Novelas 100% barcelonesas

Bajo el veredicto de los lectores de Time Out, diez autores se han paseado desde el Tibidabo de Zafón a la Catedral del Mar, pasando por la Gracia de Rodoreda y el Chino de Montalbán, recordando las novelas que mejor retratan Barcelona

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  • 1. La Plaça del Diamant

    Por Natàlia Ramon

    He visto a Colometa correr como poseída por las calles de Gràcia y he visto a la Señora Natàlia sentada –quizás en los Jardinets- mirando sin ver cómo llovía, acurrucada bajo un paraguas y con un fajo de periódicos bajo la falda para no mojarse. Las he visto porque las he querido ver. Porque al acabar La Plaça del Diamant, he reseguido sus pasos, sólo intuidos en la novela de Mercè Rodoreda. Por eso os invito a venir, pero antes os invito a leer.

    En La Plaça del Diamant, donde empezamos la ruta, no encontraréis a los músicos ni “el sostre guarnit amb flors i cadeneta de paper de tots colors!” Os podéis sentar en un banco y cerrar los ojos para ver, en el entoldado, a Natàlia con la cinta de goma de las enaguas que le aprieta, bailando con Quimet.

    Rodoreda lo sitúa en la calle Montseny. No he podido resistirme a imaginar, que de hecho es lo que provoca la buena literatura, y lo he buscado. He pasado por el antiguo Teatre Lliure, el Oratorio de Sant Felip Neri y, cuando ya llegaba al Carrer Gran, he visto la casa de la calle Montseny número 9. Mirad hacia arriba, al último piso. “Que fos sota terrat ens va agradar molt i més encara quan en Cintet ens va dir que el terrat seria tot nostre”. La primera parte de la vida de Colometa –será Colometa desde que Quimet así la llama cuando la conoce en la plaza- transcurre en un piso como este. Primero lo arreglan y después de casados –en los Josepets de la plaza Lesseps- viven. Allí nacerán sus hijos, Antoni y Rita, criarán palomas, dejará solos a los niños para ir a fregar; y allí volverá, pocos días, Quimet lleno de la sarna y de la miseria del frente, hasta que lo tendrá que vender todo, incluso la cama y el colchón, para poder comer. En el piso vacío, abrazados, la madre y las criaturas, aguantarán los bombardeos. En este piso hará lo que tenía que hacer: aguantar.

    Ahora cruzamos la frontera, el Carrer Gran, que significa pasar página a la miseria y el sufrimiento, pero no a la tristeza. Es ir a vivir a la casa de su segundo marido, Antoni, un tendero modesto, que la vuelve a llamar por su nombre.

    He buscado la tienda con los sacos de maíz en la puerta. Siguiendo Montseny, pasado Gran de Gràcia, llegamos a la calle Berga, que baja hasta el mercado de la Llibertat. “La casa era senzilla i fosca, fora de dues habitacions que donaven al carrer que baixava a la plaça de vendre”. Aquí la señora Natàlia vivirá despacio, presa de la tristeza y de no encontrar su sitio en este mundo.

    Rodoreda decía que La Plaça es una novela de amor “sin un grano de sentimentalismo”. Quizá es amor contenido hasta el final. “I li vaig començar a passar la mà a poc a poc pel ventre perquè era el meu esguerradet i amb el cap contra la seva esquena vaig pensar que no volia que se'm morís i li volia dir tot el que pensava, que pensava més que el que dic, i coses que no es poden dir, i no vaig dir res i els peus se m’anaven escalfant i ens vam adormir així…” Lo decía Rodoreda: las cosas importantes son las que casi ni se ven.

    1. La Plaça del Diamant
  • 2. La sombra del viento

    Por Carles Valbuena

    Secreta, misteriosa y gótica. Así es la Barcelona que Carlos Ruiz Zafón recrea en La sombra del viento, una ciudad real y a la vez fantástica, llena de rincones que esconden historias de amor y odio, de crimen y de pasión.

    Descubrámosla. Nuestra ruta empieza en el Arc del Teatre, una callejuela oscura, estrecha y un poco intimidante situada al final de la Rambla. El lugar ideal, sin duda, para ubicar el Cementerio de los Libros Olvidados, la laberíntica biblioteca donde el joven Daniel Sempere encontró, un día de verano de 1945, un ejemplar de La sombra del viento y escuchó por primera vez el nombre del enigmático escritor Julián Carax. No os esforcéis demasiado en buscar el edificio porque no existe ni ha existido nunca. Pero su espíritu está muy presente, como también el del libretero Isaac Monfort, siempre rodeado de volúmenes antiguos llenos de polvo.

