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Reseña
En Chueca se abre un nuevo bar sin hacer mucho ruido. Otra coctelería que se une al circuito formado por Cock, Del Diego, Angelita o Momus. Merece una bienvenida aunque ruede a un ritmo pausado que contradice a la gran ciudad acelerada. Se presenta bajo el lema "lotes limitados, creatividad constante", reflejo de una carta de cócteles dinámica, cuya oferta creativa se adapta a la demanda sin cesar. Corremos a entenderlo con un daiquiri en la mano.
Esta apertura silenciosa llega una vez David Guerrero salió de La Analógica, el cóctel hifi bar de Huertas. Natural de Barañáin, al lado de Pamplona, aunque criado en Vitoria, Guerrero es bartender ya curtido. Experiencia en bares de Irlanda, paso por Overall (Ibiza) o rol de bar manager en el grupo El Escondite. 86; Cocktail Bodega es su primer negocio propio. Algo que rondaba en su cabeza hasta dar con este local cerrado durante un año. Había sido el típico bareto de Chueca, un tanto hortera, forrado con pintura dorada y purpurina. Incluso se intuye un pasado como after.
David tuvo que hacer el obligado lavado de cara, pasar a los tonos ocres, aplicar otra textura a las paredes, reducir la barra y comprar mobiliario nuevo. Mantuvo el suelo de baldosa. Y aprovechó, al fondo del pasillo estrecho, a un lado de la zona de mesas y sofás, un buen espacio de producción para cocinar sus bebidas y que si quiere podrá convertir precisamente en cocina. Porque por ahora aquí solo se viene a beber.
Una primera declaración de intenciones: para la inauguración David no organizó una fiesta para otros bartenders, se limitó a invitar a su abuela nonagenaria, la única inversora detrás del proyecto en forma de préstamo familiar. A partir de ahí, nadie más que él al frente del bar, operativo seis días a la semana. De miércoles a lunes, desde las seis o siete de la tarde, salvo domingo y lunes que abre antes para poder cerrar a medianoche. Las noches de viernes y sábado se alargan más allá de las dos.
Poca distracción ornamental. Espejos y mallas metálicas. El botellero y alguna balda con libros de mixología, poesía y las obras completas de Shakespeare en inglés. Hilo musical de amplio espectro del que puede escaparse hip hop francés, como IAM, La Caution o Sniper. En la nevera, un solo tipo de cerveza, un vino y ningún refresco de cola, naranja o limón, pero sí ginger ale. Se la juega por ahora a cocktail bar.
Al pedir la carta de cócteles, surge el concepto. Coincide el 86 del año en que nació Guerrero con el código que nació en el Nueva York de la Prohibición y que se identificaba con los productos que se iban agotando. Una jerga que lleva al bartender a preparar litros de cada cóctel que, conforme se van acabando, dejan de aparecer en el menú non-stop que se va reimprimiendo sobre la marcha. Para dar lugar a otros cócteles distintos, sean clásicos o de autor, estos últimos numerados. Así, ha dado tiempo ya a que el #2 (tequila, kiwi y piparra) y el #5 (vodka, fruta de la pasión y piña) hayan dado paso a nuevas creaciones.
La parte autoral le permite fluir con la temporada. Única excepción al verano: el cóctel #1, una crema de naranja basada en yogur kefir y mezclada con ron. El #9 iba para cóctel de café y mantequilla tostada, pero agosto le recordó las pieles de naranjas que tenía en proceso, así que añadió cachaça y vermut blanco. El resultado es más apetecible. Otoño ya le pedirá un irish coffee. Mientras, el #4, una especie de Red Snapper en copa corta, mezcla agua de tomate con pepino, y ginebra Portobello Road. El #5, entre un Cosmo y un Butanito (el popular tubo navarro), introduce el patxaran sobre base de vodka, además de arándanos y zumo de naranja; un cóctel actual, con un punto lácteo y algo de burbuja en el servicio. El #7 es igual de fácil y refrescante a pesar del mezcal, con Aperitif, licor Calisay y melocotón; parecido a un naked & famous en formato largo. Y el #8 es su versión clarificada de piña colada: leche de coco con cúrcuma, piña natural y whisky ahumado. Pero todo esto cambiará.
El listado es intuitivo: notas de sabor e ingredientes principales. Las recetas, cercanas y entendibles. Alterna cócteles limpios con otros que dejan poso. No utiliza garnish ni decoración, reconoce no ser muy ducho en ello. Y los clásicos sirven para acercar al gran público. David busca hacerlos suyos, sin twists radicales para que sean reconocibles. En el negroni baja el vermut y el Campari, y al gin añade Amer Picon para acentuar la naranja. No busca reversiones signature sino guiños mínimos que respeten el ADN. El daiquiri, con ron blanco Abuelo, se acerca a un gimlet aromático, oleoso y cítrico. No tan ácido porque en vez de zumo de lima se vale de sus aceites esenciales. Ofrece también un Jungle Bird y ya piensa en un Penicillin. Para el Paper Plane cambia el Aperol por Select y mete whisky japonés Toki. Y se marca un clásico del ron como Millionaire Nº1, donde vuelve al patxaran para sustituir el sloe gin, tira de Apricot licor en lugar de brandy, y elige ron oscuro y no jamaicano.
Incluye un par de opciones sin alcohol, transparentes y en vaso alto, con amaro y amaretto 0,0, más fruta y burbuja. Todos los cócteles de la carta salen a 12 euros, peticiones del consumidor aparte. “Si subimos el precio apoyamos la idea que tiene el cliente nacional de que el cóctel es algo caro y celebratorio”. Y 86; Cocktail Bodega, por mucho concepto que tenga (lo del punto y coma también es relato), no quiere intimidar aunque siempre haya motivos para celebrar. Con patxaran.
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