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Reseña
Bares que se parecen a personas. Para que ciertos lugares alcancen esta cualidad no ya antropomórfica sino energética se necesita caer en manos adecuadas. Algo así ocurre en Casa Cometa, un bar de vinos que cumple un año en Lavapiés pero que no es un bar de vinos a secas sino también un comedor animado o íntimo, según. Y que, en cuanto pasas dentro apenas un rato, notas que se convierte en la casa de todos.
Esa persona a la que Casa Cometa se parece es Carlos Siles. Este granadino que destila simpatía y ganas de hacerlo bien, en realidad fue periodista y luego jefe de sala en Contraclub. Acabó montando un bar en La Latina y ahora en este otro de la calle Embajadores demuestra con más ilusión que nunca su mano como anfitrión. No fue fácil encajar en el barrio, pero el Lavapiés que más se comporta como un pueblo terminó aceptando al forastero del vino natural.
Antes de llegar Carlos, esto era una casa de comidas de toda la vida. Que el relevo fuera tan poco traumático se explica porque estaba regentada precisamente por los padres de su socio. Había que entrar entonces. Dejándolo bonito, eso sí. El local, con forma de herradura, se divide en zona de bar con una sala al fondo destinada a catas y eventos, en los que Casa Cometa está ya bien posicionada, y comedor más puesto en el que dedicar tiempo al cliente.
Ha sabido integrarlo todo con sencillez. Y le luce el ladrillo y la portada de madera y cristal que da acceso al salón con mesitas. Al final de este espacio acogedor se organiza la bodega, que también es tienda. Un primer vistazo revela la inclinación por el pequeño productor. Es además el contacto humano lo que agradece Carlos y por eso trabaja cada vez más directamente con las bodegas.
A pesar de todo, en Casa Cometa el vino no se impone. Se huye de radicalismos y también de maridajes. Todo lo de la pizarra en barra llega por copas en sala. La cocina tiene el mismo protagonismo, siendo, esta vez sí, radicalmente casera. Las gamas se supeditan a la compra en el mercado de la Cebada o en negocios cercanos como la frutería. Siempre por hacer barrio, aunque costara al principio. Sin tampoco caer en la ración de croquetas, calamares o en el pincho de tortilla. Se diferencia del resto con un “simple” tomate preparado con aceite y sal, o con platos del día como unas lentejas con chorizo asturiano. O por servirse en una vajilla de un taller del Albaicín, de donde es Carlos.
Un par de hits vuelven a desmarcar la propuesta. Sus champiñones cabreados (13 €) son tarjeta de presentación. Salteados con tomate seco y guindilla (el cabreo es moderado), y con puerro frito por encima, la magia está en una salsa reducida con un chorrito de vermut. Tras mojar en el mejunje de unos champiñones que ya no se ven demasiado por las calles, las berenjenas (12,50 €) tienen también su gracia: se hacen en una tempura ligera y ultra crunchy, y se bañan en un dulce de caña al albaricoque.
Además de completar la oferta de picar con una ensaladilla con bonito (9,50 €), unas patatas mix de brava y alioli (8,50 €), y con varias tablas de quesos y embutidos (16 €-25 €), falta hacer hueco a la parte más seria. El salmorejo (12,50 €) se las trae: generoso de pollo desmigado en escabeche, es un cuenco veraniego que va de coña con una copita seca del macabeo y trepat de Sant Pere (Carlania Celler). Entre un lomo de atún con alioli de lima, una presa ibérica con ajada casera, y un fino y crujiente cachopín de ternera, jamón de pato y tetilla (19 €), se cuelan más guisos. Los garbanzos con calamares (14 €), las carnitas amontillás (17,50 €), por su reducción al Jerez, las carrilleras al chocolate y con boniato (16 €), o las albóndigas de cerdo ibérico y ternera (18 €). La pinchada de esta carne prieta, que no lleva pan pero sí un pelín de salsa Perrins, se combina con el dulzor de una crema de chirivía y el fondo de verduras y vino. Y para vino que acompañe a estas albóndigas, la garnacha alicorada de El Abuelo (El Abuelo Wine).
La oferta parece más que suficiente. Falta no decaer en los postres: una tarta de chocolate al café y otra de queso brie (7 €), que es la que más sale. Fresquísima, la porción se derrama pero no se desmorona, y entra sola junto a una burbuja ancestral y mediterránea de parellada como Parillós (La Vinaventura). Casa Cometa demuestra tener más ambiente que muchos sitios con ínfulas y autobombo. De alma, ya ni hablamos, va sobrada. Carlos cuida a su parroquia, incluso la de cerveza acodada en la barra, que ya es fiel y se reconoce. Imposible pedir más. Solo que le vaya bien.
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