exposición. La muestra está estructurada en temas, manías que asaltaron a Clavé en orden estrictamente cronológico. En 1944 conoce a Picasso, con quien conservará la amistad el resto de su vida. Picasso le impacta, lo vemos en una serie de telas de tema femenino de ésta década.

Clavé también se dedica a las ediciones de bibliófilo y a los decorados de teatro. Tenía que ganarse la vida. Samuel Goldwyn le invitó a Estados Unidos para diseñar los decorados del film ‘Hans Christian Andersen’, pero decidió, después de un sueño premonitorio, ir en barco y en tren, con el consiguiente retraso y gastos extras de producción... En los 50 hizo uno de los descubrimientos iconográficos más significativos: los guerreros. Se trata de personajes que van perdiendo connotaciones figurativas y se adentran en la abstracción, en el arte sucio y la gestualidad, a la vez que incorporan nuevos materiales y procedimientos adoptados –especialmente del mundo del gravado– parar conferir apareamientos heterodoxos. Es el Clavé que consolida su personalidad artística y triunfa por todas partes, incluso en Barcelona, donde evita instalarse.

Un arte tan sucio parece tener poco en común con la cultura japonesa, pero es en este país asiático donde es mejor considerado. En Japón hay una rica tradición del gravado y sus insólitos cuadros, con la huella del tórculo y el amor por las texturas del papel, no dejan indiferente. Además, introduce trazas inspiradas en grafitos que ha descubierto en las paredes de Nueva York. La estética no huye de la espiritualidad, pero la encuentra entre grumos de materia, en la evidencia de lo cotidiano, en la humildad del oficio aunque, en términos oficiales, haya que llamarle arte.

Por Ricard Mas

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