Afterplay

Teatro, Teatro contemporáneo
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Afterplay

El Moscú de pequeño formato se ha puesto de moda. El Circol Maldà acoge la ciudad inquietante de Bulgakov –aunque parezca Barcelona– y en la Sala Atrium la metrópolis sirve de circunstancial asilo a dos visitantes de provincias. Encuentro fortuito de unos anónimos personajes con una identidad sorprendentemente familiar para el público. El autor irlandés Brien Friel hace coincidir en una cafetería a la abnegada Sonia de Oncle Vània y el inmaduro Andrei de Les tres germanes. El vodka les ayudará a compartir con interlocutor y espectador qué fue de sus vidas desde que Chéjov puso punto final a sus obras y los apartó del escrutinio público. Sus dramas posteriores han transcurrido por la senda de lo esperable. Friel sólo confirma en su ficción un derrotero ortodoxo. Un respeto por el padre de las criaturas que le lleva a acabar su drama sin que se produzca ningún cambio. Una vez confesado el devenir de los últimos veinte años, no aparece ninguna otra novedad en este texto.

Un ejercicio elegante de metateatralidad –sin nada más atractivo que añadir–que se sustenta esencialmente en la Sala Atrium en la sensibilidad y discreción de la dirección de Imma Colomer, decidida a revalorizar el teatro de cámara. Un mensaje entendido y compartido por Fina Rius y Pep Ferrer, ambos muy en el papel de desplegar todas esas nimiedades que mejor retratan al ser humano. Pequeñas virtudes, pequeños pecados que son lo que mejor nos identifican, y sobre las que Chéjov levantó todo su teatro.

Por Juan Carlos Olivares

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