La vida perdurable

Teatro
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La vida perdurable
©Adolf Alcanyiz

El director ruso afincado en Barcelona Boris Rotenstein ha recuperado una de las primeras obras teatrales del poeta Narcís Comadira, 'La vida perdurable', que él mismo estrenó en 1991 en el desaparecido Teatro Malic. Teresa Cunillé y Lluís Soler eran los protagonistas y la función fue bien recibida por el público y la crítica. Ahora vuelve con Mercedes Managuerra y Emiliano Carilla.

'La vida perdurable' es un texto que ha envejecido mal. La sociedad ha cambiado. Una conversación entre una madre, conservadora hasta el tuétano, una burguesa que siempre ha tapado con la hipocresía lo que no le gustaba, y uno de sus hijos, la oveja negra de la familia, alrededor de un suquet de pescado. Es cierto que la única intención del hijo y el motivo de la visita y la conversación, a lo largo de la cual saldrán traumas y dolores familiares, es conseguir que su madre acepte su condición homosexual. La investigación impone al hijo, y al intérprete, una posición de tolerancia, de razonamiento, de súplica al fin para remover la conciencia, el corazón de la madre. Y aquí creemos que radica el problema de la función. Boris Rotenstein ha dejado que el dolor del suplicante impregne el personaje sin manifestar ninguna otra pasión, ningún otro estado anímico. Con la derrota asumida sólo le queda el lamento. No hay ni discusión. No hay tensión. Y se hace reiterativo. Merced Managuerra aporta un gesto perfecto para definir la frialdad de una mujer que nunca fue una mujer del todo.

Por Santi Fondevila

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