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Reseña
Conde de Romanones es la pequeña arteria que conecta las plazas de Tirso de Molina y Jacinto Benavente, en pleno corazón de la capital. Allí, en el número 10, se encuentra el restaurante creado por Rogelio Castro, propietario e ideólogo de este 'bistrot español' que lleva su nombre de pila y cuyo concepto ha construido a medida. Roge llegó al mundo de la restauración tras dar un giro a su vida. Mexicano formado en Relaciones Internacionales, paso de académico a cocinero y estudió en Le Cordon Bleu en París para hacer realidad su propio proyecto. De inspiración principalmente mediterránea, en sus platos se cuela su admiración por los sabores españoles. Su fiel compañera es una bulldog francés llamada Croqueta protagonista del branding de Roge y que se deja ver por la sala, como si de una maître canina se tratase.
Dos ventanales que miran como dos ojos a la calle, abiertos de par en par con el buen tiempo, reciben al comensal que llega a Roge, uno a cada lado de la puerta. Cruzada esta, se presenta una sala, coqueta y con barra (cargada de libros y botellas). La segunda zona de comedor sigue al pasillo que conecta con la parte trasera del local, en la que la cocina queda a la vista y se puede observar al equipo trabajando durante el servicio. Mesas de madera sin mantel, pero con flores y velas.
En diferentes puntos del establecimiento, cortinones que caen desde ambos márgenes de la puerta enmarcan el espacio y otros cubren parte de las paredes. Y a lo largo de todo el espacio, muchos cuadros, pequeñas láminas y obras más grandes se reparten a lo largo del local. En el ambiente se respira una sensación de calidez, en un clima distendido y alegre, acompañado por un personal entregado a hacer sentir al cliente como en casa.
El restaurante estructura su oferta tanto a la carta como en menú que recoge algunos de sus mejores platos y que Roge adapta cada día (5 tiempos para una persona a 45 euros, 8 pases para compartir a 60 euros por persona), permitiendo que cada cual haga la comanda como desee. Además, cada cierto tiempo se producen entradas y salidas de nuevas elaboraciones, renovándose la carta progresivamente.
Bien diseñado, en paralelo, el acompañamiento líquido, que aúna una carta de vinos centrada en referencias españolas con opciones de tintos y blancos (algunos de ellos disponibles por copa) a la que acompaña la posibilidad de pedir cócteles, concentrados en otra parte importante de su propuesta de bebida.
En el plato, mucho producto, muy bien elaborado. En esta cocina hay control de la técnica y también capacidad para conectar sabores que funcionan juntos, sin robarse protagonismo, complementándose. Así lo hacen su vieira al horno con mantequilla de ajo y perejil o su original tartar de atún rojo, servido en copa con salmorejo cordobés y aceite de albahaca, original y sabroso de principio a fin.
Roge tiene ya, además, algunos platos inamovibles. Es remarcable, entre ellos, el punto perfecto de la carne del magret de pato, servido con salsa bigarade de naranja y chipotle (se cuela aquí un guiño mexicano) y zanahorias glaseadas. Del lado del pescado, destaca su corvina en salsa verde de calabacín y espárragos acompañada de alcachofas y su salsa, y un acertado pesto, que aligera y refresca la materia prima protagonista.
Dentro del apartado dulce, breve y conciso, merece reservar espacio para unos bocados la tarta Tatin de manzana, acompañada con el clásico helado de vainilla y terminada con delicioso caramelo salado. Para cuando llegue el postre, a estas alturas de la comida o la cena, seguramente Croqueta haya hecho su aparición a los pies de la mesa, como esperando confirmar lo que ella ya sabe: que Roge te dio de comer rico, que lo pasaste bien y que ya estás pensando en cuándo volverás a reservar mesa.
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