    La segunda parada del recorrido nos lleva hasta la plaza de Sant Felip Neri, en el corazón del barrio Gòtico. Sentaros en la fuente que hay en medio y releed los pasajes de la novela que transcurren en este escenario encantador. Con un poco de suerte, quizás veis en alguna ventana a la seductora Núria Monfort, la mujer que le revelará a un fascinado Daniel Sempere la clave del tortuoso pasado de Julián Carax, a quien siempre amó sin esperar nada a cambio.

    Otro punto obligado de esta ruta es la calle de Santa Anna. Aquí, en un piso al lado de la plaza de Ramon Amadeu, vivían Daniel Sempere y su padre, justo encima de su modesta librería de antiguo. No hay ninguna librería, ni de antiguo ni de libros nuevos, pero si os sirve de consuelo, muy cerca tenéis el magnífico claustro de la iglesia de Santa Anna. Una escondida isla de paz para disfrutar de la lectura en medio del remolino humano de esta zona comercial.

    ¿Queréis saber dónde transcurrió la traumática infancia de Julián Carax? Pues ir caminando hacia la Ronda de Sant Antoni. Delante de la plaza de Goya, donde ahora hay tiendas de electrónica, estaba la sombrerería de su padrastro, Antoni Fortuny, un fanático religioso que encerraba a su mujer Sophie en una habitación llena de crucifijos que colgaban del techo para redimirla del pecado. Estremece sólo de pensarlo. Pero las emociones más fuertes nos esperan en la otra punta de la ciudad. Podéis hacer lo mismo que el protagonista de la novela: coger los ferrocarriles de la Generalitat en la plaza Cataluña, bajar en la parada del Tibidabo y después subir al Tramvia Blau, avenida arriba, hasta que lleguéis a la altura del número 32.

    Y ahora, coged aire y controlad los nervios, porque os encontraréis delante del auténtico epicentro de la novela: “L’àngel de boira”, la residencia señorial de la familia Aldava. Bien, de acuerdo, lo que hay es una consultoría y la casa se parece poco a la de ficción. Pero no importa, porque justamente aquí, en el interior de la mansión gótica surgida de la imaginación de Ruiz Zafón, Julián Carax se enamoró locamente de Penélope Aldava, Daniel Sempere descubrió por primera vez el cuerpo de Bea, el sinistro inspector Fumero tuvo en final que se merecía y todavía descansan en paz en una cripta subterránea… Pero no desvelamos más secretos, porque quizás todavía queda alguien que no ha leído La sombra del viento.

    2. La sombra del viento
  • 3. La ciudad de los prodigios

    Por Julià Guillamon

    Publicada en 1986, La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza, anticipa la tendencia actual hacia la tematización de la ciudad, pero a la vez, gracias al humor y a la distancia crítica, se aleja de todo. Este dualismo de la novela queda especialmente al descubierto en el capítulo IV, dedicado a la construcción del Eixample. Una novela sobre la Barcelona modernista, ¡el sueño de cualquier editor! Y más hace veinte años, después de la nominación olímpica. ¿Por qué la novela de Mendoza no ha generado tantas rutas turísticas como, por ejemplo, La catedral del mar? Porque, a pesar de este enfoque temático, presenta una realidad no muy edificante –los grandes negocios especulativos arrinconan las voluntad de crear “una ciudad agradable a la vista, confortable y higiénica”.Dice Mendoza: “ Los barceloneses no desaprobaron el plan en la forma tajante que el alcalde visionario había vaticinado, pero tampoco lo consideraron cosa suya; no captó su imaginación ni despertó ningún sentimiento ancestral. Se mostraron reacios a comprar, fríos y deslucidos a la hora de edificar y remisos a ocupar aquel espacio que durante siglos habían anhelado y reclamado; lo fueron poblando gradualmente, impelidos por la presión demográfica, no por la fantasía”. ¡Vega, explícaselo a los turistas!

    Comenzamos en el jardín del Palau Robert, símbolo de un paseo de Gràcia aristocrático que no lo fue. En 1909, cuando era el Palacio del Conde de Torroella de Montgrí, se celebró una comida en honor del rey Alfonso XII, que nos lleva a pensar en las grandes comilonas de Onofre Bouvila y el marqués de Ut los días de la Semana Trágica. Segundo punto: la esquina de las calles de Rosselló y Girona. “¿Quién quiere irse a vivir allá?” – se pregunta la gente.

