El boxeo en Barcelona

Repasamos los años gloriosos en los que Barcelona era el mejor ring del sur de Europa y vemos cómo es el mundo del boxeo hoy en la ciudad

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Me invito a ir un viernes por la noche al parque Joan Oliver, de Badia del Vallés, donde Emili Solé entrena por amor al arte a un grupo de jóvenes del barrio. Llego un poco antes de la hora, paseo con la libreta por los alrededores del Ayuntamiento y apunto los nombres de algunas instituciones locales: la sede del PSC, El Patufet-Casal de Esquerra y la oficina de la compañía de aguas Sorea. Me enseña unos pinos que ya estaban aquí antes de que esto fuera parque. Cuando venía de ganar un combate, Emili compraba unas cajas de cerveza para invitar a los amigos bajo estos pinos, él no bebía. Ahora los hijos de algunos de aquellos chicos hacen ejercicios con el mobiliario del Circuito de Salud de la Diputació de Barcelona, y esperan la hora de ponerse los guantes: el quiosco de los músicos hace de ring.

Retorno a los orígenes
Es un retorno a los orígenes populares del boxeo, a la ética del boxeo, al sacrificio y a la camaradería que es una de las cosas que más me gusta de este deporte. Miro el entreno al lado de un amigo de Emili, que se gana la vida como guardia de seguridad. Le gusta el boxeo, lo identifica con la inmigración y piensa que en Cataluña ha sido un deporte perseguido. Le explico que he escrito un libro donde hablo de la afición que había en Barcelona, en los años 20 y 30 del siglo XX, cuando el boxeo juntaba a miles de espectadores en la plaza Monumental y en Las Arenas, en el campo de Les Corts y en el Estadio de Montjuïc donde para ver a Paulino Uzcudun pegándose con Primo Carnera, se reunieron más de 90.000 personas. Le digo que la guerra liquidó todo esto, como acabó con los espectáculos del Paral·lel y otros entretenimientos populares. Le explico que en la barrio de Gràcia surgió el mánager Àngel Artero, y sus 'poulains', como se llamaban en aquella época: Flix, Ros, Barbens, Fortunato Ortega, Josep Gironès, el crack de Gràcia, que fue -junto con el futbolista del Barça Josep Samitier y el ciclista Marià Cañardo-, el primer ídolo del deporte catalán. Y en medio de todos ellos, la figura extravagante de Pere Roca, Roca Pelut como lo llamaban en la revista 'Xut!' (tenía un pecho con una mata de pelo muy abundante), el boxeador literato.

La ruta del boxeo
Una ruta por la historia del boxeo en Barcelona empezaría por las callejuelas por donde se movía este grupito. En la calle de Torres esquina con Milà i Fontanals (ahora hay un supermercado paquistaní) tuvo la primera sede el Punching-Ball Club de Gràcia de Àngel Artero y Josep Gironès. Después pasaron a un local más grande, a cuatro pasos de allí: esquina de Quevedo con Banyoles. El edificio todavía existe y se reconoce la forma de gimnasio, una gran nave alargada que ahora es... ¡una residencia geriátrica! Subiendo Quevedo la calle cambia de nombre y se transforma en Montmany. En la esquina con Ramón y Cajal, lado Mar/Besòs, está la casa donde vivió Gironès: un edificio de tres puertas por rellano, sencillo, comprado con el dinero de las bolsas de los campeonatos de España y de Europa. Gironès explica que, antes de tener gimnasio, los chicos del Punching-Ball Club de Gràcia se entrenaban por la montaña, igual que ahora los chicos de la Escuela de Boxeo de Badia del Vallès utiliza el parque. Si querían encontrarse, cuando no entrenaban, tenían el punto de reunión en un bar del paseo de Sant Joan. El dueño estaba desesperado porque solo bebían agua y no gastaban.

Un poco de este ambiente de los años 20 y 30 se ha conservado en el Bar Mundial, de la plaza de Sant Agustí Vell, fundado en la época de la fiebre del boxeo en Barcelona, en 1925. En las paredes hay muchas fotografías de boxeadores de otros tiempos, bien peinados, con los pantalones relucientes, algunos de ellos debían pasar, creo yo, por el estudio de Román, fotógrafo de artistas de la Rambla 40. Era amigo de mi padre y había hablado alguna vez con él por los bares decadentes que rodeaban la plaza de toros Monumental de los años 90. Cuando los dos murieron, vi cómo intentaban meter con calzador a Román en el mercado del arte: no me lo podía creer. En el restaurante Carmelitas de la calle del Carme hay colgadas algunas de sus fotografías de boxeadores. Larga vida al boxeo de la clase obrera.

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