La revolució no serà tuitejada

Teatro, Teatro contemporáneo
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La revolució no serà tuitejada
©Ros Ribas

Creación y dirección: Jordi Casanovas, Guillem Clua, Pau Miró. Con: Laura Aubert, Javier Beltran, Paula Blanco, Pol López, Mima Riera, David Verdaguer.

Una obra de teatro escrita a seis manos seguro que no es algo fácil. Jordi Casanovas, Pau Miró y Guillem Clua lo han intentado en una invitación del Teatre Lliure a tres de los dramaturgos más interesante y prolíficos del momento en nuestro país, y el resultado final muestra las dificultades de ensamblaje de tres maneras de hacer diferentes y aún más cuando se intenta abordar una situación tan poliédrica y desconcertante como la que vivimos, regida por la inestabilidad y el desencanto social, que nadie parece saber cómo canalizar más allá de un juego político que fastidia al más pintado.

'La revolució no serà tuitejada' es, en primer lugar, un apunte de retrato de nuestro momento. En segundo lugar, una mirada de las posibilidades de la tecnología como vehículo para hacer posible lo que parece imposible. Y en tercer lugar, y sobre todo, una obra de teatro bien dirigida, muy bien interpretada, pero con un texto disperso, muy epidérmico, poco político a pesar del título (pensado mucho antes de la escritura) que escapa a cualquier reflexión más allá de decirnos, 'in extremis', que la movilización es necesaria y que todos contamos. Vaya, la próxima vez no te quedes en casa.

La obra comienza con una escena que parece un sketch de situación, un chiste muy bien escrito, pero nada más, en una Apple Store. Continúa evocando el mundo de las grandes corporaciones y el sometimiento del individuo con la llegada de un nuevo empleado a la tienda, menos entusiasta que sus compañeros de risa enquistada, y mucho más pragmático y sincero. El individuo frente al sistema que ya ha deglutido a los otros empleados y que plantea una intriga que desaparece, que deja en el aire cualquier relación dramática en la siguiente escena, que se sumerge en la figura de Steve Jobs como gurú emocional, para volver finalmente al principio en un juego teatral suficiente para cerrar la historia pero no para darle cohesión y coherencia al conjunto del texto.

Lo mejor de todo ello, sin duda, es, en un espacio escénico funcional, la interpretación de los miembros de La Kompanyia, grupo surgido del Lliure, con jóvenes pero muy competentes intérpretes entre los que, para nosotros, destacan Pol López por la verdad que destilan sus personajes y Paula Blanco, por la energía, tensión e intención de los suyos. Un proyecto no exitoso pero que gustará al público menos exigente.

Por Santi Fondevila

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