    Un día llegan unos camiones cargados de vías de tranvía. Bien comunicados, los terrenos suben de precio y, en pocos días, a Bouvila se los quitan de las manos (después, sus obreros vuelven a arrancar las vías). Tercera parada: la casa larga y estrecha de la calle Girona, 86.

    Ilustra uno de los mejores argumentos de Mendoza: en el Eixample, cada terreno que se vende o se compra se divide en dos partes. Una, se edifica. La otra, se vende por el mismo precio que el terreno entero. El propietario de la segunda parte también lo divide, construye en una parte y vende la otra. Al final queda una tira estrecha que, para justificar su alto precio, se llena de mosaicos, vitrales y hierros. Es lo que debía pasar en Girona, 86. Cuarta: las casas Cerdà, en Consell de Cent con Roger de Llúria, que dice que fueron las primeras del Eixample. Hace unos años, para construir un hotel, la de Besòs/montaña la pintaron como un loro. Desde Consell de Cent bajamos hasta la plaza de Cataluña. Por aquí desfila a caballo el abogado Humbert Figa i Morera, mientras los esbirros de la banda de Odón Mostaza lo miran embobados. Bouvila aprende una regla básica: los que mandan de verdad no se dejan ver nunca y mueven los hilos desde la sombra.

    3. La ciudad de los prodigios
  • 4. La catedral del mar

    Por Gemma Casamajó

    Gira el món i torna al Born. Esto dice el refrán y esto suscribe La catedral del mar, la novela de Ildefonso Falcones ambientada justamente en el corazón de este barrio, a los pies de Santa Maria del Mar. Os proponemos, entonces, volver al Born después de haber dado la vuelta al mundo de la mano de esta novela que, como la misma historia de la basílica, está hecha de insólitos términos. La iglesia se construyó en el tiempo récord de 54 años, pero no sufráis: vosotros tardaréis sólo una hora en hacer la ruta por los escenarios de esta novela ambientada en la Edad Media y en el Born – entonces un modesto y humilde barrio de pescadores: ahora, un moderno y chic barrio de creadores. Como no podía ser de otra forma, iniciamos el recorrido delante de la iglesia más bonita del mundo que le da nombre a la novela.

    Su protagonista podría ser uno de los estibadores que ayudaron a construir el tempo trasladando piedras desde la cantera real de Montjuïc que aparecen reproducidos en bronce en las puertas de la entrada principal.La catedral del mar recoge, por un lado, la historia de un estibador como los de la puerta, Arnau Estanyol, un joven que nació pobre y fugitivo y murió rico y noble y, paralelamente, la historia de la construcción de la basílica, una iglesia levantada por el pueblo, con el dinero de unos y el esfuerzo de otros. Justo delante del templo, donde se unen las calles de Canvis Vells y Canvis Nous, encontramos la casa donde vivió Arnau Estanyol cuando ejercía de cambiador. Allí mismo descubriréis la pastelería Bubó. Entrad y cambiad 5 euros por uno de los dulces más bonitos del mundo. Llenos y satisfechos, seguimos el recorrido por la calle Montcada, que fue una calle señorial que albergaba los palacios de las familias más ricas de la ciudad –en uno de ellos vivió también el protagonista de la novela- y ahora combinación y combate de comercios de todo tipo, y puerta de entrada a la calle más estrecha e intrigante de Barcelona: la calle de las Mosques.

    Seguimos por Montcada, giramos por Princesa, salimos del Born y, nos chocamos con la plaza del Àngel, que en la época feudal se llamaba plaza del Blat, el centro simbólico de la Barcelona gótica (en la novela, las ejecuciones públicas se hacían aquí). Y, de plaza a plaza, nos adentramos en el corazón del Gòtic. Del Àngel al Rei, donde encontramos la capilla donde se casa el protagonista de la novela. La plaza del Rei nos puede servir de entrada al judería, que La catedral del mar describe a través del personaje de Hasdai, un gran amigo del protagonista. De la judería podemos visitar la antigua sinagoga mayor, en la calle Marlet, las paredes de la cual están orientadas todavía hacia Jerusalén.

