Primer amor

Teatro, Teatro contemporáneo
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Primer amor

¿Quién es este hombre que yace sobre lo que podría ser una mesa de autopsias, una tumba, un banco... sólo un banco? ¿Un chalado, de aquellos que dicen la verdad? ¿Un hombre atado todavía en la infancia? ¿Un disminuido psíquico con una mente brillante? ¿Un tonto? Quizás un poco de todo. El protagonista de Primer amor es, como otros personajes creados por Samuel Beckett, un pobre diablo que busca en su interior de la mano de un lenguaje en el que se dan la mano la inteligencia y la procacidad, la filosofía y el psicoanálisis.

Beckett era un conocedor profundo del tema y él mismo se psicoanalizó para apaciguar la ansiedad que lo devoraba. Después, el remedio fue la escritura. Dolorosa para el autor por su tremenda honestidad, por su falta absoluta de miedo a penetrar en lo más oscuro de su mundo, del alma humana.

En el hombre expulsado de su casa y que sobrevive en un banco de un parque con árboles muertos y un montón de desechos, Beckett, una vez más, profundiza en la realidad de nuestros procesos mentales, que no sólo se caracterizan por un flujo constante , sino también por los huecos de pensamiento. Tal era el conocimiento y comprensión que Beckett tenía de la mente humana. Y tal era su capacidad para llenar de humor el patetismo de la vida, la tragedia de nuestra condición. Un humor que, como no podía ser de otra manera, ya estaba en la versión de José Sanchis Sinisterra y se conserva en la fluida traducción de Anna Soler.

El gran acierto de la puesta en escena que han concebido a seis manos Miquel Górriz, Àlex Ollé y el intérprete, Pere Arquillué, es profundizar en esta línea, en la contraposición entre humor y patetismo. Un humor que brota de la inocencia, de unas observaciones o reflexiones que dinamitan estructuras, desde la religión al sentimiento amoroso. La palabra al servicio de una historia que convierte el protagonista en un nihilista.

Lo importante, lo que da contundencia al discurso reflexivo pero con un punto de aparente dispersión, lo que aproxima una historia tan tremenda y crea empatía con los espectadores, es el juego actoral, la pequeña gestualidad, la capacidad de Arquillué de revelar el pensamiento más allá de las palabras pero poniendo en éstas y en la manera de decirlas una franqueza, una vida absolutamente opuesta a la existencia del personaje. Curiosamente, un hombre libre. Gran función con un interesante espacio escénico y una iluminación cautivadora.

Por Santi Fondevila

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