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La cara oculta de las estatuas de Madrid

Exploramos algunas de las historias más desconocidas y curiosas del conjunto escultórico de la capital

©M. Martín Vicente

¿Sabes qué estatua madrileña comenzó a venirse abajo al poco de su inauguración, cuál rinde homenaje cada año a las artes escénicas o cuáles cuentan con una réplica fuera de la capital? Más allá de grandes emblemas como el Oso y el Madroño o del Ángel Caído, Madrid reúne multitud de estatuas, que atesoran una peculiar historia y múltiples anécdotas que merece la pena conocer. Te contamos algunas de las principales.

Lope de Vega
©Víctor de Abajo
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Lope de Vega

¿A quién no se le ha echado alguna vez una fecha encima? Pues eso mismo parece que le ocurrió al escultor Mateo Inurria, que recibió el encargo del Ayuntamiento de Madrid de realizar una estatua que homenajeara a Lope de Vega, en el marco de un conjunto escultórico con el que el consistorio quería conmemorar la mayoría de edad y la coronación del rey Alfonso XIII. Agobiado por la cercanía de la fecha de la inauguración, el 5 de junio de 1902, y en vista de que no era capaz de cumplir con el plazo de entrega, Inurria ideó una solución provisional para salir del paso: realizó la estatua en escayola y la pintó simulando un acabado de bronce. Sin embargo, unas inoportunas lluvias terminarían delatando la chapuza, que empezó a deshacerse ante la sorpresa de los madrileños, poco tiempo antes de su sustitución por la obra definitiva en la que Inurria había seguido trabajando. Con el trascurso de los años, la estatua de Lope de Vega abandonaría su ubicación original, en la glorieta de Ruiz Jiménez, hasta terminar donde actualmente se encuentra, delante del Monasterio de la Encarnación.

¿Dónde?: Plaza de la Encarnación.

Eloy Gonzalo
©FDV
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Eloy Gonzalo

Su imagen es una de las más icónicas del Rastro, pero no son tantos quienes conocen la historia del héroe que preside la concurrida plaza del Cascorro, que toma precisamente su nombre de la batalla que tuvo lugar durante la Guerra de Cuba en la que este soldado jugó un papel decisivo. Inaugurada por Alfonso XIII en 1901, la estatua situada en el centro de la plaza rinde tributo a Eloy Gonzalo, que ante el asedio del ejército español por parte de las tropas cubanas se ofreció voluntario para incendiar el edificio que el enemigo utilizaba como bastión. Tan solo puso como condición que le ataran una soga alrededor del cuerpo para que, en caso de morir durante la misión, los españoles pudieran arrastrarlo y darle una sepultura digna. De esta forma, armado de un bidón de gasolina, unas cerillas y un rifle, tal y como aparece representado en la obra, Gonzalo consiguió liberar a su regimiento. La alegría, sin embargo, no le duró mucho, ya que fallecería meses más tarde como consecuencia de las heridas sufridas durante el ataque.

¿Dónde?: Plaza del Cascorro.

Cervantes
©AML
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Cervantes

Encargada por José Bonaparte en 1810, la estatua de Cervantes puede presumir de ser el primer monumento dedicado en Madrid al autor del Quijote y una de las primeras esculturas de la ciudad en honrar a un personaje no vinculado a la realeza o la religión. Aunque en un primer momento estaba previsto que la obra se ubicara frente a la casa donde murió el escritor alcalaíno, en el Barrio de las Letras, finalmente terminaría situándose en la plaza de las Cortes, donde permanece desde 1835. En 2009, las obras de remodelación del aparcamiento subterráneo sacaron a la luz una ‘cápsula del tiempo’, que había sido incluida en la base original de la estatua. Un pequeño tesoro, actualmente custodiado por el Museo Arqueológico Regional de Alcalá de Henares, que contenía cuatro tomos del Quijote de 1819, un libro sobre la vida de Cervantes, medallas y monedas de la época. No se trata, sin embargo, de la única 'cápsula del tiempo' en la capital, ya que se sabe que bajo la estatua de Isabel II, en la plaza de Ópera, permanece otra de similares características, con monedas, diarios y una copia del acta de la ceremonia de la instauración de la estatua.

¿Dónde?: Plaza de las Cortes.

Estatuas urbanas a ciudadanos anónimos
©AML
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Estatuas urbanas a ciudadanos anónimos

A menudo se confunden con un peatón más, especialmente cuando las multitudes abarrotan el centro madrileño. Madrid cuenta con un significativo número de esculturas sin pedestal, que se sitúan a pie de calle, representando escenas diarias que se mimetizan con el entorno. ¿Quién no conoce al famoso barrendero de la plaza de Jacinto Benavente; a Julia, la aplicada estudiante del barrio de Malasaña (Calle Pez 42) o al curioso jubilado que contempla las ruinas de la antigua Santa María de la Almudena (esquina entre calle Mayor y Almudena)? Otras figuras, en cambio, pasan más inadvertidas para el público, como el farolero frente a la Imprenta Municipal, el vendedor de cupones de la plaza de las Cortes o el lector de la plaza de la Paja. Un tributo de la ciudad a sus héroes cotidianos, a los ciudadanos anónimos que conforman su día a día.