    4. La catedral del mar
  • 5. Últimas tardes con Teresa

    Por Maria Zaragoza

    Ha llovido mucho, más de medio siglo, desde esta Barcelona de los años 50 que pinta Juan Marsé en Última tardes con Teresa. La novela, una de sus obras más célebres, lo empujó definitivamente al reconocimiento como el gran escritor que es. Marsé hace un retrato impecable – que pudo soportar una adaptación cinematográfica poco acertada- del mundo de los “otros catalanes”, según la nomenclatura de Paco Candel, y también de “estos”, mientras nos guía por los caminos de la ambición y el idealismo. De la miseria vivida por la emigración que se asienta en diversos “extrarradios” de la ciudad, en este caso en el Carmel, a la opulencia de las clases acomodadas barcelonesas de Sant Gervasi, que pueden esforzarse con indolencia en los propósitos marxistas porque todavía hay clases. Ha llovido mucho, y el Carmel de Manolo, el Pijoaparte, ha cambiado notablemente – con hundimientos incluidos que a más de uno nos hicieron pensar que Marsé no se había leído demasiado. Pero esa Barcelona, al otro lado de la Montaña Pelada donde Güell hizo construir a Gaudí lo que tenía que ser una urbanización de verano para los barceloneses se ha convertido para algunos, gracias a Últimas tardes con Teresa, en la cara predilecta de la ciudad.

    Iniciamos la ruta en la plaza Sanllehy, que toma el nombre del médico que introdujo la homeopatía en Barcelona a mitad del siglo XIX. Un nudo viario que nos permite subir por la parte sur de la colina del Carmel, donde se ha mantenido una tendencia a la urbanización siguiendo el modelo novecentista de “la casita y el huerto”. Aquí el Pijoaparte conduce a todo gas la moto robada de turno hasta llegar a la sinuosa carretera del Carmel. En la curva del Cotolengo aflojamos, porque a tres pasos se eleva la puerta lateral del Park Güell, donde contemplamos el bosque domesticado con el que se encuentra Manolo la noche en la que es consciente de su soledad en la ambición inconformista y criminal. Conmovidos por la visión, volvemos arriba hasta la altura de la calle de Mühlberg, donde nos abre las puertas el Restaurante Mesón Delicias, y esperamos encontrar a Maruja, la asistenta de Teresa y novia accidental de Manolo, que persiste en irlo a buscar los días libres. Recuperamos fuerzas con un buen plato de patatas bravas y subimos hasta la calle de la Gran Vista. El Mirador de la Mitja Lluna nos ofrece desde aquí una panorámica de la colina del Carmel nocturnamente inquietante. Desprovistos de la desazón del Pijoaparte cuando recurre a la complicidad del Cardenal, reseguimos las escaleras de la calle de la Murtra y llegamos a nuestra meta urbana y literaria, la Biblioteca Pública El Carmel – Juan Marsé, en la esquina con la calle del Alguer. Desde la terraza, saboreamos con la mirada el premio al afecto que el autor, observador implacable de la naturaleza humana y del poder del entorno social en la identidad, ha expresado siempre por el Carmel.

    Si Últimas tardes con Teresa es una gran novela de Barcelona es también, en parte, porque la disección de Marsé se alimenta profundamente de este cariño, en un retrato preciso que ha sabido volverse atemporal.

    5. Últimas tardes con Teresa
  • 6. Nada

    Por David Castillo

    Nada de Carmen Laforet es un libro imposible de olvidar. Novela de iniciación, de descubierta, es muchas cosas a la vez: un retrato generacional, el fresco de un tiempo gris y una visión nítida que resume la sensibilidad de un creador que descubre los secretos de su alma joven. Escrita cuando todavía era una joven escritora inédita – Laforet había nacido en Barcelona en 1921-, el gran éxito que supuso la obtención del primer premio Nadal, en 1944, demuestra su capacidad para conectar con un público que se ha perpetuado a lo largo de los años.

    Nada ha resultado ser un clásico y sorprende que todavía la escojan como una de las novelas que más bien se pueden asociar a Barcelona, entonces una ciudad derrotada al inicio de una cruda posguerra. Recordamos que Carmen Laforet define la tristeza de un piso del Eixample, de la calle de Aribau, tan bien como lo había hecho Josep Pla con la calle de la Diputació, cuando también se instaló en Barcelona de joven.

