Los dramáticos orígenes de las galaxias espirales

Teatro
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Los dramáticos orígenes de las galaxias espirales

Autora y directora: Denise Despeyroux. Intérpretes: Cecilia Freire, Ascen López, Ester Bellver y Juan Ceacero.

Luz le pide a Andrómeda, su hermana gemela, que la suplante en la celebración del próximo cumpleaños de su madre. Luz vive lejos, muy lejos, en la India por lo menos. Andrómeda vive con angustia su aquí y ahora, intentando encontrarle el sentido y la razón a los días que se suceden en una casa de locos, constelando como puede con una madre desternillantemente histérica que se emociona con los mensajes impresos en los vasos del Starbucks y mantiene una relación epistolar con el director de El corte inglés, según dice ella; con una tía mística que dibuja círculos de energía y con un primo músico que ha inventado el pop lacaniano.

Este es uno de esos universos típicos de las obras de Denise Despeyroux, capaz de hacer colisionar una serie de cuerpos y sus respectivas energías para que nazcan nuevas galaxias. Esos choques, como sucede en el cosmos, son dramáticos, pero los resultados suelen ser nuevos y bellos. Una comedia de enredo y suplantación, algo hundido en la tradición teatral más añeja, cruzada con un texto afiladísimo donde el humor constante (humor que se exacerba gracias a los intérpretes) no es más que una de las múltiples capas. La esencia, una vez hechas todas las destilaciones y conquistado el corazón de la cebolla, tiene que ver con la identidad.

¿Quiénes somos y qué hemos venido a hacer aquí? Esa parece ser la pregunta estampada en la frente de Cecilia Freire durante toda la función y su gesto ajado, su proceder abúlico, es de momento la única respuesta. Cómo ser junto a los seres que te han tocado en la tómbola de las familias, cómo vivir tu vida cuando tantos pinceles quieren participar en tu cuadro. Y es en el juego de suplantación, cuando Luz es Andrómeda (ambas encarnadas por Freire, que está genial de principio a fin), cuando se vislumbra un horizonte más claro. En definitiva, una obra muy divertida como diagnóstico ligero, que cada espectador debería llevar consigo a su diván particular, allí donde ejercite en soledad la introspección y la autoconsciencia.

Por Álvaro Vicente

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