Groenlàndia

Teatro
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Groenlàndia

Mientras el espectáculo lisérgico sigue su curso en el escenario, el espectador hace un receso y especula sobre los buenos ratos que tuvieron que pasar Jordi Faura y el antropólogo Francesc Bailón, gran experto de la cultura inuit. Jornadas dedicadas a la documentación de Groenlàndia. Fascinantes historias sobre los usos y costumbres del pueblo que habita las latitudes más inhóspitas del hemisferio norte. Valiosa información que el autor regala con generosidad al público. Quizá no saldrá del TNC con la sensación de haber disfrutado de un buena obra de teatro, pero vuelve a casa sabiendo mucho más cosas sobre cómo resuelven los inuits sus conflictos –rapeando, por cierto–, cómo son sus hábitos sexuales, la relación que tienen con la muerte y los muertos, su respeto por la naturaleza, su capacidad de adaptación al medio, su sabiduría natural, sus particularidades místicas. Una recreación dramatizada de un artículo de “Human Nature”.

Pero superado el efecto “National Geographic” –también presente en Hikikomori–, hay que enfrentarse a una obra que es un pozo de ambición sin fondo. Los inuits y su mundo son sólo una parte de una tragicomedia inclasificable que por momentos adquiere visos de aspirar a parodia wagneriana: un ocaso de los dioses en clave de comedia; con una disfuncional familia acostumbrada a la inmortalidad social que sale forzada de su cálido Olimpo para vagar por un desierto de hielo empujados por el sino trágico y la búsqueda de un remedio contra la muerte. Al mismo tiempo también es una distopia ecologista, un brutal drama de patrón shakespeariano, una sátira al estilo Grombowicz. Un paisaje teatral tan ecléctico, como inconexo, atropellado, caótico.

Groenlàndia es un artefacto artificial que seguramente tenía más interés cuando sólo era un planteamiento y un proceso de trabajo. En el escenario texto y premisas se desdibujan en una puesta en escena en la que se impone, curiosamente, el autor (Jordi Faura) sobre el director (Jordi Faura). Además de vehículo para una interesante lección de antropología, esta comedia trágica podría reivindicar con mayor claridad la idea latente de crear un mito fundacional: el fin de una era y el principio de otra. Pero esa textura etérea es dañada por una avalancha de escenas sin jerarquía, como si cada una de las anárquicas escenas del texto tuviera la misma importancia. No hay un director que las module y controle, que decida incluso prescindir de lo banal y secundario para que luzca lo esencial.

Por Juan Carlos Olivares

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