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Reseña

Amorro

4 de 5 estrellas
  • Bares y pubs | Bares de vinos
  • Chamartín
  • precio 2 de 4
  • Crítica de Time Out
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Time Out dice

Sabéis que en Prosperidad todo se mueve más que nunca. Siendo un barrio siempre propicio para el aperitivo, ahora en él se puede hacer el disfrutón con locales de vino como Amorro. “Esto tiene mucho potencial, hay que descentrificar”, confirma su dueño Alfredo García Rider. Su bar y tienda de barrio, en plena calle López de Hoyos, se suma al nuevo Casa Osorio, en la misma calle, y a las bodegas de Santa Rita y Cañizares, de toda la vida. O a Contiento, para comer en condiciones. Amorro es un lugar flexible, donde además de vino se beben tercios y también algunas latas de cerveza artesanal, y donde se comen entrepanes y conservas ricas.  

Antes de seguir, Alfredo es sexta generación de la saga bodeguera González Byass. Él mismo no se presenta así, sabe que el suyo no es en un bar para conocedores: “Me gusta la gente cercana que quiere probar cosas. El vino es descorchar una botella y probar”. Un lema que facilita la entrada a los vecinos, que ya lo han incluido en su ritual diario, y al público de todas las edades al que le convence este concepto sencillo sin necesidad de exigir tapa gratis. Y que, nos alegramos, acude también porque hay jereces rotando y todo invita a entregarse a un irresistible aperitivo de acento sureño.   

“Bébete la vida a morro” es el claim que ilumina el negocio de tienda y barra degustación desde la escalera del fondo. Antes de la apertura oficial, el local pasó casi por tanto como el propio Alfredo, quien tras dejar la carrera de agrónomos en Madrid y meterse en temas de márketing y hostelería, se encandiló del vino ya cumplidos los treinta. Se hizo representante comercial de una pequeña bodega, fundó su paraguas empresarial Unique Drinks & Co. y acabó aterrizando en la Prospe en este mismo número que antes ocupaba la tienda Bonum Vinum. 

Fue tras la pandemia cuando se hizo definitivamente con el negocio, aunque es el 1 de diciembre del año pasado cuando Amorro se hace realidad, ya con el local en propiedad, tras seis meses de obra al milímetro. El jerezano lo repinta, sube el techo, mete espejos y un peto de azulejo azul, hace contrabarras y apoya copas, deja una pared para las botellas y convierte el almacén de abajo en sala diáfana con mesas de 6 a 8 pax, barra y cava, el mejor espacio para organizar catas y fiestas.  

Alfredo, por tanto, ya sabía lo que es vender vino y por dónde van los tiros del mercado: fluidez, bebilidad y ligereza, pero con identidad. Lo suyo son los pequeños productores tanto como el compadreo con la clientela de su bar: “Esta vidilla es lo que soy y me gusta ser”. Se da a diario, salvo el domingo, con noches fuertes de jueves a sábado (cierra pronto, eso sí), al igual que su mediodía.  

Solo en cuestión de vinos, impera la buena relación calidad-precio. Un primer vistazo revela que su nicho es el pequeño elaborador nacional y que no se mata por el etiquetismo. No quita que no se pueda abrir un Rioja Alta 904 del 2002 o un Luthier de 2012, por encima de los 200 euros la botella. Pero se fomenta la diversión sin formalismos. En según qué horas calientes se alentará a descorchar vinos con poderío, a lo mejor sobre los 6 euros la media copa. 

De sus quinientas referencias (llegó a tener mil), un 15% es internacional: Francia, Italia, Alemania pero también Eslovenia o Nuevo Mundo. A falta de carta digital, en proceso, no hay oferta por copas: “Esto es libre”, aclara Alfredo señalando la champanera con unas cuantas botellas abiertas. Todo puede llevarse a casa (marcado en modo retail) y todo puede beberse in situ. Cualquier vino de menos de 20 euros, se cobra a esos 20. A partir de ahí, el precio que indique la botella, sin descorche. Y parece justo. De una sentada, se puede empezar por el fino Marchanudo De la Riva, por el verdejo Majuelo del Chirivitero, de Cantalapiedra, o por el pet-nat Tinc Set, un tipo de burbujas ancestrales en las que Alfredo pone énfasis. Podemos pasar al luso D.N.M.C., de Filipa Pato & William Wouters, tanto el blanco Bical & Arinto como la variedad tinta Baga, un vino trendy, muy fluido y con poco alcohol a muy buen precio. Llegar a La Inflexión, de Raúl Moreno, por regresar a tierras jerezanas, y acabar el viaje en Arribes del Duero, con el muy gastronómico Vaélico, de Pedro Gajate, también a precio de risa. Las estanterías de Amorro deparan igualmente whiskys japoneses, tequilas y mezcales, algún sake y licores.

La parte sólida va de una carta basada en el producto y en ciertos bocados con toque propio pero sin complicaciones, como los aguachiles, las sardinillas “juguetonas” con un punto de soja, unas navajas “con chaqueta”, un saam de bacalao o el mismo foie de bacalao ahumado con encurtidos. Todo sabroso y condimentado por Manu, mano derecha de Alfredo. ¡Esos berberechos sumergidos en bloody mary para “levantar el ánimo”! Ibéricos de Huelva, cecina y morcilla de Casalba, salazones de Ricardo Fuentes y Valera (como la mojama, incluida la versión nikkei que hacen en casa), laterío de Mariscadora, quesos seleccionados por Ardai (Olavidia, payoyos, comtés, pecorinos, zamoranos, São Jorge…). Para llenarse más, los molletes de chicharrones gaditanos o de carne mechá y zurrapa. Y a funcionar.   

Detalles

Dirección
López de Hoyos 147
Madrid
28002
Transporte
Alfonso XIII (M: L4)
Horas de apertura
Lu. 10:00-14:00 y 17:00-22:00 Ma. a Sa. 10:00-22:00
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