El Jarrón de Pirulo
©Publikacción
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El Jarrón de Pirulo

Acompañado de la placa “A Luis Ortega ‘Pirulo’. Los niños de ayer, hoy y siempre”, se encuentra uno de los rincones más secretos del Retiro. Conocido popularmente como El Jarrón de Pirulo, esta obra rinde homenaje a uno de los vecinos más queridos de la capital, que conquistó durante décadas a niños –y no tan niños- con su puesto de cromos y golosinas situado en este parque. Aunque su nombre real era Luis Ortega Cruz, todos lo llamaban Pirulo, un mote que heredó de su padre y de la ‘pirula’ o borrachera monumental con la que terminó un día de fiesta. Al ritmo de ‘sile-nole’, fueron varias las generaciones de madrileños que compraron e intercambiaron cromos en el puesto de Pirulo, que se ganó también la admiración y respeto de sus vecinos tras salvar la vida de una niña atropellada por un tranvía y promover en los años 80 una campaña de firmas para la rehabilitación del Retiro. Un ‘héroe’ al que todavía muchos recuerdan años después de su muerte en 2009.

¿Dónde?: Parque del Retiro

Felipe IV
©Joaquim Alves Gaspar
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Felipe IV

Mirando hacia el Teatro Real y presidiendo la Plaza de Oriente encontramos la estatua ecuestre de Felipe IV, un auténtico hito en la época de su construcción, el Siglo de Oro, ya que fue la primera del mundo en conseguir sujetarse únicamente sobre las dos patas traseras del caballo. Una gran combinación de arte e ingeniería en la que participaron Diego Velázquez, Pietro Tacca, Juan Martínez Montañés y hasta el mismísimo Galileo Galilei. Tras varios intentos fallidos, parece ser que fue el astrónomo italiano quien sugirió que se hiciera maciza la parte trasera de la escultura y hueca la delantera con el objetivo de mantener en pie al animal. La solución, pionera en el mundo del arte, dio como resultado un nuevo modelo en la construcción de estatuas durante los siglos XVII y XVIII.

¿Dónde?: Plaza de Oriente.

Estatuas de la Plaza de Oriente
©Luis García
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Estatuas de la Plaza de Oriente

El monumento a Felipe IV en la plaza de Oriente está acompañada además de una veintena de estatuas, realizadas en piedra caliza, que representan a cinco reyes godos y a otros 15 monarcas de los primeros reinos cristianos de la Reconquista. El poco cuidado y detalle de su ejecución indica que inicialmente no fueron concebidas para ocupar este lugar. En realidad, estas obras forman parte de un conjunto mucho más amplio de estatuas encargadas por el arquitecto Francesco Sabatini, artífice de la ampliación del Palacio Real, que ideó un proyecto para coronar con ellas este edificio. Pero parece que la idea no fue del agrado de Isabel de Farnesio, madre del entonces monarca Carlos III, que pidió a su hijo que colocara las estatuas en cualquier otro sitio, después de haber soñado que un terremoto las hacía caer de la cornisa del palacio. Sea por esta anécdota o por otros motivos, lo cierto es que las obras terminaron siendo relegadas y repartidas entre diversos lugares: la Plaza de Oriente, los jardines de Sabatini, el Retiro y distintas ciudades españolas como Toledo, Burgos o Vitoria.

Valle-Inclán
©José Luis Medel Grimaldi
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Valle-Inclán

Recorriendo el Paseo de Recoletos, a la altura de la Biblioteca Nacional, nos topamos con la estatua de otro manco de las letras españolas, Ramón María del Valle-Inclán. Conocido por su polémico carácter, el dramaturgo, novelista y poeta gallego perdió su brazo izquierdo después de resultar malherido en una pelea en el antiguo Café de la Montaña, junto a la Puerta del Sol, en el mismo lugar en el que años después se ubicaría el ya también desaparecido Hotel París. El 27 de marzo de cada año, con motivo de la celebración del Día Mundial del Teatro, la escultura del autor de Luces de Bohemia se adorna con una bufanda blanca, un símbolo con el que el mundo de las artes escénicas rinde tributo a los autores de todas las épocas.

¿Dónde?: Paseo de Recoletos.

El otro ángel caído
©M. Martín Vicente
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El otro ángel caído

Si preguntamos a cualquier madrileño por la estatua del Ángel Caído, lo más lógico es que nos remita al Retiro, donde se localiza, a 666 metros sobre el nivel del mar, uno de los pocos monumentos del mundo dedicados a Lucifer. Pero además de esta emblemática escultura, la capital acoge una menos popular conocida como ‘El otro ángel caído’, una de las más originales estatuas del skyline madrileño, que aunque oficialmente no representa al diablo, sí recuerda sospechosamente a él. Situada sobre el edificio que hace esquina entre la calle Mayor y la calle Milaneses, ‘Accidente aéreo’, que es como su autor, Miguel Ángel Ruiz Beato, denominó a esta obra, muestra según este a un antiguo “aviador alado” que choca literalmente contra la ciudad como símbolo del fracaso cotidiano en las grandes urbes.