    La familia Laforet se había trasladado a Las Palmas cuando ella tenía sólo dos años. A los 18 volvió a su ciudad natal para estudiar Filosofía y Letras en la universidad central de Barcelona. Desde la primera página nos habla de la impresión que le produce la Estación de Francia cuando entra con el tren a media noche, después de haber hecho, por primera vez, un viaje sola. Enseguida nombra a los “camàlics” –en catalán, en el original- las callejuelas del Born y explica cómo va hacia la calle Aribau en un viejo coche de caballos de los que complementaban la reducida flota de taxis. Me emocionó también la descripción de la entrada a la iglesia de Santa Maria del Mar, con el techo todavía negro por el incendio de la revolución del 36, del que sólo se salvó el Cristo de madera. Con los ojos de una niña inocente en la ciudad devastada, Laforet creó una obra delicada, que ha sobrevivido como sólo lo hacen los grandes libros. Ha superado, incluso, el resto de la obra de la escritora, que, sin duda, quedó eclipsada por la repercusión que tuvo Nada.

    Recuerdo que, cuando la leí de adolescente, me tragué las 1.346 páginas del primer volumen de la obra completa de la escritora, con títulos memorables como La isla y los demonios –ambientada en Canarias, donde se crió la narradora- y La mujer nueva. Dos novelas que me interesaron tanto como Nada y que forman parte de un corpus compacto, de una trayectoria coherente, como si todo hubiese estado planificado desde el principio.

    Fue la misma Laforet la que se mostraba sorprendida de la trascendencia de su primera novela: “Nada es casi una interrogación… viva, anhelante”. También escribía una prólogo que la protagonista de la novela se encontraba en la atmósfera de una vida enloquecida por las circunstancias. Explicaba que, a pesar de haberla escrito el mismo 1944, la obra describía su llegada a Barcelona en septiembre de 1939, pocos meses después del fin de la Guerra Civil. Carmen Laforet supo narrar la complejidad de la ciudad y de la sociedad desde la sencillez, que es lo más difícil de obtener cuando se escribe. Ella lo consiguió.

    6. Nada
  • 7. Los mares del Sur

    Por Marina Espasa

    Empecemos por el principio, cuando el Raval era el Chino. En algún lugar secreto cerca de la Rambla de Santa Mònica es donde Carvalho tiene su despacho. Como somos unos nostálgicos empedernidos, lo hemos situado en la calle de Santa Mònica, justo encima del bar Pastís. Así, tanto él como el ávido lector podrán beberse un buen trago y empezar la ruta entonados.

    Carvalho ha recibido el encargo de investigar la misteriosa muerte a navajazos de Stuart Pedrell, un empresario de la construcción de dudosa honestidad, pero de segura ilustración intelectual, con el punto de melancolía de un lector de poesía. Después de abandonar a su familia y desaparecer durante un año, el cadáver ha aparecido y la viuda quiere respuestas. Carvalho ha salido a la Rambla para coger ideas. Ha cruzado por Nou de la Rambla (bueno, él la llamaría Conde de El Asalto), ha girado por Sant Ramon, ha subido hasta Sant Pau y…no sabemos por cuántas calles más ha paseado, porque el caso es que, ahora y aquí, el lector sólo puede encontrar la imponente Rambla del Raval, en medio de la que se levanta el no menos imponente Hotel Barceló Raval, un cilindro que al atardecer se tiñe de lila, pero, ¡ay!, no sale volando. Suerte que, muy pronto vemos el cartel de Casa Leopoldo, en la calle de Sant Rafael. Allí es donde Carvalho – y Montalbán- le quitaban la pena al estómago y donde podemos hacer lo mismo. Una vez hayamos comido, estamos a punto para ir hacia el sur, donde Pedrell desapareció, o donde se fue a esconder, ya que la novela habla, en el fondo, de alguien que huye de él mismo.

    Cogemos el metro en Drassanes y salimos a Sant Ildefons. Nos asomamos y sólo podemos mirar hacia arriba. No hay ningún cartel en el que ponga “Bienvenidos a la Ciudad Satélite”. Bloques de trece, diez, nueve y seis pisos, en filas infinitas y marciales. Carvalho encontró bodegas, quioscos y barberías. Hoy hay locutorios, CAPs (Centros de Atención Primaria) y asociaciones de enfermos de Alzheimer. Nos dirigimos hacia la avenida de la República Argentina (atención al espléndido Cine Pisa), la calle de Mossèn Andreu, la plaza Antonio Machado y Rosalía de Castro, la calle Buguenvíl·lea de la famosa Farmacia Ochoa, la avenida de Sant Ildefons y la calle Dàlia hasta la iglesia del Pilar. Por detrás de la iglesia veremos todo el Delta del Llobregat. Una torre se levanta sobre el mirador: la de la Miranda, proyectada a principios del siglo XX para observar las aves migratorias. ¡Y qué aves! Grúas es lo que son: se aguantan sobre un solo pie y levantan edificios. A esta avenida se le llama “la avenida del colesterol”, porque por ella pasean todos los que lo tienen demasiado alto. Es aquí como todo se acaba.

