Joan Brossa: Escolteu aquest silenci

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Joan Brossa: Escolteu aquest silenci

En las ciudades actuales sólo se puede gozar del silencio en dos espacios que, por otra parte, tienen mucho en común: las iglesias y los teatros. En La Seca-Espai Joan Brossa tienen una sala donde, mientras la gente espera la hora de la representación, se puede admirar una exposición. Ésta sala celebra la instalación de la Fundació Joan Brossa en el edificio, y lo hace con una selección del trabajo de este creador catalán, a través de la exposición Brossa: escuchad este silencio. Joan Brossa Cuervo es, en cierta manera, padre cofundador de nuestra cultura local contemporánea. Para unos, un sinvergüenza vividor; para otros, un genio socarrón. El caso es que, después de años en el sótano, fue ‘institucionalizado’ mediante exposiciones oficiales.

Durante la transición a la posmodernidad, fue el abuelo excombatiente de la Guerra Civil que se entendía con el nieto revolucionario. Colaboró con numerosos creadores de diversas generaciones: de la suya, como Tàpies –con quien acabó fatal–; de la anterior, como Joan Miró; de les inmediatamente posteriores, como Portabella, e incluso la más jóvenes, como Perejaume. El caso es que si Brossa lo hubiera dejado, pongamos, en 1984, a la edad normal de jubilación, nos hubiéramos perdido el 90% de su obra visual. Lo que veremos en La Seca es sólo fruto de los últimos años de su vida.

Por otro lado, sólo teniendo una afición moderada a visitar exposiciones de arte, todo lo que se expone en La Seca lo hemos podido ver, por ejemplo, en la primera retrospectiva que le dedicó la Fundació Joan Miró a Brossa en 1986, o a la del Reina Sofía en 1991, o en la de la Virreina en 1994, o en la segunda retrospectiva de la Miró, organizada por KRTU, en 2001... ¿Quién no ha olvidado poemas objeto como la raspa de sardina, el cordel con grifo, las gafas atravesadas por celuloide o el polémico huevo frito como Sagrada Forma? ¿O cuando ve una letra A no rememora los poemas visuales donde el abecedario toma un protagonismo dramático?

Esta muestra, pues, tiene dos utilidades: 1) hacernos recordar el potencial poético del universo brossiano –magia, conciencia social y nacional, activismo, expansión lingüística–, no sea que, inmersos en un universo Kindle y hipertextual de pantallas táctiles, olvidamos de dónde venimos; y 2) adivinar cómo trata el tiempo la obra visual de Brossa... ¿Aguanta igual, peor o mejor que sus escritos? Sea cual sea la respuesta, el día que nos atrevamos a hablarlo abiertamente habremos superado una nueva etapa estética. Y ya toca...

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