Víctor Mira, 1949-2003

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Esperpéntica exposición de Víctor Mira en la galería de Ignacio de Lassaletta. Y digo esperpéntica en el buen sentido de la palabra, por bien que la ordenación cronológica y metodológica brillen en su arbitrariedad. Pero, ¡qué demonios! Mira se merece una retrospectiva, una revalorización neta de mitos y leyendas. Será difícil, porque un artista que optó por una muerte tan 'démodée' entre los de su oficio -padecía sordera debido a una reincidencia tan absurda como una pistola de fogueo que descargaba contra su pecho cada vez que una pintura no salía como él deseaba- y no paraba de escribir aforismos desesperados como el que encabeza su libro 'En Espana no se puede dormir', es carne de especulación anecdótica.

Y la anécdota no debe impedirnos ver la obra. Mira nos lo pone difícil. Afirmaba que nació en Zaragoza cuando su DNI decía que lo había hecho en el protectorado de Larache, y siempre ocultó su verdadero nombre: Víctor Miguel Miragaya Marco. Este año se celebra el decimo aniversario de su deceso, e Ignacio de Lassaletta lo conmemora con obra de varias épocas, especialmente de la del 1980. Hay quien dice que es su mejor periodo, pero queda a la vista que fue siempre, de una manera regular, un pintor estupendamente irregular.

Se inicia en la pintura a veinte y pocos años , partiendo del automatismo grafico de raíz surrealista. Y en el umbral de 1980 deriva hacia el expresionismo. Hay quien quiere ver en Mira ecos de Solana, incluso de Goya. Lo más sensato sería pensar que tenía gustos compartidos por ciertos ambientes sórdidos y decadentes, puros en su planteamiento humano primario. ¿Qué hay mas humano que los celos, la venganza, la enfermedad, la muerte, el sexo...? Mira es un poeta atraído por la muerte. Se complace en los maestros españoles del XVII, apologetas de la 'vanitas'. Él mismo escribirá: "El acto de pintar me lleva siempre al borde del suicidio, al obsesionado de sofocar la culpabilidad, de degollar el artista y dejar al hombre solo, en sí mismo".

Negros pensamientos para unas pinturas negrísimas, rellenas de materia y de simbologías heredadas de la tradición cristiana. Pero no tanto del altar dorado sino de la catacumba proscrita. La pintura de Mira es tan brutal como la de los neoexpresionistas alemanes coetáneos. Flirtea con las tinieblas, a veces se revuelca y termina atrapado. El lenguaje ya las tiene, estas cosas. Si afirmas "no soy un pintor que se vende más o menos bien a los mercados del arte, soy una fuerza que se manifiesta", acabas pasando a la historia... de la fenomenología.

Por Ricard Mas

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