El laberinto mágico

Teatro, Drama
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El laberinto mágico

Autor: Max Aub. Director: Ernesto Caballero. Intérpretes: Paco Ochoa, Pepa Zaragoza, Paco Déniz, Mikele Urroz, Chema Adeva, Marisol Rolandi, Alfonso Torregrosa y Macarena Sanz, entre otros.

“Somos los nietos de los obreros que nunca pudisteis matar/ Somos los nietos de los que perdieron la Guerra Civil/ ¡No somos nada!” Algunos aprendimos a cuestionar la Historia oficial de España con canciones de La polla records. Nadie nos contó en las clases de literatura del instituto que había un tipo que había escrito magistralmente el conflicto aquel desde el punto de vista de los vencidos. En los 80 y en los 90 nadie hablaba de Max Aub en los colegios católicos, que eran casi todos. Pero en 2016 España acumula multitud de relatos, cinematográficos, teatrales y hasta televisivos, que han abordado la contienda cainita desde mil puntos de vista.

‘El laberinto mágico’ sigue siendo, entre todos ellos, un monumento insuperable, y cabe felicitarse por tener un Centro Dramático Nacional que se empeña en abordar una traslación teatral de aquel conjunto de novelas. Ahora bien: más allá de rescatar la memoria del exilio en la figura de Max Aub y de la extraordinaria riqueza de su literatura, teatralmente la propuesta no me convence, no va a dejar una huella indeleble, no pasará de ser un montaje correcto más. Primero porque, si bien se ha conseguido la teatralidad en la forma, en el empaste de escenas y en sus transiciones, en su concepción coral y plástica limpia e imaginativa, en el fondo presenta una sucesión de escenas monocorde, de actuaciones planas y de virtud desigual, ritmo de adormidera y tempo de telenovela de época.  

Uno querría ver más escenas y menos presentaciones de personajes, más escenas donde se cuente el gran relato a base de pequeños conflictos, exactamente como sucede en la que considero lo mejor de la función, la del hombre que llega a su casa alegre y orgulloso por haber salvado el cuadro de ‘Las meninas’ de Velázquez y su mujer le lanza a la cara toda la frustración y el cansancio que ha ido acumulando. Extraordinarios Paco Ochoa y Pepa Zaragoza, sus personajes cuentan mucho de lo que fue aquella guerra con dos trazos precisos de vida.

Es a partir de esa escena cuando la obra adquiere un mayor vuelo emocional. Quedan 20 minutos de función, la guerra está acabando, la República está arrinconada en Alicante. La esperanza se aleja en los barcos. Los nietos de los que perdieron, entre los que me encuentro, revivimos entonces la tragedia de nuestros héroes, de nuestros abuelos. Aprendimos la Historia a partir de combinar la rabia de las canciones y el silencio de nuestros mayores. Ahí sientes, de pronto, un raro orgullo que ya nada tiene que ver con el teatro, aunque despierta a partir de una magnífica última escena. Y sientes incluso un preocupante sentimiento de que ciertas heridas, en lo más profundo, siguen abiertas.

Por Álvaro Vicente

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