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Teatro
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Autor: Wajdi Mouawad. Director: Mario Gas. Intérpretes: Nuria Espert, Ramón Barea, Laia Marull, Edu Soto, Álex García, Alberto Iglesias, Lucía Barrado y Carlota Olcina.

En junio de 2008 se estrenó en Madrid, en el Teatro Español, una obra de un autor que nadie conocía, un tal Wajdi Mouawad. Venía desde Canadá con su compañía, como autor y como director de ‘Incendies’, pero él era (es) de origen libanés. Fueron sólo 11 funciones y fue uno de los boca a oreja más vertiginosos de la historia reciente de la cartelera madrileña. La gente acabó haciendo colas para intentar conseguir una entrada. El montaje conmocionó a todo aquel que pudo disfrutarlo, fue como un seísmo emocional, uno de esos espectáculos con los que entiendes la función social, cultural, real del teatro. Ocho años después, la primera gran producción española de esta obra va camino de reproducir aquellos efectos.

El montaje de Mario Gas no es tan rematadamente genial como el original, desde luego, pero es capaz de pegarte a la butaca durante las tres horas que dura y propiciar una conmoción intensa y duradera. La causa no está tanto en la concepción del montaje, en su estética o en el trabajo de los actores, aunque todo ello raya la perfección. La causa principal está en el texto, una historia escrita de forma brillante, deudora de las grandes tragedias griegas, pero anclada en nuestro tiempo, consiguiendo crear toda una cosmogonía a partir de un relato familiar.

Ese relato, viaje iniciático hacia los pozos oscuros de la verdad, lo protagonizan dos hermanos gemelos que con la muerte de su madre reciben la misión de la búsqueda y el salvoconducto hacia sus orígenes. Saltando del presente al pasado, vamos del hoy occidental, centrado en sus problemas cotidianos, al ayer oriental, con sus guerras cainitas y sus desplazamientos forzosos. En dos trazos de tiempo se dibuja nuestro mundo actual, un planeta más polarizado que nunca entre los que tienen y pueden y los que huyen o mueren. Pero la obra no está situada en ningún lugar ni en ninguna coordenada temporal concreta, tan solo se cuenta una historia, tan clara y tan bien tejida, que es imposible no hacer la lectura transcendental que encierra.

Podríamos estar horas hablando de cada uno de los aspectos del montaje. La dirección de Mario Gas es sutil, limpia y dinámica, de bellas e imaginativas propuestas, ágil en los saltos de tiempo y espacio. Ha cuajado su mejor trabajo desde ‘Homebody/Kabul’. Lo redondea con las aportaciones plásticas, todas magníficas, desde la escenografía de Carl Fillion hasta las luces de Felipe Ramos, pasando por el trabajo sonoro de Orestes Gas y el videoarte de Álvaro Luna.

Y podríamos extendernos hasta el infinito alabando el trabajo de los actores, que vibran en una secuencia de impacto resultando tan eficaces en lo realista como en lo poético. Menciones especiales: Nuria Espert, claro, fantástica, abrumadora en su monólogo cuando declara en el juicio, sin apenas moverse, solas su voz y su mirada para encogernos el corazón. Y Ramón Barea, divertido, enérgico, demostrando una autoridad sobre el escenario y una libertad de composición como pocas veces se le ha visto. También cabe destacar el aplomo de los jóvenes, de Carlota Olcina y Álex García interpretando a los hermanos gemelos, que nos dejan acompañarles desde su desidia y su enfado iniciales hasta la apoteosis catártica –para ellos y para nosotros- en la resolución. Los otros cuatro, Edu Soto, Alberto Iglesias, Laia Marull y Lucía Barrado, realizan también trabajos sobresalientes. Es, en fin, el poder de esta gran obra, un poder que saca lo mejor de todos para contar lo peor del ser humano. Y dejar un poso de esperanza al final.

Por Álvaro Vicente

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