SAFARI Pitarra

Teatro
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SAFARI Pitarra
Jordi Oriol

Lo que pasaba en los teatros semi-clandestinos de la Barcelona de 1860 –speakeasy dramático– era simplemente una gamberrada librepensadora entre afines. Decir y rimar todo aquello inadmisible para el respetable público y la temible censura. Bakunin flotaba en el aire sin que lo supieran y seguramente admitieran. Buenos chicos visto como luego enmendaron sus carreras por el recto camino.

Jordi Oriol, Josep Pedrals, Nao Albet y Marcel Borràs –a los dos últimos hay que incluirlos entre los padres creadores de 'Safari Pitarra' por ética y estética del espectáculoaunque no figuren así en los créditos– no quieren ser buenos chicos. Todavía no. Los que han seguido su carrera no esperan otra cosa que un anarquismo turbo que extrae arte de todas las subculturas de ayer y de hoy. Un Pitarra del siglo XXI en sus manos tendría que ser como una batidora-picadora a la máxima velocidad llena de casquería, y sin tapa. Que salpique.

'Safari Pitarra', una cubeta repleta de extraordinarias ideas, tendría que ser un caos con sentido y a veces simplemente es un caos estéril en el que incluso la compañía parece perdida, buscando en el tiempo muerto retomar la trayectoria de sus dardos. Es una potente máquina con el motor medio estropeado. A veces funciona a mil revoluciones manchando la sala con su enmienda a la totalidad, y otras veces se queda atascada en una cuarta pared de vidrio. Igual habría que meter tijera y dejar que su capacidad crítica alcance su máxima potencia. Que se vea mejor la genial reivindicación pop iconoclasta de grupos como los B-52 o la tarantaniana especulación de un ejército de salvación chino en pos de un ídolo llamado Pitarra.

Por Juan Carlos Olivares

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