El vendedor de tabaco

Cine, Drama
2 de 5 estrellas
El vendedor de tabaco

Bruno Ganz hace de Sigmund Freud en la convulsa Viena del Tercer Reich, en una película que es su testamento fílmico

La recordaremos como la película donde Bruno Ganz se convirtió en Sigmund Freud. Qué bien se le daba hacer de personajes reales. Lo ves con la barba blanca y los puros, resistiéndose a huir de Viena cuando los nazis anexionan Austria al Tercer Reich, y parece que veas una foto de la contraportada de 'Tótem y tabú'. Qué pena que él solo sea un invitado de piedra, la única 'celebrity' de un 'bildungsroman' que lo utiliza como excusa para que el auténtico protagonista, un joven que despierta a la vida y al amor mientras hace de dependiente de un estanco en tiempos convulsos, haga todo tipo de locuras en nombre de las hormonas. Su amistad con Freud nos permite ver sus sueños, pero nunca se nos descubre su significado. El retrato histórico es de lo más torpe, el acabado formal parece de telefilm y el arco dramático de Franz, así se llama el chico, es tan débil, tan poco tormentoso, tan plano y tan presuntamente poético, que da pereza oírle leer las postales que le escribe a su madre desde el infierno de una ciudad colonizada por el mal.

Por Sergi Sánchez

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