Los miserables

Teatro
  • 3 de 5 estrellas
0 Me encanta
Guárdalo
Los miserables
Los miserables

¿Cómo se puede discrepar de un producto que desde el estreno en 1980 en París ha sumado 56 millones de espectadores en todo el mundo? Crítica hecha. Las cifras se defienden solas. ¿Quién es el insensato que discute a estas alturas que ‘Los miserables’ es un fenómeno universal, un clásico del siglo XX?


La respuesta de los entusiastas, los coleccionistas ("la de Londres me gustó más") y los gregarios. Ya se habían ido los que en el descanso encontraron el momento para escapar del aburrimiento de una interpretación limitada por aptitudes individuales y directrices generales. El gesto de catálogo que frecuenta la lírica. Ya se habían ido los decepcionados con unas voces en general sin matices que desvirtúan el potencial de la celebrada partitura de Claude -Michel Schönberg. El frustrado encuentro en vivo con ‘I dreamed a dream’. Ya habían vuelto al refugio casero de sus tesoros audiovisuales para olvidar también la rupestre traducción de Albert Mas Griera.

Los miserables es un buen musical que logra lo imposible de trasladar el colosal folleto de Victor Hugo a un escenario apto para un público masivo sin perder la dignidad de la fuente. Obra que enlaza los números musicales con recitativos - una referencia a la grandeza operística intuida por Puccini- para conducir al público por una historia basada en el arrebato romántico del amor, el honor y la libertad. Si además nace con la cuidadosa dirección original de Trevor Nunn y una puesta en escena de Matt Kinley que se inspira para la épica en Delacroix, para los rasgos populares en Hogarth y para los sociales en Millet, el éxito está de entrada asegurado.

A Barcelona llegó una estandarización comercial, con un decorado renovado que ahora incorpora unos casi invisibles dibujos de Victor Hugo con trazos estilo Turner, sólo aprovechados en la escena de las alcantarillas de París y el suicidio de Javert. Un montaje en el que destaca el conjunto sobre las individualidades. El escenario parece de repente desnudo cuando llega una escena que hay que defender en solitario. Con excepciones: la profesionalidad de Gerónimo Rauch (Jean Valjean) , la frágil voz temblorosa de Talia del Val (Cosette) y la versatilidad como comediante y cantante de Enrique R. del Portal (Thenardier) , una actuación que humaniza un espectáculo que se ajusta al milímetro a su patrón de éxito.

Por Juan Carlos Olivares

Publicado

LiveReviews|0
1 person listening