¿Dónde?: Calle Mayor.

Cibeles vs. Neptuno
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Cibeles vs. Neptuno

Iconos de las celebraciones del fútbol madrileño, Cibeles y Neptuno comparten un pasado común que traspasa las rivalidades de los aficionados del Madrid y del Atleti. Su historia se remonta a la segunda mitad del siglo XVIII, cuando Carlos III se propuso el objetivo de modernizar Madrid y situarla a la altura de otras grandes capitales europeas. Conocido admirador de la antigua Roma, el monarca concibió el Paseo del Prado como un circo romano en cuyos extremos se situaban las fuentes de los dioses Cibeles y Neptuno mirándose entre sí.  Ambos monumentos, en cuyo diseño y construcción participó arquitecto madrileño Ventura Rodríguez, abandonaron su posición original por la que actualmente ocupan entre finales del siglo XIX y principios del XX. Por cierto, que si alguien viaja a Ciudad de México es probable que se encuentre con una pequeña réplica de la Cibeles, regalo de los españoles residentes en la capital mexicana como símbolo de hermanamiento entre ambas ciudades.

¿Dónde?: Paseo del Prado.

Colón
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Colón

Aunque parezca mentira en una ciudad con tanta estatua, Madrid no se acordó de rendir homenaje a Colón hasta cuatro siglos después del descubrimiento de América, por detrás de otras ciudades españolas. El 12 de octubre de 1892, coincidiendo con el cuarto centenario del acontecimiento histórico, quedaba inaugurada oficialmente la estatua de Colón, en la ubicación que hoy conocemos. Mucho costó llegar hasta ese momento. Aunque estaba previsto que la obra sirviera para conmemorar la boda entre el rey Alfonso XII y María de las Mercedes en 1878, ninguno de ellos llegó a ver el monumento concluido puesto que ambos habían fallecido ya cuando este estuvo completamente listo en 1885. Tras la muerte de los monarcas, la inauguración de la estatua quedó postergada hasta 1892, el mismo año en que la ciudad de Nueva York encargaba una réplica en bronce de esta obra, con un pedestal más pequeño, que puede visitarse actualmente en Central Park.

¿Dónde?: Plaza de Colón.

Blas de Lezo
©AML
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Blas de Lezo

Al igual que el de Colón, el de Blas de Lezo constituye otro buen ejemplo de lo que a veces cuesta recordar la figura de algunos personajes históricos. Considerado como uno de los mejores estrategas de la historia de la Armada Española y conocido por sus contemporáneos como el ‘Mediohombre’ por las múltiples heridas de guerra que sufrió a lo largo de su vida, que lo dejaron tuerto, manco y cojo, el almirante vasco del XVIII no contó con estatua en Madrid hasta 2009, año en que se inauguraba un monumento en su honor en los Jardines del Descubrimiento. Promovida por suscripción popular, la obra no estuvo exenta de cierta polémica, ya que además de defender Cartagena de Indias frente a la flota británica cuando la ciudad colombiana era todavía territorio nacional, a Lezo se le atribuye también la capitanía de las tropas que bombardearon Barcelona durante la guerra de Sucesión.

¿Dónde?: Jardines del Descubrimiento.

Felipe III
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Felipe III

Una de las estatuas más fotografiadas de Madrid es la figura ecuestre del rey Felipe III. Su ubicación, en pleno centro de la Plaza Mayor desde mediados del siglo XIX, explica su fama. Lo que poca gente sabe es que en el pasado fue un auténtico cementerio de gorriones, que conseguían entrar por la boca abierta del caballo, pero no tenían suerte, debido a la estrechez del cuello de la figura, para volver a salir. Así, muchos quedaron condenados en esta trampa mortal. Durante la II República, una bomba destrozó parte de la estatua y descubrió, ante la sorpresa de todos, cientos de huesecillos de los pájaros que durante años y años habían muerto en su interior. Durante su restauración tras la Guerra Civil, se selló la boca del caballo para que no tuviera tanta hambre.

¿Dónde?: Plaza Mayor.

El duende del amor
©M. Martín Vicente
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El duende del amor

Viajando en el tiempo, es fácil imaginarse al rey Felipe V paseando por el parque del Retiro allá por el siglo XVIII. Entonces el recinto era privado y el monarca se pasaba horas viendo crecer las plantas y flores del lugar. Cuenta una leyenda que trabajadores del parque decían que tanta belleza era culpa de un duende que iba cambiando las flores de sitio cada día para que cada paseo fuera diferente. Eso sí, nunca fue capturado.... Cuando el parque se hizo público, muchas parejas de enamorados iban al Retiro y se popularizó el dicho de que quien consiguiera ver al duende, sería afortunado en el amor. Ahora es más fácil encontrarlo gracias a una estatua que José Noja levantó en 1985. El duende espera a todo el mundo sentado sobre una de las antiguas oseras de la Casa de Fieras.

¿Dónde?: Parque del Retiro.

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