    7. Los mares del Sur
  • 8. La magnitud de la tragedia

    Por Enric Gomà

    La novela, entendida como reclamo y guía turística, entusiasma sobre todo a los hoteleros, restauradores y agentes de viajes, además de a alcaldes que viven en la exultación perpetua. A mi esta me parece una mirada errónea sobre la literatura, aunque un autocar de turistas austríacos anhelara ver la casa modesta donde se prostituyó la desventurada Margarita, la heroína de Barcelona y sus misterios, de Antoni Altadill. Para después hacer escala en la calle Aragó y contemplar el balcón del piso donde Verdaguer sacaba de quicio a la hija jorobada de doña Deseada.

    En La magnitud de la tragedia el autor no nos indica casi ningún lugar concreto de Barcelona, donde está ambientada la novela. Sabemos que Maria-Eugènia, vedette de revista, actúa en un teatro, diría, que del Paral·lel. La puerta del teatro la enmarcan sus piernas, reproducidas a gran escala. Por lo tanto, tiendo a creer que quizá se trata del teatro Arnau, antes de que se lo comiera la carcoma. Un primer hito de la ruta literaria de La magnitud de la tragedia sería, pues, este teatro. O el Apolo. Nunca se sabe.

    Monzó no da demasiadas pistas. Cuando habla de un hospital de Sabadell donde está ingresada una mujer porque hace dos días que “orgasma” sin parar, ¿se refiere al Hospital El Taulí? No me sirvió de nada trasladarme a éste hospital y entrevistarme con el jefe de ginecología, que se mantuvo en todo momento fiel al juramento hipocrático. Sólo cuando Ramon-Maria y Maria-Eugènia entran en una fase de fornicación intensa, el autor concreta los lugares de la ciudad donde hacen el acto. Nuestra propuesta es que los lectores de Time Out los emulen: “Lo hicimos escondidos detrás de la estatua de Colón”. A ciertas horas de la noche no resultaría del todo impensable. Otra opción, para los más pudorosos, sería el ascensor del monumento a Colón, después de darle una propina al ascensorista para que cierre los ojos.

    Monzó también apuntar a otro lugar para follar: “Entre las velas de los encantes del mercat de Sant Antoni”. Si se hace en domingo, los amantes, maniobrando, podrán mirar de reojo cómo los primeros libreros colocan los DVD y las revistas. Siempre se puede encontrar ese número de El Víbora que buscabas. “Contemplaron cómo salía el sol, desde una terraza de una cafetería de Plaza Catalunya”. Quizás es la terraza del Zurich. Monzó no aclara si hacen el acto o sólo miran el amanecer. Por suerte, concreta que por la mañana temprano, antes de que abran el local, ya que después el acto amoroso sería impracticable porque los camareros del Zurich, además de ser del Real Madrid, son muy estrictos.

    “Y en el tejado de La Pedrera”. La novela es de 1983 y la terraza de la Pedrera está abierta al público desde, más o menos, 1997. Por lo tanto, Ramon-Maria y Maria-Eugènia conocen a algún vecino que les facilitó la llave de la terraza, cosa que no se consigue fácilmente. Ahora, los lectores sólo tenéis que comprar la entrada del Espai Gaudí. Es una manera nueva y sugerente de penetrar en la obra del genial arquitecto.

    8. La magnitud de la tragedia
  • 9. L'auca del Senyor Esteve

    Por Marià Veloy

    Antes de que Rusiñol lo convirtiera en el protagonista de esta irónica tragedia de mercería, en el imaginario popular barcelonés el señor Esteve era el tendero que vivía sólo para ganar dinero. La genialidad de Rusiñol –escritor con un sentimiento cómico de la vida- consiste en convertir lo que era una figura rancia y antipática en un personaje risible, pero entrañable. Hasta tal punto que, después de leer L’Auca… nos han entrado ganas de bajar hasta el barrio de la Ribera y ver qué queda del señor Esteve.

