Don Juan Tenorio

Teatro, Clásico
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Don Juan Tenorio

Joan Pera le sigue los pasos a su admirado Joan Capri. Hace un año montó un espectáculo con los conocidos monólogos del gran cómico catalán, poniendo, claro, su propia vena de humor. Y es que Joan Pera es y será siempre sobre el escenario Joan Pera. Con sus recursos cómicos, con su manera de decir y de hacer, que al fin es lo que va a ver a su público. No nos engañemos, ni Louis de Funes ni Jerry Lewis gustaban a todos y sus personajes eran intransferibles, creaciones sobre sí mismos.

A Pera le pasa tres cuarto del mismo y recuperando aquella admiración por Capri ha ido a parar a la que fue la última obra del actor hace 37 años, con Mary Santpere, en el Romea y bajo la dirección de Ventura Pons. La nueva producción de la Compañía del Teatro Condal, como la presenta Pera, está basada en la representación de aquel Tenorio, pero adaptada a las circunstancias (sólo son dos). Que es una mirada al pasado, un homenaje, podríamos decir, queda bien claro con los crisoles que iluminan el telón de boca rojo y la concha del apuntador, así como la escenografía que evoca los telones pintados.

Obviamente, lo que menos importa en este espectáculo es el texto de Zorrilla. Pera y Lloll Bertran son los dos únicos resistentes a la gran Compañía del Teatro Condal, que ha sufrido un ERE y enfermedades diversas, y que sin embargo no renuncian a hacer la función con la ayuda de Velasco, escondido en la concha. En el monólogo inicial de Pera se mezclan, pues, lo que ha pasado con la compañía con bromas sobre temas de actualidad, desde la crisis a los desahucios, en un revoltijo que él mismo ha escrito y que tiene suficiente gracia para sus seguidores.

La función encadena escenas básicas del Don Juan, que tienen que hacer en castellano "no sea que haya un solo espectador que nos denuncie por hacerlo en catalán", y monólogos entre cada una de ellas en busca del humor, a toda costa. Una ensalada a la que cabe desde algún chiste malo hasta escenas muy cómicas entre este par de intérpretes que además se lo pasan en grande haciendo de tontos. Pera no puede renunciar a quién es y quizás hay demasiados exageración en sus juegos de abuelo Don Juan, que un director hubiera corregido. Pero Pera dirige porque quiere hacer lo que quiera. Lloll es la partenaire perfecta para una función alocada que explota el ridículo desde las opciones más payasas. Un Tenorio para reír a gusto y con un final, a nuestro entender, flojito porque le regatea al público la gran risa de cierre.

Por Santi Fondevila

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