L'estranger

Teatro
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L'estranger

El merecido éxito artístico y de público que Carles Alfaro y Francesc Orella obtuvieron hace unos años con el monólogo de 'La caiguda' (TNC, 2003), de Albert Camus, había creado muchas expectativas en el regreso del director y del actor en la obra del premio Nobel francés en una adaptación de su libro más conocido, 'El extranjero', hecha en colaboración con Rodolf Sirera. No dudamos de la dificultad de adaptar esta novela, con un argumento sencillo pero con un personaje tan significativo, tan extraño, tan peculiar, que manifiesta su naturaleza con respuestas que pueden dejar helado. No sabemos hasta qué punto las cuestiones de producción pueden haber influido en la idea de trabajar sólo con dos actores. Por otra parte, una cuestión plausible. El problema, a nuestro entender, es que Alfaro y Sirera han optado por desdoblar el protagonista. ¿Por qué? Ferran Carvajal es siempre el joven Meursault, pero Francesc Orella también lo es y asume el resto de los personajes, como el juez, el cura o el vecino proxeneta, que representan la sociedad para la que Meursault es un extranjero.

En un espacio gris que evoca tanto la ceja como una vivienda de la casba de Argel, la narración sigue el original con el intercambio de papeles citado desde la muerte de la madre hasta el juicio, uno del tramos importantes y que aquí se ofrece con una grabación. El resultado, a pesar de las buenas interpretaciones de Oreja y Carvajal, no engancha como ocurre al leer la breve novela, que nos sorprende y nos lleva de la mano de Meursault a hacernos preguntas. La fragmentación de la puesta en escena motivada por la duplicidad del personaje desdibuja el perfil, su manera de vivir y la palabra narrativa se impone sobre la teatralidad. Y es que, por absurdo que parezca el existencialismo de quien se conforma con una rutina anodina, que no demuestra sentimientos de ningún tipo, y que vive el día a día sin preguntarse por qué vivimos ni admitir ninguna explicación filosófica, Meursault no es impenetrable. Y aquí, creemos, justamente se trataba de entrar dentro de su mundo, extraño a la sociedad, y que el texto de Camus respirara con fuerza y ​​expresara el conflicto entre él y la sociedad. El juego que nos propone Carlos Alfaro no permite este tipo de acercamiento al personaje. El director, además, parece que no confíe lo suficiente en la versión o en la vertiente teatral del texto, por lo que convierte la obra en una narración muy ilustrada con pequeños detalles, grabaciones, como decíamos antes, y un diseño de iluminación demasiado dominante.

 

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