El pastel de Jonathan Dee

'Los privilegios' es una novela sobre los 'happy few', o empieza con una boda

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© Ulf Andersen

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Wall Street es y será la tierra sagrada de todas las promesas del sueño americano. Salvajes inversores, las carteras rellenas de Park Avenue, 'brokers' entrenados como un halcón de caza y los más desgraciados que van a tocar los testículos de aquel toro de bronce que derrapa en un paso muerto de Bowling Green para que les dé prosperidad. En 1992, James B. Stewart retrató este zoológico de escándalos y descontrol en un libro de investigación que se llamó 'Den of Thieves'. Desde un apartamento de Manhattan, pegado al teléfono, Jonathan Dee me cuenta que lo leyó muy atentamente antes de empezar a escribir 'Los privilegios', su quinta novela.

Pero antes de ir a poner la gorra en la puerta de la Bolsa debemos pasar por una vicaría de Pittsburgh. Adán y lCynthia, humildes hijos de la clase media yanqui, están a punto de convertirse en el señor y la señora Morey. "Quise empezar con una gran boda porque así es como terminan las comedias de Hollywood -remacha Dee-. Y lo importante de esta historia es ver qué pasa después". A sus personajes no les interesa tener un pasado, un 'meet-cute' de película, estilo Grant-Hepburn en 'La fiera de mi niña', ni ninguna otra anécdota ridícula que apetezca repetir una y otra vez como parte de la mitología familiar. "Adam y Cynthia siempre miran hacia adelante".

'Fortuna favet fortibus', dice el dicho latino. Y los Morey lo siguen al pie de la letra. Son la voz de la ambición, los que dan todo para participar en el ascenso social hasta formar parte de los 'happy few', los privilegiados que pasan el fin de semana en los Hamptons y viajan con 'jet' privado. "Este es un sentimiento típicamente americano -sentencia Dee-. Ir siempre a codazos, ser inmoral, incluso cometer crímenes, por este insaciable afán de ascender". Hace tiempo que el tema le obsesiona. Como mínimo, desde que en 1990 publicó 'The lover of history', su primera novela, donde ya hablaba de cómo se cotiza el éxito en una ciudad de vida desenfrenada como es Nueva York. O quizás todo arrancó antes.

Cuando sólo tenía 22 años, Jonathan Dee fue asistente de George Plimpton, en los tiempos de la 'Paris Review'. "Con él aprendí muchas cosas, a dudar siempre de todo, a tener un pie en la realidad -continúa-. Es por eso que no he abandonado mi carrera periodística. Me permite seguir aprendiendo cada día". Con más de 50 años, y después de haber sido finalista al Pulitzer, sigue siendo un reportero ejemplar. "He hecho cosas muy curiosas, como pasarme una semana viviendo en el departamento de creación de videojuegos de una comunidad cristiana evangelista", dice. De hecho, no suena muy más absurdo que la mirada anodina de sus dos novios de cera, cómplices de tantas y tan frívolas aspiraciones desde lo alto de la tarta.

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