Hay musicales que forman parte de la memoria colectiva incluso antes de verlos. 'Los Miserables' es uno de ellos. Da igual si has visto la película, si conoces la novela de Victor Hugo o si simplemente has escuchado alguna de sus canciones. Es uno de esos títulos que llevan décadas formando parte del imaginario colectivo y eso hace que una entre al Teatro Apolo con cierta cautela. Cuando una obra carga con tanto prestigio, siempre existe la duda de si el montaje estará a la altura de todo lo que una espera.
En mi caso, esa duda desapareció bastante pronto.
Hay un momento, al principio de la función, en el que dejé de intentar entender cómo estaba hecha para empezar, sencillamente, a vivirla. Me hizo gracia porque soy de las que, cuando va al teatro, no puede evitar fijarse en los detalles: cómo entra una escenografía, de dónde nace un cambio de luz o cómo resuelven un movimiento especialmente complejo. Aquí aguanté ese impulso apenas unos minutos. Después ya estaba completamente dentro de la historia.
La producción dirigida por Víctor Conde consigue algo aparentemente sencillo, hacer que una maquinaria inmensa desaparezca. Todo fluye con una naturalidad asombrosa. Los cambios de escena llegan sin estridencias, la iluminación transforma los espacios casi sin que seas consciente y el ritmo nunca pierde el pulso. Hay espectáculos donde una termina admirando el mecanismo; aquí acabé olvidándome de él. Y creo que ese es el mejor elogio que puedo hacerle.
Mientras avanzaba la historia me descubrí varias veces removiéndome en la butaca por esa tensión que consigue generar la obra cuando sabes que lo peor está a punto de suceder y aun así deseas que los personajes puedan escapar de su destino. Hacía tiempo que no me sorprendía pensando "ojalá esta vez ocurra otra cosa", aun sabiendo perfectamente cómo termina la historia.
Adrián Salzedo construye un Jean Valjean lleno de verdad. Me gustó especialmente cómo hace crecer al personaje sin buscar el impacto inmediato. Su interpretación va ganando peso escena tras escena, casi de forma silenciosa, hasta que llega un momento en que resulta imposible apartar la mirada de él. En 'Sálvalo' sentí uno de esos silencios que pocas veces se producen en un teatro lleno. Miré alrededor casi por instinto y vi a mucha gente completamente quieta. Cuando terminó la canción, los aplausos parecían una necesidad más que una costumbre.
Pitu Manubens ofrece un Javert firme, contenido y profundamente humano. Su conflicto interior nunca cae en el exceso y precisamente ahí encuentra toda su fuerza. Teresa Ferrer emociona desde la fragilidad de Fantine; Quique Niza aporta mucha honestidad a Marius; Elsa Ruiz Monleón convierte a Éponine en uno de esos personajes que permanecen en la memoria cuando cae el telón; Alèxia Pascual dibuja una Cosette luminosa y Xavi Melero junto a Malia Conde encuentran muy bien el tono para unos Thénardier que alivian la tensión sin romper nunca el equilibrio de la función.
Pero si hay algo que me gustaría destacar es el trabajo colectivo. Muchas veces hablamos de los protagonistas y olvidamos que un musical de esta envergadura se sostiene gracias a decenas de personas sobre el escenario. Aquí el ensemble tiene una presencia extraordinaria. No da la sensación de que haya intérpretes esperando su momento para brillar. Todas las escenas parecen habitadas por personajes con una vida propia, por personas que realmente pertenecen a ese París convulso que propone la obra.
La música sigue teniendo un poder difícil de explicar. Hay canciones que conocemos desde hace años y, sin embargo, escucharlas en directo vuelve a colocarlas en otro lugar. La orquesta acompaña con una sensibilidad enorme y permite que la partitura de Claude-Michel Schönberg respire sin imponerse nunca a la emoción de los intérpretes.
Pensaba, mientras veía la función, en lo curioso que resulta que una historia escrita hace más de siglo y medio siga hablándonos con tanta claridad. La pobreza, la desigualdad, el abuso de poder, la compasión, la posibilidad de cambiar... Todo eso continúa interpelándonos. Quizá por eso 'Los Miserables' nunca termina de envejecer. Porque debajo del gran espectáculo sigue latiendo una historia profundamente humana.
Al salir del Teatro Apolo me pasó algo que siempre agradezco cuando voy al teatro. Nadie tenía demasiada prisa por marcharse. Había pequeños corrillos comentando escenas, parejas recordando canciones, personas buscando en el programa el nombre de quien acababan de descubrir sobre el escenario. Me quedé un momento observando ese ambiente antes de irme y pensé que, al final, eso también forma parte del éxito de una función: cuando el espectáculo continúa un rato más, ya fuera del teatro.
Si tuviera que resumirlo en una nota, le daría un 4 sobre 5. Y esa estrella que se queda por el camino responde más a una cuestión personal que a un problema del montaje. Siempre me ocurre con los grandes musicales que he escuchado durante años en su versión original. Hay canciones que forman parte de mi memoria exactamente con esas palabras y, por muy cuidada que esté la adaptación al castellano, inevitablemente echo de menos esa primera emoción. Es una pequeña manía de espectadora, lo reconozco. La traducción funciona, acerca la historia al público y está magníficamente interpretada, pero hay melodías que mi cabeza sigue esperando en el idioma en el que las conoció.
Si este verano te quedas en Madrid, o si aprovechas las vacaciones para visitar la ciudad, creo que merece la pena reservar una noche para 'Los Miserables'. No hace falta ser una apasionada del teatro musical para disfrutarla. Basta con dejarse llevar durante unas horas por una historia que sigue emocionando generación tras generación y que, en esta producción, encuentra una forma muy hermosa de volver a contarse. Una función que recomendaría sin dudar a cualquiera que quiera salir del teatro con la sensación de haber asistido a uno de esos espectáculos que justifican, por sí solos, una noche de verano en la capital.



