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Reseña
Hay algo casi programático en encontrarse un corazón proyectado por los focos sobre el telón de la Sala Verde de Teatros del Canal. Es lo primero que recibe al espectador que se acerca a 'Los locos de Valencia', la propuesta de Pepa Pedroche a partir de la versión de José Luis Alonso de Santos sobre la comedia de Lope de Vega. Un corazón como aviso, como bienvenida y, quizá, como diagnóstico. Porque aquí el amor tiene mucho de enfermedad y la cordura, como pronto descubriremos, tampoco parece un territorio demasiado seguro.
Con esta función estreno mi temporada teatral 2026/27 y reconozco que, después del verano, se agradece entrar en una sala y encontrarse con una comedia que no exige al espectador llegar con las pilas puestas. Yo, de vacaciones, poco o nada, pero precisamente por eso agradezco especialmente una propuesta fresca, juguetona y divertida. 'Los locos de Valencia' puede ser una buena manera de regresar al teatro después del paréntesis estival, cuando todavía cuesta asumir que septiembre ya está aquí. Y más si, como ocurre en esta función, hablamos de amor.
La acción nos lleva hasta el patio del Hospital de Inocentes de Valencia, un espacio de reclusión que Lope convierte en territorio de enredos amorosos y delirios varios. Allí llega Floriano, que se hace pasar por loco para escapar de la justicia, y allí está también Elvira, refugiada después de haber sido engañada y abandonada. Lo que sigue es una sucesión de encuentros, equívocos y pasiones en la que resulta cada vez más difícil decidir quién está cuerdo y quién simplemente ha aprendido a disimular mejor.
Y esa es una de las gracias de la función. La pregunta sobre la locura termina desplazándose hacia nosotros. ¿Qué hacemos cuando amamos? ¿Cuánto sentido común estamos dispuestos a sacrificar? Lope sabía perfectamente que enamorarse tiene algo de trastorno temporal y Alonso de Santos encuentra en esa intuición un buen punto de partida para acercar la obra al presente.
Lo más arriesgado de esta versión, a mi juicio, es llevar los versos de Lope hacia la comedia musical. Alberto Vela y Beatriz Fernández acompañan en escena con guitarra y piano, y los números cantados funcionan como pausas que ayudan a digerir la trama entre amores cruzados, filósofos enfrentados y locuras varias. Hay una voluntad clara de que el espectáculo no parezca una pieza clásica a la que se le ha añadido música, sino una propuesta concebida desde el principio con ese lenguaje. Es una decisión que funciona especialmente bien por su capacidad para acercar la función a públicos muy distintos. Hay algo familiar en el mejor sentido de la palabra, una puerta de entrada que puede hacer que alguien joven se siente delante de Lope sin sentir que está entrando en territorio ajeno.
La dirección de Pedroche apuesta además por un verso alejado de la declamación solemne. Se nota el deseo de que Lope respire con naturalidad y de que los actores se muevan dentro del texto desde códigos interpretativos contemporáneos. En algunos momentos, sin embargo, esa búsqueda de ligereza lleva a ciertos personajes hacia un territorio más cercano a la caricatura de lo que me hubiera gustado. Hay gestos o trazos interpretativos que realzan demasiado aquello que la situación ya está contando. Son detalles menores, de esos que con más funciones a la espalda tienden a asentarse solos, y no me sorprendería que unos días esta misma reseña sonara distinta.
Hay algo especialmente bonito que tiene que ver con el origen de esta producción: es una coproducción con el Complejo Teatral San Martín de Buenos Aires, y dos de las actrices, Florencia Otero y Lucila Gandolfo, llegan desde Argentina. Ambas aportan al montaje una musicalidad distinta en el decir. Escuchar los versos con diferentes acentos permite descubrir matices que a veces olvidamos cuando hablamos de la lengua compartida como si fuera una sola cosa. Suena a que el idioma es más grande que un país, y en escucharlo resulta muy enriquecedor.
El reparto se completa con Arturo Querejeta como Doctor Cabezas, Daniel Muriel como Floriano, Jacobo Dicenta como el Conde Valerio, Pepe Sevilla como Tomás, Guillermo Calero como Martín, Antonia Paso como Fedra, Ángeles Martín como Laida y Carlos Manrique como el Príncipe Reinero. Querejeta tiene en Cabezas un personaje particularmente agradecido, ese médico empeñado en curar enfermedades de amor sin haberlas padecido nunca, una contradicción que la función explota con sentido del humor.
Y luego está Elvira interpretada por Florencia Otero. Quizá sea uno de los personajes que más fácilmente podrían haberse convertido en una figura arrastrada por los acontecimientos, pero la versión conserva algo importante de su impulso inicial, fue ella quien decidió desafiar las convenciones, seguir aquello que creyó amor y abandonar una vida que ya no quería. Después vendría el engaño. La puesta en escena prefiere dejar fuera la violencia más explícita de ese episodio y poner el foco en las consecuencias emocionales, en la mujer que intenta comprender cómo pudo equivocarse tanto.
El resultado es una función que quiere, ante todo, que salgamos mejor de lo que entramos. Pedroche dirige una comedia que se permite hablar de salud mental, deseo, relaciones, prejuicios y soledad sin convertirlos en una lección. La función prefiere que la pregunta llegue después de la risa.
Al terminar, queda una sensación bastante luminosa. Quizá porque la pieza recuerda algo que sabemos y que, sin embargo, necesitamos que nos vuelvan a decir de vez en cuando, que amar puede ser una locura, sí, pero también una de las razones por las que merece la pena estar aquí. Y si además Lope consigue que nos riamos de nuestra propia falta de cordura, bienvenida sea la enfermedad.
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