Las princesas del Pacífico

Teatro
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Las princesas del Pacífico

Autores: José Troncoso, Alicia Rodríguez y Sara Romero. Dirección: José Troncoso. Intérpretes: Alicia Rodríguez y Belén Ponce de León.

A veces, de tan real, la realidad se desdibuja y aparece en el escenario como un reflejo deformado, extraño. Le pasaba a Valle-Inclán. Le ha pasado a La Zaranda y le pasa cada vez más a David Lynch. Y le está pasando –de una forma mucho más modesta y con todas las cautelas en la comparación- a La Estampida, la compañía que está detrás de esta tragicomedia titulada ‘Las princesas del Pacífico’.

La obra camina sobre una cuerda de funambulista: a un lado tiene el chiste facilón sobre tópicos andaluces; al otro, el costumbrismo, la parodia de las plomizas tradiciones. Basculando hacia un lado y otro, nunca cae en ninguno de los dos. Al contrario, se mantiene, firme de principio a fin, gracias a una línea dramatúrgica muy depurada y a una dirección certera que ha despojado lo superficial, ha deshojado el relato hasta ofrecerlo en su esencia, sin renunciar a su carga grotesca.

Es un difícil equilibrio, pero se consigue, además, ofreciendo una buena dosis de carcajadas, porque las dos actrices también van más allá de la caricatura inicial hasta dejar aflorar dos personajes de esos que sabes que existen, que han existido y existirán en esta España nuestra, pero que no dejan de sorprenderte por su genuina existencia y su tierna inocencia disfrazada de ceño fruncido o de tontuna inducida.

La obra, encima, consigue poner sobre el tapete una serie de temas con trasfondo social. Hablamos de la historia de una tía y una sobrina a su cargo, que viven juntas y solas en una casa de Dos Hermanas (Sevilla) comentando entre risas las noticias más escabrosas, hasta que un día, el sagrado momento de escuchar los números de la suerte, les cambia la vida. Les ha tocado la lotería y se van de crucero, atrás se queda el cobrador del gas, siempre amenazándoles, y todas esas vecinas arrugadas de envidia.

Pero el encuentro –o más bien el choque- con el mundo exterior no va a ser fácil. El abuso y el miedo, el amor perdido y el recuerdo de los muertos, salirse del carril establecido y descarrilar del todo. Y vuelta a la casa, la casa precintada por la policía. Pero nada de esto sucede de forma grandilocuente, ni siquiera ante la dura realidad del desahucio. Ahí está el acierto de este montaje. Porque la realidad destilada en un escenario, sin evidencias gratuitas, nos da, como en este caso, un preciso cóctel de diversión y amargura.

Por Álvaro Vicente

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