    Para empezar, vamos al convento de Sant Agustí, donde desde 1830 estaba La Puntual, la mercería “de més crèdit i de més giro de quatre carrers de llarg a llarg”. Es el lugar ideal para recordar los episodios más conmovedores y divertidos de la vida de este hombre que nunca vio “més enllà dels prestatges” – el prodigioso talento para vender hilos, el catastrófico Corpus, el paseo por el lado más bohemio de la vida, la compra de una “torre” en Gràcia…- pero también lo es para imaginar la sonrisa del autor y el espanto del protagonista al ver que el antiguo convento que había delante de La Puntual ha dejado de ser un “quartel d’artilleria” para convertirse en un centro cívico donde se hace teatro, música y otras actividades “de artistas”. “Sic transit gloria mundi…”

    Y como nosotros también tenemos que ir transitando, lo mejor que podemos hacer es pasear por estas calles donde hoy podemos encontrar bicing, turistas e incluso un cineasta neoyorquino buscando un tablao. Realmente tiene poco que ver con ese barrio de menestrales, “faetons” y procesiones del Corpus. Por ejemplo, la escuela de la calle Flassaders donde Esteve va a aprender “les quatre regles” tenía una portería oscura, sucia y… ¡llena de jaulas de conejos y gallinas! Dejando atrás el cambiado barrio de la Ribera, llegamos a la avenida del Marquès d’Argentera, donde entonces estaba el Jardí de la General. Aquí es donde Esteve le pide la mano a Tomasa (una chica “magra però escaiguda”); y lo hace en un arrebato romántico –asegura que la amará “tant com al negoci”- que no deja indiferente a Tomasa: “M’havien donat bons informes, i veig que no m’havien enganyat”. “L’enamorament és cego”!

    Después de este exceso sentimental, ha llegado el momento de dar un salto generacional y visitar dos lugares clave en la vida de Ramonet, el hijo del señor Esteve: la Llotja y el Teatre Romea. En la Llotja encontraremos un espíritu parecido al que había en las tardes de hace más de un siglo, cuando Ramonet iba a “fer ninos” aunque su padre sospechaba que eso podía “dur malícia”. Y no se equivocaba. Pasados dos meses (para nosotros, unas calles), el señor Esteve y su familia van al Romea a ver La bona gent, la obra de teatro de un “pintorot” (Rusiñol) que convence a Ramonet de que su vocación no es la de ser tendero, sino escultor. Y, claro, el disgusto es tan grande que el señor Esteve (que sabe que “ser escultor és ser un perdut”) no encuentra motivos para seguir en este “vall de números”. Nosotros entramos al Romea sin miedo: hace tiempo que no ha muerto ningún señor Esteve.

    9. L'auca del Senyor Esteve
  • 10. Lo mejor que le puede...

    Por Jordi Cervera

    La primera novela de Tusset representó, sin duda, una pequeña revolución editorial. La apuesta de Lengua de Trapo por el estilo descarado, un poco cínico y apático del autor barcelonés, suponía una nueva mirada al siempre cambiante panorama de novela negra. Bajo este aparente pasar de todo, el autor demuestra haber hecho más de una lectura intensa de las aventuras de ladrones y serenos, aunque sólo sea para contradecirlas, para ponerlas en manos de un chapucero simpático y para dejar algún que otro homenaje más o menos sutil o sin tapujos y con un punto de mala leche cuando afirma: “Le pedí a Luigi un Vichoff (vodka, medio limón y agua con gas) para mi y un Cardhu para Fina. No sé si Vázquez Montalbán se habrá dado cuenta, pero sospecho que por su culpa todos los pelagatos piden güisqui de malta para hacerse los exquisitos”.

    Pablo Baloo Miralles es un desdichado, un personaje un poco perro que, intentando vivir sin dar un palo al agua, acaba resolviendo el misterio que se le presenta, la repentina desaparición de su hermano mayor, lo que le permite, entre otras cosas, pasearse por Barcelona a caballo de su coche, un Lotus Esprit que él llama “la Bestia”, y tener una Visa que le regala billetes siempre que pasa por el cajero.

