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Carmen Maura: "A mí la cámara me trata de puta madre"

Hablamos con la que fue la primera chica Almodóvar, sin gazpacho envenenado ni manuales de brujería navarra

Por más que pasen los años, la Carmen Maura que tengo en la cabeza sigue siendo la diva del vestido rojo a la que un basurero regaba con una manguera en 'La ley del deseo'. Incluso cuando me coge el teléfono desde una habitación de hotel en el norte de Francia, después de un día de rodaje, resoplando de fatiga y la voz quebrada como la cáscara de un huevo pasado por agua. Ahora la veremos en 'El futuro ya no es lo que era', una comedia en la que interpreta a una actriz veterana y reconsagrada, que también sabe cuál es el precio de la eternidad.

Me pregunto si te lo has tomado como una parodia de ti misma.
¿Tú crees? Yo creo que hago de alguien que es mucho más famoso que yo. Infinitamente. Se trata de una gran dama, alguien como Concha Velasco, que habla con frases profundas de sus personajes y acaba de recibir el premio Príncipe de Asturias. Yo no soy una diva de los escenarios. Soy más normalita. Y además soy más de cine que de teatro. El cine es mi mundo.

¿Por azar o es que te sientes mejor?
A mí es que la cámara me trata de puta madre. Ni me asusta ni me pone nerviosa. De hecho, la cámara hace que me relaje cantidad.

De todos modos, tú has hecho teatro. Así conociste Almodóvar, en un montaje de 'Las manos sucias'.
Bueno, sí. Y en 'El futuro...' he cogido todo lo que me toca de cerca por mi carrera. Y el resto lo he fingido, como siempre.

¿Estás harta de que te pregunten por tu relación con Almodóvar?
No, me importa un bledo. Pero nunca me extiendo mucho. Es muy aburrido y él después lo lee y se enfada. Y como es un tema que todo el mundo tiene ganas de abordar, siempre hago alguna broma o digo lo primero que me pasa por la cabeza. Quien quiera saber cosas de Almodóvar, que hable con las actrices de 'Julieta', que hoy por hoy lo conocen mejor.

Pero no tienes reparo en decir que con él hiciste uno de tus papeles favoritos, el de 'La ley del deseo'.
Eso es verdad. 'La ley del deseo' es fantástica, me encanta, y sé que lo hice muy bien. Siempre que la veo lo pienso.

¿Revisas a menudo tus películas?
No, nunca. Algún día, tal vez haciendo zapping, me encuentro que están pasando 'Las brujas de Zugarramurdi' y me engancho a verla. Y cuando voy a un festival me ponen el trozo ese de 'La ley del deseo' del tío que me moja por la calle, que fue un gustazo de escena.

¿Tú crees que el público de ahora ya te asocias más a Álex de la Iglesia que Pedro Almodóvar?
No me lo he planteado. Quizás. Álex es un amor de hombre, y un loco maravilloso. Trabajando con él no me aburro nunca. [Ay, un segundo, que tengo aquí la perra nerviosa porque quiere salir al balcón a hacer un pipi. Vale, ya está. Dime].

Hace tiempo que tienes un pie en el cine francés. ¿Dónde te sientes más a gusto?
Donde hay talento. En este sentido, no tenemos nada que envidiar a los franceses. Lo que pasa es que para ellos la cultura siempre ha sido algo importante, y nosotros tenemos un gobierno que a todos los que trabajamos en esto nos trata como si fuéramos una panda de vagos.

Tú siempre has militado junto al nuevo talento. ¿Cuántas veces has trabajado con directores debutantes?
Muchas. He hecho muchas primeras películas. Pero es que a mí eso me da igual. Yo lo único que necesito es conocer al director y que me caiga bien. La experiencia me dice que te puedes meter una hostia tan fuerte con un director famoso como con un desconocido. A mí lo que me hace falta es que sea alguien que sepa explicarme bien qué quiere y darme indicaciones precisas. Que no sea un atontado, vaya, que también hay unos cuantos.

¿Eres una actriz obediente?
Sí, mucho. A mí me gusta que me manden, que me digan qué tengo que hacer, y si acaso después añado una pizca de invención. Pero siempre cumplo órdenes y obedezco al director.

¿Aunque no estés de acuerdo con lo que te dice?
Tengo una opinión, por supuesto, y puedo pensar que las cosas deberían hacerse de otra manera. Pero la película no es mía, y quiero que el director esté contento. Es importante hacer feliz a un director. De hecho, es importante hacer feliz a todo el mundo. Y un director es más fácil de complacer que un novio. Es más simple, más claro en sus intenciones y al final resulta mucho más gratificante.

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