Dos días, una noche

Cine, Drama
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Dos días, una noche

Los Dardenne son de los que con el tiempo van ablandando el carácter. Parece que hayan pasado siglos desde aquellas películas ásperas, y algo asilvestradas, que los cubrieron de gloria en Cannes, a finales de los 90. Desde 'El niño de la bicicleta' se han anclado en la filosofía de la fábula cerca del brasero, afilada con un poco de Bettelheim y la 'Psicoanálisis de los cuentos de hadas', pero aún así con una voluntad todos-los-públicos altamente complaciente. Dos días, una noche parece una reducción drástica de 'Astérix y las doce pruebas' para los tiempos de crisis, EROS y otras desgracias.

No hay galos, ni lanzadores de jabalina. Y la poción mágica no viene servida en marmita, sino en tabletas de Xanax, para combatir la ansiedad. Marion Cotillard, que aún arrastra el sufrimiento de 'El sueño de Ellis', es una madre de la 'banlieue' de Seraing, Bélgica, a punto de ser despachada de la fábrica. Al resto de trabajadores les han ofrecido una extra de 1.000 euros que recibirán en caso de que voten a favor de su despido. Los dos días y una noche son del fin de semana que la Cotillard se dedica a visitar a sus compañeros de casa en casa, pidiéndoles que renuncien a esta jugosa prima para que ella pueda conservar el empleo.

Los Dardenne son únicos separando el grano de la paja, enemigos del virtuosismo narrativo y visual. De cualquier tipo de virtuosismo, vaya. Aquí no hay pausas dramáticas, ni clímax, ni desgarros. Marion Cotillard pronuncia exactamente las mismas líneas en cada stop en el camino, aguantando el tipo ante cada puerta igual que quien sube una cuesta empuñando el freno de mano. Pero todo acaba siendo un poco demasiado delicado. Es como si lleváramos un jarrón de cristal que no queremos romper. Sobra algodón. Sin embargo, es una película hermosa.

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Detalles del estreno

Duración 95 min.

Reparto y equipo

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