Marcos Ordóñez: un hombre con mucha memoria

El escritor y crítico de teatro vuelve a la Barcelona de los años 60, la de su infancia

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Marcos Ordóñez tiene una memoria de elefante. Mientras divide sus esfuerzos entre un trozo de tortilla de patatas y un bocadillo de longaniza, me explica que un día, para entretener a sus amigos, empezó a recitar con puntos y comas los diálogos de 'Los chicos de Preu.' "Esto es por alguna cosa que me echaron de pequeño en la paella -bromea-. Y mi hermana es peor: lo retiene todo con precisión fotográfica, como Carrie Mathison en 'Homeland'". Aprenderse el guión de una película de Pedro Lazaga es menos absurdo de lo que parece. No olvidéis que es el título que lanzó la breve carrera de Camilo Sesto en la gran pantalla. Pero ha sabido encontrar salidas más provechosas a su don.

No sé si es casualidad o golpe de efecto. Una semana después de hacer un tributo al fantasma de Sharon Tate vía un libro de Joan Didion, Ordóñez actualizó su blog recomendando el 'Res no s'oposa a la nit' de Delphine de Vigan a todos aquellos escritores noveles que quisieran estrenarse en la crónica familiar sin caer en actitudes compasivas ni posturas de afectación. Lo vi justo cuando empezaba la segunda parte de 'Un jardín abandonado por los pájaros', el último libro de Ordóñez, una maravilloso retorno a la Barcelona de su infancia, a de los años 60, y en el piso que sus abuelos tenían en la calle San Gil, en pleno Raval.

Ve por donde voy. "Mi casa era mucho más alegre y napolitana que la de Delphine -me dice -. Pero, como ella, yo también he buscando un tono sensato". No es su primera incursión en la autobiografía. Lo precedieron 'A cualquiera puede sucederle', 'Una vuelta por el Rialto' y el tercer episodio de su más reciente libro de 'nouvelles', 'Turismo interior'. "Allí ya lloré todo lo que tenía que llorar -reconoce-. Este era un buen momento para recuperar un pasado más luminoso". Me habla de la fascinación que le producían los pollos a l'ast, de un disco de Coltrane y Hartman que sonaba las tardes de verano, y del día en que sus abuelos le regalaron un proyector. Ni Ingmar Bergman gastaba tanta pasión por su linterna mágica.

Las réplicas de las series Z no le han quemado todo el disco duro. Y cuando la memoria falla tiene una táctica infalible. "Había zonas del piso de mis abuelos que bajo la luz del sol se me presentaban tenebrosas -explica-. De noche me forzaba a entrar en ellas en sueños, para ver si podría conquistar más terreno del recuerdo. En una ocasión volví con un trofeo: unos prismáticos de baquelita que mi abuelo utilizaba cuando iba al teatro". Esto es 'Un jardín abandonado por los pájaros', un viaje en el tiempo, como Michael J. Fox en 'Retorno al futuro'. Y sin ninguna máquina de la marca H. G. Wells.


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