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Reseña
Abrir la puerta de una antigua discoteca en la calle Lagasca pero ahora con un plan distinto: poder beber un cóctel clarificado con mezcal, comer un katsu sando y escuchar a Fred Nevché en un ambiente relajado. Frecuencia abrió en septiembre de 2025 para dar un giro radical al modelo anterior basado en copas de batalla. El resultado es estimulante, un club para los nuevos tiempos. Recibe una host que orienta el tiro a cena o solo drinks. Un cromatismo cálido inunda el paso hasta la barra del fondo o la bajada a la planta baja. Arriba se bebe y se come frente a un gran sol en una experiencia personalizada. A un lado de la barra, el laboratorio de bebidas junto a la cocina abierta que acapara protagonismo tras la zona de vinilos. Todo está conectado por la música. Abajo esperan algunas mesas con un sofá corrido. El dj ocupa la mesa dentro de la barra central en este atrio que comunica ambos niveles. El espacio, a partir de medianoche, evoluciona festivo.
No se reserva, si el grupo es grande mejor llegar pronto para pillar sitio hasta llenar un aforo de 100 personas. Tienen permiso para estirar hasta las 6 de la mañana, pero prefieren adelantar cierres tranquilos. Avanzan la idea de sacar recenas de madrugada estilo Lady Pepa con algo “monchoso”, tal vez tacos, un sando o hasta una malteada. La acústica hifi se ejecuta con bocinas alemanas de sistema Hk. La sesión de jueves a sábado empieza con vinilo y se acaba con digital. Frecuencia modula el ritmo desde las bajas pulsaciones.
Se notan influencias de Copenhague y Japón (listening bars). Pero el acento suena a México, de donde son los tres socios y amigos. Rafa, Santiago y Esteban vinieron a España a estudiar derecho y marketing. Tras la pandemia se replantearon entrar en hostelería y en mayo de 2021 abrieron Sal Mestiza, local contiguo, un mexicano moderno sin mariachis. Después repararon en la licencia de discoteca de este negocio, una verdadera pepita de oro, por lo que entraron hace tres años para convertirlo en Wonder Studio y dejar atrás el suelo pegajoso y los baños pestilentes.
Aquello pasó y hoy evolucionan con Frecuencia a un concepto de menos embriaguez y ruido. Con la posibilidad de mutar a espacio multidisciplinar para exponer arte y entrar en otro circuito. Porque los colores, los acabados y la atmósfera apetecen, gracias a la intervención de Daniel Hueso (Hueso Studio), también mexicano. La estética se acompaña de una inteligente reconfiguración de la sala para el sitting, donde los pilares ya no estorban sino que se integran en la barra cuadrada. Atraen a otro público, más internacional, con otra onda que busca música curada y pagarse mejores tragos (14 €). Y que no hace ascos al agua de coco, la kombucha o los cócteles sin alcohol. Mindful drinks, en definitiva. “Salir a emborracharse ya no es cool”, nos dicen. “Ahora se sale para conectar”.
Se sirve en mesa hasta que la temperatura sube. La carta de autor está diseñada por Ricardo Nava quien, junto a su hermano Eduardo, empezó en Limantour, pionero bar de coctelería en Ciudad de México. Ambos montaron luego Mauro, también un 50 Best Bar. La propuesta en Frecuencia es minimalista. Vaso fino, líquido transparente: muchos cócteles son clarificados. Técnica pero sabores familiares. La bartender Ácrata ejerce de curadora de las bebidas. Latencia es floral y dulce, con vodka infusionado en arándanos, sirope de lavanda y licor de vainilla. Frecuencia Modulada es ligero y gaseoso, con St Germain, tequila y soda de pepino. Sideral es algo jabonoso y complejo (48 horas de producción), con whisky mexicano Abasolo, tequila, clarificación de leche de dátil, cardamomo y clavo. Interferencia es más plano, un spritz de baja graduación con tintura de pimienta rosa y Martini Floreale.
Las sodas son caseras, como la de fresa y tomate que combinan con mezcal, o la de pomelo de su Paloma. Quieren hacer su propio refresco de cola. Ya que prescriben la copa premium, para elevar el trago elaboran un gintónic Frecuencia, con su agua de tónica y Gin Condesa. Y como suyo es también Bea’s y participan del wine bar Gastón, incluyen varios vinos (5/20 €), además de una pequeña selección de mezcales, que no se diga.
Para comer, el jovencísimo chef Juan David, ex Kaito Hand Roll y Terracotta, especializado en sushi y ramen, prepara nigiris de sardina con miso y vinagre de arroz, un jugosísimo katsu sando, gyozas de carrillera y mole, o un karaage (pollo marinado en soja y mirin) acompañado de una ensalada de pepino que ellos mismos fermentan. Vaya con Frecuencia y la nueva movida nocturna.
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