La señorita Julia

Cine, Drama
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La señorita Julia

Hace 29 años, Ingmar Bergman presentó su montaje de 'La señorita Julia' de Strindberg en el Dramaten, una lectura controvertida que él mismo anunciaba como una tragedia diabólica, una pesadilla vertiginosa sobre el destino fatal de la heroína. Rehuía el naturalismo. Rehuía la perspectiva psicoanalítica, gran pecado de la mayor parte de adaptaciones, y se tiraba de cabeza a la psicosis. El mayordomo, Jean, se convertía en un títere servicial, un botarate que por primera vez en la historia no replicaba la fuerza bruta de un Kowalski de turno. Por más que le pusiera la navaja en las manos, era ella sola quien se tiraba al abismo.

Liv Ullmann, actriz predilecta de Bergman y madre de una de sus hijas, ha tratado de llevarse el agua hacia el mismo molino. La suya es una Julia crispada, desencajada y sádica hasta la histeria, una Jessica Chastain demoníaca, a punto de perder la cordura con un hombro pecoso al descubierto y los labios que le tiemblan como si se hubieran enganchado con un anzuelo de pesca. Una versión fría, tórrida al mismo tiempo, trepanada por el 'Andante con moto' de Schubert que suena hasta que tienes la sensación de haber metido la cabeza en un pelador de ajos.

En el año 86 no fui a Estocolmo, y por tanto, de lo que hizo Bergman, sólo puedo decir lo que me brinda la intuición. Pero me imagino su pesadilla con una contención escandinava. La de 'Persona'. La de 'La hora del lobo'. Películas, ambas, muy cerebrales. Ullmann ha hecho un gran ejercicio de actores: Chastain, decía, increíble, y Colin Farrell, más justo, también tiene sus momentos de gloria. Pero el tono peca de desmesura, de una neurosis sobrealimentada, con una trama sexual arrancada del fondo de las marismas para hacerte sentir observador de un ritual bondage. No siempre consigue arrastrarte hacia el interior del laberinto.

Publicado

Detalles del estreno

Duración 133 min.

Reparto y equipo

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