Luces de bohemia

Teatro, Clásico
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Luces de bohemia

Para el Teatro del Temple “marco brechtiano” es abrir y cerrar su puesta en escena de Luces de Bohemia con los actores despojados de sus personajes y anunciar desde el escenario el intermedio. También afirman que se han atrevido a jugar con Valle-Inclán, pero “sin caer apenas en el discurso costumbrista”. Sobre el “marco” todavía se podría abrir un debate –cada cual opta por el grosor que mejor le conviene–, pero cuesta compartir su “distanciamiento” del costumbrismo cuando el tono general de la adaptación escénica del catedralicio texto es el del sainete. Con un poco de inspiración musical de Federico Chueca tendríamos la primera zarzuela castiza del esperpento.

Sainete con una decimonónica idea del melting-pot de melopeas de acentos hispanos. Del norte a sur, se canturrean todas las melodías; o casi todas: el anarquista de Barcelona sigue conmoviendo con su discurso revolucionario a unas horas de su muerte anunciada, pero lo hace con una prosa asombrosamente neutra. Será verdad lo que dejó escrito Julio Camba en el ABC –rescatado por Lluís Pasqual en Els ferèstecs–, que el problema del catalán no es el idioma sino el acento.

Esta obsesión por colocar en el mapa de España a todos los personajes de Luces de Bohemia –hasta el más secundario– es sólo un ejemplo de un montaje que sufre del mal de la paradoja. Invocan a Brecht y Beckett, uniforman el cromatismo del vestuario en una gama de grises orwelliana y se apuntan a la austeridad formal escenográfica, y luego se conforman con trabajar a fondo sólo la anécdota, con un estilo interpretativo anticuado en el que prima la aislada construcción del tipo (hasta la exageración: el epígono del Parnaso modernista parece una cuadrilla torera de los Álvarez Quintero) sobre la creación de una atmósfera general, que en Luces de Bohemia es un cultísimo carnaval o aquelarre goyesco; la mueca literaria de una realidad miserable: el esperpento. Como pensar que la modernidad es el espacio vacío y renunciar a todo lo aprendido sobre la contribución de la luz al espacio dramático.

Claro que hay que valorar el esfuerzo de asumir un enorme coro de personajes con sólo ocho intérpretes –con un solvente Mariano Anós en el papel de Max Estrella–, la eficaz reducción del texto y la tentativa de crear un marco estético propio, pero este Luces de Bohemia se salva sólo por la clarividencia crítica de Valle-Inclán. Por los aguijones.

Por Juan Carlos Olivares

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