28 i mig

Teatro
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Con 8 i ½ Federico Fellini conjuró  todos sus fantasmas para enfrentarse a una crisis personal y, de paso, revolucionar el lenguaje cinematográfico. Un memorable ejercicio de liberación. ¿Hace lo mismo Oriol Broggi en 28 i mig? ¿Hasta qué punto está el director en el centro de su mágico espectáculo? En realidad no importa. Resolver el misterio no es imprescindible para dejarse llevar por la alquimia teatral que se origina entre las historiadas paredes de la Biblioteca de Catalunya. Pero puestos a divertirse, juguemos un poco: el título guarda, encriptado, el posible grado de implicación entre este montaje y un director nacido en 1971.

Broggi combina recuerdos, experiencias y sueños –todo compartido– con la sensibilidad de un perfumista que sigue las reglas del maestro Baldini de Süskind. La película de Fellini funciona como el alcohol base que aglutina un extraordinario repertorio de esencias: Scola (Una jornada particular), Chéjov (Oncle Vània), Pirandello (Sis personatges en busca d’autor), Espriu (Primera història d’Esther), Dante (La divina comedia), Shakespeare (Hamlet), Estellés (Coral romput); más notas de Vittorio Gassman, Claudia Cardinale, Ovidi Montllor, y otros matices que están a punto de tener identidad propia pero se escapan entre hipnóticos cuentos chinos y canciones de Vinicio Capossela.

La poesía de la evocación, de un aroma intangible que es una narración en sí misma, sin principio ni final, sobre el amor a un oficio y a un arte: el teatro. No sólo. Este montaje va mucho más allá. Es una declaración de amor a la ficción en cualquiera de sus manifestaciones. Una intensa celebración del teatro, el circo, el cine, a partir del universo de Fellini (ráfagas La strada y Amacord) y la pequeña constelación teatral que orbita desde hace unos años en la Biblioteca de Catalunya.

Broggi demuestra con 28 mig que ha madurado como creador y que es un maestro en el dominio y la manipulación del espacio. Un alquimista también de los recursos escénicos, siempre utilizados con extrema sensibilidad, como si buscara la aprobación espiritual de Strehler, Brook y Mnouchkine. Un montaje –con una compañía volcada en generar magia en cada escena– que mete al espectador en una burbuja de belleza dramática que resiste cualquier agresión que se cuela desde la realidad. Un éter raro y valioso que muy pocas veces adquiere, como aquí, la tenue densidad de la vivencia.

Por Juan Carlos Olivares

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