Alma

Teatro
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Alma

Basada en ‘Persona’, de Ingmar Bergman. Dramaturgia y dirección: Arturo Turón. Intérpretes: Rocío Muñoz-Cobo, Andrea Dueso y Cristina Masson.

Rodrigo García (el dramaturgo y director de teatro, no el de cine) dijo una vez, refiriéndose al cine de Tarkovsky, que “hay esperanza en las obras radicales” y que, con ellas, por raras y contrarias al ritmo habitual de los días que parezcan, “hay que seguir hasta el final”. La forma de contar de la gente del norte, de los autores escandinavos o rusos, sea por el paisaje, sea por la climatología, sea por los horizontes, es muy distinta de este lado mediterráneo de la vida. 'Persona', del director sueco Ingmar Bergman, es una obra radical, genial y radical, en fondo y forma. Y la osadía de llevarla al teatro supone un triple salto mortal con pirueta y floritura que Arturo Turón se permite después de años destilando la peli hasta llegar a un doble cero esencial. Porque hace años que la idea ronda la mente de este creador audiovisual, destapado para el teatro con la excepcional ‘Confesiones a Alá’, que todavía sigue en cartel en el Teatro Lara.

Y bien, visto el montaje, resulta ambicioso sin ser pretencioso, y eso ya es positivo. Tarantiniano y posmoderno –que son sinónimos si nos referimos a la suma en cóctel de referencias diversas cogiendo lo que ya está hecho para contar cosas nuevas-, el arranque de la función propone ya la suma de lenguajes que recorre todo el espectáculo. Con una proyección al fondo que “imita” el comienzo de la peli de Bergman, se desliza por el escenario el cuerpo fibroso de la bailarina (Cristina Masson), que va descubriendo los muebles de las distintas estancias donde va a tener lugar la acción, hasta entonces cubiertos por sábanas blancas. Esas estancias están delimitadas con líneas blancas en el suelo, estilo 'Dogville' (otra película de otro hombre del norte de narrativas peculiares, Lars Von Trier). Finalmente, las actrices aparecen por el fondo y empieza la función. Teatro, danza, cine, vídeo, música y literatura. Todo cabe. Todo confluye.

El director ha optado por el nombre de una de las protagonistas, Alma, la enfermera, para titular el montaje. Es una buena elección, tiene mucho sentido. Y sobre todo después de ver el trabajo de Andrea Dueso, una actriz que, con esta obra, debuta en el teatro. Ella es la enfermera que ha de cuidar y acompañar a Elisabeth, la actriz que, en mitad de una representación de 'Electra', enmudece sin motivo físico y/o psíquico aparente, más bien con motivo metafísico, subrayado por ese “absurdo sueño de ser” que le atenaza. El conflicto entre el ser y el parecer, entre la máscara y la persona real que enmascaramos, es lo que vertebra la obra y la relación entre ambas mujeres, que pasa de la calidez inocente de Alma al principio, a la identificación perversa y desasosegante entre ambas a medida que avanza la acción.

Rocío Muñoz-Cobo le da a Elisabeth maneras de diva impenetrable y su ejercicio de escucha imperturbable es brutal. Más que nunca, es una actriz contando con todo su cuerpo, con la palabra en segundo plano obligado. Y Andrea Dueso puede ya presumir de un debut formidable. Su primera escena de verdad, en la que rememora un recuerdo íntimo y hasta húmedo, podría ser un micromonólogo independiente, un cuento erótico que nos transporta, con solo su evocación, a una playa, a un verano, a un encuentro furtivo de pieles desnudas. No es fácil contar con tanta naturalidad y que el espectador viaje contigo y con su imaginación. Ella lo consigue, vaya si lo consigue. Y luego, su metamorfosis. Es cierto que cuando más enérgica ha de ser, todavía el nervio le amedrenta y no suelta los caballos, pero, como todo el montaje, es uno de esos trabajos que va a ir creciendo a medida que se enfrente, noche tras noche, durante muchas noches, al público, a las personas. A las almas.

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