Obscenum

Teatro
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Obscenum

Autores: José Cruz y Diego Domínguez. Dirección: Diego Domínguez. Intérpretes: Antonio de Cos, Paula Ruiz, Alda Lozano, Borja Floü y Manuela Morales.

En el teatro, como en la vida, hay que arriesgar, hay que apostar, hay que jugársela. La quietud y el confort de la zona de ídem no contribuyen al avance ni al progreso. Y el atrevimiento hay que aplaudirlo y, si es preciso, jalearlo. Poner en escena un montaje, en Madrid, en el Teatro Galileo, en 2015, para mayores de 18 años que bajo el nombre de ‘Obscenum’ nos propone un cóctel de sexo, droga y rock and roll, debe albergar una semilla de transgresión genuina y una apuesta por lo novedoso, porque es tal la riada de literatura, música, cine, arte y cultura urbana impregnada de esta triada mágica, que aportar originalidad al asunto se antoja complicado no, lo siguiente.

Pero incluso no alcanzando la originalidad (¿qué es eso realmente?), al menos lo deseable es que lo que se propone esté medianamente bien hecho, con profesionalidad. No dudo que este montaje tenga de esto último, a juzgar por los currículums de sus perpetradores, pero es muy probable que, como le pasa a tantos montajes, haya llegado al estreno a medio cocer. Los ingredientes todavía no han ligado sus sabores y sus saberes, la maquinaria avanza lenta y pesada cuando debía fluir como fluyen la buena poesía y la buena eyaculación.

Se diría que esta historia, que mezcla música en directo (le falta fuerza y vatios) con la historia de un fotógrafo al que le entran las mujeres desnudas por la ventana en plena noche, quiere ser un coito con un espectador joven, noctámbulo, leído y cultivado, de los que disfrutan las míticas pelis del lado oscuro y salvaje de la vida, de los que titubean con la filosofía como pose para ligar más que como método de conocimiento y profundización en los misterios del ser humano. Tiene al frente del elenco un tipo tan versátil como Antonio de Cos, que salva un deslavazado trabajo que necesita pulirse desde la dirección. Y… bueno, hay todo un discurso entreverado de exégesis del porno (un poco viejuno) y rechazo descarnado del amor que, sorprendentemente, termina en una sinfonía de “tequieros”.

Por Álvaro Vicente

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