Los hermanos Karamázov

Teatro
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Los hermanos Karamázov
©Sergio Parra

Autor: Fiodor Dostoievski. Versión: José Luis Collado. Dirección: Gerardo Vera. Intérpretes: Juan Echanove, Óscar de la Fuente, Fernando Gil, Lucía Quintana, Markos Marín, Marta Poveda, Ferrán Vilajosana, Antonio Medina, Chema Ruiz, Abel Vitón, Antonia Paso y Eugenio Villota.

Este es uno de esos montajes teatrales de los que se seguirá hablando durante años. Va a pasar a la historia. En realidad, ya lo ha hecho. En España nadie se había atrevido hasta ahora a llevar al teatro la cumbre de la literatura rusa, la última y más vasta novela de Dostoievski, la que culmina una vida y una obra donde, como ocurre en la función, la pasión lo atraviesa todo, la pasión, la enfermedad, la profundidad de los sentimientos humanos cuando el amor y la muerte se miran cara a cara.

La pasión está en todo, está en el texto, está en los personajes, está en los actores, está en el origen de un proyecto abismal que Gerardo Vera acariciaba desde hace años. Como ya hiciera con Agosto, el director ha cuajado, probablemente sin saberlo todavía, un mito del teatro contemporáneo, un monumento de tres horas que hará las delicias de todo amante del teatro y la literatura.

Un escenario limpio, una escenografía apoyada en audiovisuales, una iluminación portentosa al servicio de la espiritualidad y un montaje, en definitiva, deudor del teatro clásico, el que dejaba el espacio dispuesto para que fueran las emociones puestas en juego por los actores las que llenaran el vacío mágico del escenario. Y vaya si lo llenan.

Fernando Gil, en el papel de Dimitri, el mayor de los Karamázov, aparece como una locomotora desbocada, mientras Ferrán Vilajosana, encarnando al pequeño de la saga, despliega su bondad sin caer en la candidez, sino otorgándole al personaje la entidad que tiene, porque es su conexión con el cielo lo que sustenta este infierno. La voz contundente de Antonio Medina, la impenetrable coraza de Markos Marín en el papel de Iván Karamázov, Lucía Quintana y Marta Poveda, tan sólidas como apabullantes dando vida a esas dos mujeres, Katia y Grúshenka, que desatan tormentas de vileza y amor a un tiempo. Y Óscar de la Fuente, un Smerdiakov que parece no estar pero que no deja de ser, sustento base de la historia, al que nadie parece querer y al que todos parecen necesitar.

Y luego está Juan Echanove. Lo suyo no es de este mundo. Potencia es la palabra. Es un estallido de arte escénico lo que hace aquí, un despliegue de bufonadas y delirios, de la entereza al desánimo, de lo elevado a lo más rastrero, padre y amante, viejo jovial sin asideros morales, avaro jerarca, diana de odios diversos con los que juega como un malabarista. Una lección de teatro. Un placer inmenso.

Por Álvaro Vicente

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