Terra de ningú

Teatro, Teatro contemporáneo
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Terra de ningú

De Harold Pinter. Dir: Xavier Albertí. Con Lluís Homar, José María Pou, Ramon Pujol y David Selvas.

Harold Pinter escribió 'Tierra de nadie' en 1974 en un momento delicado de su vida y en la obra se intuye una cierta influencia de 'Fin de partida' de Samuel Beckett. La obra es fiel a las formas dramáticas de todo el teatro de Pinter y en este caso hay algo bastante autobiográfico en el sentimiento genérico de los habitantes de esta tierra desnuda, contradictoria, desesperanzada. Hay que entrar en este texto con cuatro orejas e intentando escuchar más allá de las palabras que enfilan los personajes.

De hecho, esta tierra de nadie, este salón elegante pero con puertas de celda y presidido por un gran mueble bar con tipo de bebidas, porque al fin sólo queda el alcohol como refugio del desencanto, del alma rota, está habitado por fantasmas, en el sentido de que tal vez lo que oímos es el eco de las palabras suspendidas en el espacio, las voces, el grito doloroso de quien piensa que no hay solución y que estamos a las puertas de la muerte. O del no ser en vida. ¿Qué es peor? Aunque los expertos no admiten que la obra habla de la muerte, creemos que es una aproximación, un camino hacia ella y el espacio, un sepulcro con una única esperanza, el aislamiento.

Hirst (Josep Maria Pou) podría ser Pinter, que cuando escribe la obra está inmerso en un escándalo por la separación de su mujer y, por tanto, confuso sobre quién es y quién había querido ser. Pero no importa. Hirst es un gran escritor entregado a la bebida. Un derrotado. Spooner (Lluís Homar) es un seguidor, un poeta también. Se conocieron en Oxford, pero eso, la verdad, no tiene tanta importancia. Briggs (David Selvas) y Foster (Ramon Pujol) son los asistentes de Hirst en todos los sentidos. Son en función del maestro. No pasa nada. Sólo la palabra (clarísima traducción de Joan Sellent). ¡Qué gusto leerla! Y cuantos temas. El lenguaje, el amor, la traición. Duras confesiones.

Xavier Alberti ha dirigido con pulcritud un elenco de primera, pero parece que lo haya hecho en una sola dirección, de modo que hay una prevalencia de la atmósfera sobre los actores de la que sólo se libra la composición de un enorme Lluís Homar. La severidad de los dos sirvientes es uniforme, categórica, sin matiz. Así, el humor, que está ahí, casi desaparece ahogado por el enigma, por el desconcierto. El respeto de Albertí aleja al espectador de un texto exigente y al alcance de un público muy interesado.

Por Santi Fondevila

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