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Krystian Lupa, Bernhard y los nazis

El director polaco lleva al Lliure una obra del autor austriaco sobre la pervivencia del nazismo, 'Davant la jubilació'. Le entrevistamos

© Maria Dias
Krystian Lupa

Krystian Lupa pide silencio, que nadie hable en la sala de ensayo del Lliure mientras hacemos la entrevista. Es alto, va vestido de negro e inspira respeto. Es toda una institución del teatro europeo. Nació en Polonia en 1943 y nos tiene acostumbrados a espectáculos tan densos como geniales. Sus actores vuelan, con él. Y ha elegido a Marta Angelat, Pep Cruz y Mercè Arànega para hacer su primer montaje en catalán, 'Davant la jubilació', de Thomas Bernhard, una pieza en la que tenemos a un juez y sus dos hermanas que celebran el aniversario de Himmler y que podemos ver en el Lliure tras estrenarse hace unos meses en Temporada Alta. Piel de gallina ... Que hable el maestro.

¿Cómo son estos tres hermanos de edad avanzada que nos presenta Bernhard?

¿Cómo son estos tres hermanos de edad avanzada que nos presenta Bernhard?

Son personajes muy marcados, muy perfilados. Al comienzo, tenemos unos personajes que son alemanes, o austriacos, que han pasado la guerra y que, debido al hermano, Rudolf, que fue comandante de un campo de concentración, mantienen la herencia de la ideología del fascismo. Esto también se ve en la mímica de este mundo. Ellos fingen. Dentro de este pequeño círculo, irradian nacionalismo, nazismo, xenofobia y antisemitismo.

¿Qué le ha pedido a los actores?

Tengo la sensación de que en muchos países de Europa hay un retroceso, una vuelta a este momento, a estos sentimientos nacionalistas hacia el fascismo. Y quería remarcar todo ello en los personajes. Quería que fueran unos personajes muy fuertes, tanto en el aspecto fisiológico como mental, como también en el aspecto biológico, siguiendo el modelo que pretendía transmitir Bernhard. Y que, a la vez, estos personajes fueran totalmente verosímiles. Necesito que los actores sean abiertos, abiertos a la improvisación y a esta carga de la imaginación que yo pretendo en las obras, una carga que también está en el personaje que encarna cada actor y en la relación con los demás.

Usted hizo otro clásico de Bernhard, 'Ritter, Dene, Voss', que se parece mucho a 'Davant la jubilació'. ¿Qué tienen en común?

Usted hizo otro clásico de Bernhard, 'Ritter, Dene, Voss', que se parece mucho a 'Davant la jubilació'. ¿Qué tienen en común?

Son dos obras gemelas, no únicamente en la constelación de los personajes, en la que hay un hombre que domina y dos mujeres sumisas, sino también en los motivos narrativos que utiliza Bernhard y que repite a propósito. Me interesa el esquema de las dos obras e incluso, en este esquema, yo aporto cosas que hacen que las dos obras se acerquen aún más. Por ejemplo, en esta obra también utilizo 'La heroica' de Beethoven, que ya estaba en 'Ritter, Dene, Voss', simplemente para ver que aquí también hay un elemento muy peligroso: la diferencia entre las dos familias.

Son dos familias diferentes.

Tenemos una familia de artistas, de intelectuales. Y tenemos una familia que no son artistas, pero que son artistas frustrados y aficionados a la música. Sin embargo, tanto en un caso como en otro, son personas que están contaminadas por una idea antihumanista y por el crimen. Lo que me interesa demostrar, con las dos obras, es como los peligros del siglo XX están allí amenazando y acechando la persona humana. En todos los casos acabamos con una deformación de las personas.

¿'Davant la jubilació' es una venganza?

¿'Davant la jubilació' es una venganza?

Sí. Bernhard dedicó esta obra a su país [Austria], al demonio del nazismo que aún sigue de una manera terca dentro del país, a esta falta de sentimiento de culpa, y que crece dentro de una sociedad que ya no tiene la misma sensibilidad respecto a los hechos. Dentro del círculo familiar vemos que hay un veneno heredado, y que es una obsesión en las obras de Bernhard.

Rudolf repite varias veces que no se arrepiente de sus hechos.

Rudolf repite varias veces que no se arrepiente de sus hechos.

Por primera vez, me he encontrado con una propuesta fantástica: la transformación de un personaje a lo largo de la obra. Primero, tenemos el personaje de Rudolf, que es un dandy, un dirigente, un criminal, un amante de la vida arriesgada, aquella persona que encarna todos los valores del dandy del nazismo. Y, después, este personaje se transforma en la figura de un juez... Si una persona repite tres veces que no se arrepiente, en el fondo, se siente culpable. El hecho de no arrepentirse y de llevarlo como una bandera, sin vergüenza, es algo habitual en gobiernos con tendencias totalitarias. En este sentido, dedicaría estas palabras últimas al gobierno actual de Polonia.

¿Sabe usted que de Rudolf, en España, hay un montón?

Lo sé. En todos los países los criminales intentaron esconderse. Aquí, bajo el gobierno de Franco, los criminales tenían una vida regalada... No podemos olvidar que tenemos la semilla escondida del nazismo. Cuando hay momentos que le son menos proclives, se queda latente. Pero es una semilla que siempre está esperando una especie de 'reset' psíquico o de costumbres para volver a florecer.

¿Por qué ha decidido que Bernhard sea su manera de expresarse? Ha hecho muchos...

Fue un gran descubrimiento en la mitad de mi vida. Es el creador que más me ha cambiado. Pensaba que dentro de mí tenía una serie de elementos que estaban en pañales. Y no encontraba la manera de articularlos. Y Bernhard permitió que saliera este loco interno que tengo en mí, o este idiota interno que tengo en mí, que es el elemento más importante para un artista. Para mí, un artista no es una persona más sabia, que conoce mejor las cosas, o un pedagogo de los humanos, sino una persona que saca lo más profundo de su propio abismo, tanto la luz como la oscuridad...

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