Los Justos

Teatro
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Los Justos

Autor: Albert Camus. Versión: José A. Pérez y Javier Hernández-Simón. Dirección: Javier Hernández-Simón. Intérpretes: Lola Baldrich, Álex Gadea, Ramón Ibarra, Rafael Ortiz, José Luis Patiño y Pablo Rivero Madriñán

Rara vez el teatro ha entrado en la cocina de ETA. Sólo hace 12 años, un autor se “atrevió” a intentar dibujar el entorno del terrorismo en Euskadi, pero tuvo que firmar sus textos con un seudónimo, el de Koldo Barrena. Tenía miedo a las represalias. Que ahora se presente una obra que, según el autor de la versión, José A. Pérez, “es sobre ETA y contra ETA”, habla bien de la salud democrática de este país (al menos en esto y pensando que llega a los cines “Lasa y Zabala”). Lo que ha sido y ha supuesto ETA para España y para Euskal Herria no es historia ni mucho menos está superado, pero hay una perspectiva y una superioridad moral desde el presente como para hacerle decir a un personaje “no somos revolucionarios, somos asesinos”.

Hablemos del montaje. Hablemos de teatro. Porque esto no es panfleto ni documento dramatizado. Esto es teatro. Teatro que nace de Albert Camus, que en su obra maestra miró a la Rusia prerrevolucionaria para entablar en escena una batalla entre razón y emoción, entre idea y acción, entre poesía y barbarie, entre el fin y los medios. Los nombres rusos aquí son vascos y los terroristas… son terroristas. Desde el primer segundo la puesta en escena de Hernández-Simón plantea un dispositivo de exquisita estética para jugar la partida ética. Un montaje cargado de símbolos, desde la entrada marcial de los actores, hasta su atadura a la tierra, que condiciona todos los movimientos, los de los actores y los de los personajes. A mi juicio un gran acierto de dirección, de escenografía y de iluminación. Y de espacio sonoro, con esa txalaparta como en sordina y ese chelo que subraya los vaivenes de la moral. Soluciones eficaces para marcar la acción y su avance, que multiplican su belleza en un espacio como el de la nave grande del Matadero, que cuando se le sabe sacar partido, engrandece más los montajes.

La versión actualiza y contextualiza perfectamente la obra de Camus en otro tiempo, otro lugar y otro conflicto, demostrando que un clásico lo es porque se puede encajar en otras realidades con la misma eficacia. Ahí está la perversión del lenguaje (matar vs. ejecutar). Ahí la dialéctica de las bombas, por paradójico que suene; la poética revolucionaria; la autoridad humanista; las consignas, el ritual, la fe en la idea, las canciones, las grandes frases. “Morir por la idea es la única forma de estar a la altura de la idea”. Las frases terribles. “Le voy a matar con alegría”. El ansia de justicia -aspiración tan humana- puede convertir al hombre en bestia, en lobo para el hombre.

Los actores, en general, hacen un buen trabajo. Como espectador al principio cuesta encontrarles la naturalidad por el hecho de estar involucrados en una coreografía compleja de cuerdas que se cruzan, que se anudan, que se enrollan y desenrollan de sus cuerpos, pero se acaba entrando en la convención. En la intimidad de la célula terrorista, mientras se prepara y se perpetra el atentado, desfilan el miedo, las dudas, el idealismo, el extremismo, la esperanza, la cobardía o la nostalgia. Y el amor, el posible y, sobre todo, el imposible, el subyugado. Y todo ello lo sirven los actores más que el texto. Destaca la energía de Pablo Rivero Madriñán y la absoluta entrega de Álex Gadea, cuyos mejores momentos son los encontronazos con el personaje de Patiño, el más deshumanizado. Y destaca ella sobre todo, Lola Baldrich. Sobrecogedora su escena en la cárcel desdoblada en el papel de la mujer del político asesinado. El perdón es la peor de las torturas. Muy buen montaje, en definitiva, valiente y necesario. Bello y comprometido.

Por Álvaro Vicente

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