Quan despertem d'entre els morts

Teatro
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Quan despertem d'entre els morts
Quan despertem d'entre els morts

Primera acepción de “Epílogo” del “María Moliner”: resumen de todo lo dicho en un discurso u otra composición literaria. Henrik Ibsen quiso –y así lo especificó– que Quan despertem d’entre los morts fuera un compendio de toda su obra anterior. Pero fue su testamento artístico. Poco después de publicarla en 1899 sufrió un ictus que le apartó definitivamente de la escritura dramática hasta su muerte en 1906. Imposible conocer que intenciones tenía después de cerrar con este drama toda una etapa. Lo conocido es un texto sin circunloquios costumbristas. Las metáforas, el aliento abstracto, conceptual, poético que recorría sus anteriores títulos como ríos subterráneos, afloran aquí con fuerza. La permanente tensión entre el arte y la vida (entre el hombre y el artista) se expresa con mayor libertad; el conflicto abierto entre la pasión y la razón, entre lo espiritual y lo telúrico y sensorial. Casi parece la declaración de un romántico tardío. Ibsen quiso concluir una larga etapa con un arrebato dramático; una historia que Hollywood definiría como “bigger than life”. Drama desatado y en mayúsculas protagonizado por un escultor maduro que de alguna manera invierte el mito de Pygmalion y Galatea.

Un insospechado Sturm und Drang a la escandinava que se resiente cuando la puesta en escena no comparte la misma volcánica tesitura. Si el concepto que se desarrolla es pequeño, y las palabras y emociones pierden grandeza, el horizonte se achica y las cumbres pierden altura. Un vacío ocupado involuntariamente por el cruel trol del ridículo. Si además –como ocurre en esta producción del TNC dirigida por Ferran Madico– se percibe cierta desatención hacia lo concreto, el epílogo de Ibsen parece un rescate innecesario. Se podría discutir de entrada la forzada incorporación de los interludios coreográficos preparados por Sol Picó o el derroche de contar con una gran actriz como Lina Lambert para cuatro apariciones –como un ánima en pena de Henry James– y una frase final. Detalles. Lo importante es la debilidad de las interpretaciones, aunque Lluís Marco se esfuerce en mantener la energía y el impulso dramático del escultor hasta caer el mismo en el desconcierto y la soledad en un último tramo que es un auténtico barullo desde cualquier punto de vista, incluido el escenográfico. Los demás intérpretes parecen pálidas y empequeñecidas versiones del original. Un grupo de estética chejoviana metido en una obra que les supera claramente.

Por Juan Carlos Olivares

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