    Una de las grandes novedades del libro, a parte del protagonista y el tono, es precisamente la selección de escenarios. La ficción huye abiertamente de lo que ha sido habitual en buena parte de las novelas negras barcelonesas, es decir: mover los personajes por el barrio Chino, por Gràcia o por otros barrios con gancho literario. Excepto alguna visita ocasional a las calles de la parte de atrás del omnipresente mercado de la Boqueria para ir a buscar los favores de una señora de pago y de algún paseo por la plaza de la Virreina para proveerse de costo, la mayor parte de la novela se mueve por las calles de Les Corts, un barrio para nada frecuentado por los investigadores, privados o no privados, que han hecho de la capital catalana su ámbito de acción. Incluso una calle inventada que se cruza con la Travessera de les Corts, la calle de Jaume Guillamet, se convierte en el eje central de la trama y demuestra el poco interés de Pablo Tusset por la geografía precisa y las coordenadas exactas de los lugares y las cosas. Por el contrario, el autor consigue a la perfección el objetivo de retratar los barrios altos, la manera de vivir de determinadas clases sociales: sus padres, ricos desde hace tiempo, su hermano, todavía no lo suficientemente rico como su padre y él mismo, paradigma del cara dura simpático que vive en la frontera de dos mundos de difícil convivencia.

    En cualquier caso, los amantes de las rutas literarias que se han puesto de moda a lo largo de los últimos años no podrán arrancar una topografía exacta de la novela, pero, por otro lado, sí que podrán hacer un paseo por los lugares y las zonas que marca la historia y que, miradas con ojos un poquito más abiertos, responden a una conjunción bastante precisa entre sociología y urbanismo, siempre, claro, con la óptica especial de un elemento como Pablo Miralles.

    10. Lo mejor que le puede...

1. La Plaça del Diamant

Por Natàlia Ramon

He visto a Colometa correr como poseída por las calles de Gràcia y he visto a la Señora Natàlia sentada –quizás en los Jardinets- mirando sin ver cómo llovía, acurrucada bajo un paraguas y con un fajo de periódicos bajo la falda para no mojarse. Las he visto porque las he querido ver. Porque al acabar La Plaça del Diamant, he reseguido sus pasos, sólo intuidos en la novela de Mercè Rodoreda. Por eso os invito a venir, pero antes os invito a leer.

En La Plaça del Diamant, donde empezamos la ruta, no encontraréis a los músicos ni “el sostre guarnit amb flors i cadeneta de paper de tots colors!” Os podéis sentar en un banco y cerrar los ojos para ver, en el entoldado, a Natàlia con la cinta de goma de las enaguas que le aprieta, bailando con Quimet.

Rodoreda lo sitúa en la calle Montseny. No he podido resistirme a imaginar, que de hecho es lo que provoca la buena literatura, y lo he buscado. He pasado por el antiguo Teatre Lliure, el Oratorio de Sant Felip Neri y, cuando ya llegaba al Carrer Gran, he visto la casa de la calle Montseny número 9. Mirad hacia arriba, al último piso. “Que fos sota terrat ens va agradar molt i més encara quan en Cintet ens va dir que el terrat seria tot nostre”. La primera parte de la vida de Colometa –será Colometa desde que Quimet así la llama cuando la conoce en la plaza- transcurre en un piso como este. Primero lo arreglan y después de casados –en los Josepets de la plaza Lesseps- viven. Allí nacerán sus hijos, Antoni y Rita, criarán palomas, dejará solos a los niños para ir a fregar; y allí volverá, pocos días, Quimet lleno de la sarna y de la miseria del frente, hasta que lo tendrá que vender todo, incluso la cama y el colchón, para poder comer. En el piso vacío, abrazados, la madre y las criaturas, aguantarán los bombardeos. En este piso hará lo que tenía que hacer: aguantar.

Ahora cruzamos la frontera, el Carrer Gran, que significa pasar página a la miseria y el sufrimiento, pero no a la tristeza. Es ir a vivir a la casa de su segundo marido, Antoni, un tendero modesto, que la vuelve a llamar por su nombre.

He buscado la tienda con los sacos de maíz en la puerta. Siguiendo Montseny, pasado Gran de Gràcia, llegamos a la calle Berga, que baja hasta el mercado de la Llibertat. “La casa era senzilla i fosca, fora de dues habitacions que donaven al carrer que baixava a la plaça de vendre”. Aquí la señora Natàlia vivirá despacio, presa de la tristeza y de no encontrar su sitio en este mundo.

Rodoreda decía que La Plaça es una novela de amor “sin un grano de sentimentalismo”. Quizá es amor contenido hasta el final. “I li vaig començar a passar la mà a poc a poc pel ventre perquè era el meu esguerradet i amb el cap contra la seva esquena vaig pensar que no volia que se'm morís i li volia dir tot el que pensava, que pensava més que el que dic, i coses que no es poden dir, i no vaig dir res i els peus se m’anaven escalfant i ens vam adormir així…” Lo decía Rodoreda: las cosas importantes son las que casi ni se ven.

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