El mestre i Margarita

Teatro
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El mestre i Margarita

El aquelarre de las ánimas condenadas que Voland celebra en el apartamento moscovita de Berlioz es una de las escenas más conocidas de El mestre i Margarita de Bulgakov. La magia negra logra convertir un espacio doméstico en un salón de baile infinito. Las artes nigrománticas de Pep Tosar son desconocidas, pero consigue–mejor creer que por su probada sabiduría escénica acomodar la catedralicia novela entre las reducidas dimensiones del Círcol Maldà. Un imposible que funciona por la multiplicación caleidoscópica de sus dotados intérpretes y un decidido trabajo de tría y descarte.

De las muchas novelas que contiene la obra de Bulgakov, Tosar se ha quedado con la farsa antiburocrática y la elegía romántica. El dramaturgo convertido en Darwin. Una selección de autor que rescata la dura crítica a la cultura tutelada por el poder –adocenada, amilanada, acrítica– y la adapta a la situación de la Barcelona contemporánea. Acusa un status quo –inamovible desde hace décadas– que ya denunció con mordaz subjetividad Albert Boadella en Operació Ubú o El Nacional. Si nos escandalizamos por reconocer pecadores y pecados es que nos hemos acostumbrado a la ausencia de la verdad de los bufones.

Escenas para levantar una ceja y esbozar media sonrisa socarrona y cómplice. Pero donde su versión alcanza el misterio que guarda El mestre i Margarita es en la intensidad romántica evocada con los mínimos elementos escénicos y la máxima sensibilidad. Existe un truco: una cuidada selección musical.

Por Juan Carlos Olivares

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