1. El imperativo categórico
    Marta Más | El imperativo categórico
  2. El imperativo categórico
    © Silvia Poch | El imperativo categórico
  3. El imperativo categórico (Teatro de la Abadía).
    El imperativo categórico (Teatro de la Abadía).

Reseña

El imperativo categórico

5 de 5 estrellas
  • Teatro
  • Crítica de Time Out
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Time Out dice

Hay algo profundamente incómodo en sentarse a ver 'El imperativo categórico' y reconocer demasiado pronto algunas de las situaciones que atraviesa Clara G. Porque lo que Victoria Szpunberg pone sobre el escenario no pertenece a un futuro distópico ni a una realidad especialmente lejana. Está aquí. En los fondos buitres, en los alquileres imposibles, en los contratos que nunca llegan, en las vidas profesionales que se sostienen con alfileres y en esa sensación, cada vez menos extraña, de que hacer las cosas bien tampoco garantiza que las cosas vayan a salir bien.

Clara G. es profesora asociada de ética y filosofía, tiene más de cincuenta años y lleva dos décadas dando clase. Su vida se va desmoronando con una precisión casi burocrática. Una separación, la precariedad laboral, la imposibilidad de acceder a una vivienda que pueda pagar y una sucesión de situaciones aparentemente cotidianas que terminan por llevarla a un lugar de desconcierto. Szpunberg escribe desde ese filo en el que lo reconocible empieza a resultar absurdo y consigue algo difícil, que nos riamos cuando, en realidad, quizá deberíamos estar bastante preocupados.

La risa aparece muchas veces con un pequeño sobresalto. Una consulta médica, una conversación aparentemente inocente, una situación relacionada con la vivienda o un encuentro que debería ser normal terminan adquiriendo una dimensión casi kafkiana. El humor no suaviza lo que estamos viendo. Lo vuelve todavía más incómodo. Nos permite respirar un segundo para volver a colocarnos, inmediatamente después, ante el problema.

Y ahí está una de las virtudes principales de la propuesta. 'El imperativo categórico' no pretende darnos una lección sobre Kant. Utiliza la filosofía como una herramienta para mirar aquello que sucede cuando las normas que supuestamente ordenan nuestra convivencia dejan de servir para proteger una vida digna. Clara intenta comprender el mundo desde la razón mientras el mundo parece empeñado en responderle con un formulario, una cláusula, una espera o una puerta cerrada.

La obra tiene además la inteligencia de no convertir a Clara en una víctima solemne. Su desconcierto, sus contradicciones y hasta sus momentos más incómodos hacen que podamos acompañarla sin contemplarla desde una distancia condescendiente. Es fácil reconocerse en esa mujer que intenta seguir adelante con cierta dignidad mientras descubre, casi sin darse cuenta, que las reglas han cambiado y nadie se ha molestado en explicárselo.

Sandra Monclús recoge ahora el testigo de Àgata Roca, cuya Clara se había quedado muy dentro de quienes vimos la primera temporada madrileña. Esa comparación podía ser un pequeño hándicap, precisamente porque había una interpretación anterior muy presente en la memoria. Pero Monclús sale de ahí con solvencia y construye su propia Clara. Defiende muy bien el personaje y encuentra sus propios tiempos, su propia fragilidad y también su sentido del humor.

Xavi Sáez vuelve a asumir el particular ejercicio de multiplicarse en escena. Cambia de registro con una rapidez que contribuye a ese mecanismo ligeramente delirante de la función, pero también permite que el universo de Clara se vaya llenando de personajes que, por momentos, parecen salidos de una pesadilla administrativa. Hay algo divertido en ese juego, aunque debajo permanezca una sensación bastante más inquietante.

La escenografía de Judit Colomer acompaña bien esta idea de precariedad. Los espacios aparecen y desaparecen con una economía de recursos que deja que el foco permanezca sobre los cuerpos y sobre aquello que les sucede. El sonido de Lucas Ariel Vallejo y la iluminación de Marc Lleixà terminan de construir una atmósfera que va pasando de lo cotidiano a lo extraño casi sin que nos demos cuenta. Y quizá ese tránsito sea una de las cosas que más me interesaron de la función. En algún momento dejas de saber exactamente cuándo has cruzado la frontera entre una situación perfectamente posible y otra que parece salida de 'El proceso' de Kafka. Porque Kafka está ahí, igual que Kant. Y está también una ciudad que expulsa.

Resulta difícil ver ahora 'El imperativo categórico' en Madrid y no pensar en Maricarmen. Mientras la obra permanece en cartel, una vecina de 87 años se encuentra pendiente de un desahucio previsto para el 23 de septiembre. Según ha comunicado el Sindicato de Inquilinas de Madrid, Maricarmen lleva alrededor de setenta años viviendo en la misma casa. Su caso ha generado movilización vecinal y vuelve a poner delante de nuestros ojos una pregunta que la obra formula desde otro lugar: ¿qué ocurre cuando cumplir con las reglas ya no garantiza poder permanecer en el lugar que llamamos casa?

La coincidencia temporal produce un escalofrío difícil de ignorar. Clara G. es un personaje de ficción, pero las circunstancias que le rodean forman parte de la vida de muchas personas. Personas que trabajan, que pagan, que cumplen, que intentan seguir adelante y que, llegado un momento, descubren que el suelo bajo sus pies se ha vuelto demasiado caro.

Szpunberg no ofrece una solución tranquilizadora y tampoco parece buscarla. Lo que hace es poner la pregunta en circulación y dejar que nos acompañe al salir del teatro.

'El imperativo categórico' habla de vivienda, trabajo, universidad y soledad, pero debajo de todo eso hay algo más sencillo y más difícil de resolver: cuánto puede aguantar una persona antes de dejar de reconocerse a sí misma. Y hay un dato que conviene recordar al acercarse a esta función; 'El imperativo categórico' le valió a Victoria Szpunberg el Premio Nacional de Literatura Dramática 2025. Ese mismo año también fue finalista a la Mejor Autoría Teatral en los Premios Max y la producción obtuvo además otros reconocimientos en los Max, entre ellos el de Mejor Actriz para Àgata Roca, cuya interpretación de Clara G. quedó en la memoria de quienes vimos la primera temporada madrileña. Son premios importantes, sí, pero lo interesante es comprobar que el texto sigue teniendo algo que decir cuando vuelve a encontrarse con el público, y que una nueva actriz puede tomar ese personaje y hacerlo suyo.

Acercarse a conocer esta pieza merece mucho la pena. Por la inteligencia de la escritura de Victoria Szpunberg, por el trabajo de sus intérpretes y porque verla hoy, en Madrid, añade una capa que quizá no estaba cuando se estrenó. Salimos de la sala con una sonrisa en algún lugar de la cara y una cierta incomodidad en el cuerpo.

Detalles

Sitio web del evento
www.teatroabadia.com/
Dirección
Precio
Desde 12 €
Horas de apertura
De martes a sábado: 20.00 h | Domingos: 19.30 h
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