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Hay restaurantes a los que acudimos a comer y bares en los que nos gusta más beber. Y después están esos establecimientos en los que ambas cosas suceden sin que una tenga por que tener, necesariamente, más importancia que la otra. Plato Social Bistro pertenece a esta última categoría. Su propuesta reúne vinos, con foco en referencias naturales y de mínima intervención, disponibles por copa o botella, y platos que contienen recetas reconfortantes para compartir. El concepto termina de sostenerlo un propósito sencillo pero ambicioso, que pasa porque quien venga a visitarles se sienta tan cómodo que decida alargar más de lo previsto.
Se encuentran en el corazón de la Latina, en la plaza de la Cebada, donde además su local tiene una terraza de seis mesas a la espalda del histórico mercado que lleva el mismo nombre. Detrás del proyecto hay un grupo de socios y amigos de distintas procedencias que han reunido sus referencias culturales y gastronómicas en un negocio común. Una de las socias, responsable del diseño del espacio, explica que la intención nunca fue crear un restaurante excesivamente sofisticado ni un bar exclusivamente dedicado a beber, sino un lugar donde ambas experiencias convivieran con naturalidad. El calificativo de “social” que se encuentra en su nombre, por tanto, no es casual. Este adjetivo forma parte de la identidad del negocio, que aspira a reunir alrededor de una mesa sin necesidad de una ocasión especial.
Esa voluntad de restar solemnidad a la experiencia y volverla más cercana y accesible se reconoce también en el diseño del espacio. La intervención arquitectónica responde a esa misma filosofía. "La idea es sentirte bien, cómoda, como en tu casa", explica una de sus impulsoras. No se trata de reproducir literalmente un salón doméstico, sino de encontrar un equilibrio entre lo cuidado y lo informal, sin que el diseño termine imponiéndose a la experiencia. El local tiene una distribución abierta, con una barra principal que organiza buena parte del espacio y otra adicional, acompañadas de varias mesas bajas. Dos columnas de hierro originales, pintadas en verde oscuro, conservan el carácter del inmueble, con mucha presencia de madera, las paredes claras y una iluminación cálida, agradable. Pero quizá uno de sus rincones más apetecibles sea la pequeña barra instalada frente al inmenso ventanal que mira a la calle. Durante el día, la luz natural entra por aquí iluminando todo el espacio y, al caer la noche, la ventana se convierte en un observatorio privilegiado de lo que sucede al otro lado del cristal.
No se trata de reproducir literalmente un salón doméstico, sino de encontrar un equilibrio entre lo cuidado y lo informal
La carta sigue un planteamiento parecido, pues se organiza alrededor de elaboraciones sencillas fáciles de compartir, con referencias reconocibles que conviven con otras menos habituales. La influencia libanesa aparece en algunos platos, mientras que la jefa de cocina, coreana, incorpora también referencias de su cultura culinaria. Conviven, así, características, ideas y elaboraciones que en otra circunstancia nunca compartirían cocina. No hay, por tanto, una voluntad de representar una única tradición culinaria, sino de aprovechar ese encuentro de procedencias para construir una oferta propia, singular. Se puede empezar con una gilda (3 euros), o acompañarla de un vermú (juntos, 6 euros), una combinación que resume bastante bien su vocación de lugar para arrancar el aperitivo.
También hay tablas de embutidos y quesos, conservas de sardinas, anchoas o mejillones servidas con mantequilla y pan tostado (13 euros), y una selección de platos que permiten alargar la visita hasta convertirla en comida o cena. Entre estos últimos destaca el labneh con makdous picado y crackers de zaatar (10,50 euros), que se sirve extendido sobre el plato y acompañado de makdous, una conserva tradicional de berenjenas que aporta intensidad al conjunto. Una de las socias cuenta que son sabores que le recuerdan a las preparaciones de las abuelas, pues es una combinación muy popular a la hora de hacer bocadillos. La coliflor especiada y asada sobre una cama de tahini (11 euros), es una combinación que encuentra en los condimentos y las texturas buena parte de su atractivo. Para quienes prefieran referencias más clásicas, hay tomate de la huerta con queso feta y aceitunas marinadas (12 euros), ensalada César de lechugas y endivias (12 euros) o un sándwich de mortadela con pesto de calabacín y anacardos (13 euros). El brownie de chocolate (6 euros) cierra, por ahora, el apartado dulce.
Puede ser una gilda con vermú en la terraza, una copa de vino junto al ventanal o una sucesión de platos compartidos que termine convirtiéndose en una cena completa
Pero la propuesta no se limita a lo que figura en la carta. Una vez por semana organizan una noche temática alrededor de una elaboración especial y, además, incorporarán platos de forma excepcional de manera recurrente. En nuestra visita coincidimos con unos tacos árabes, preparados sobre pan plano, con carne especiada, una base cremosa y cebolla morada, que resultaron deliciosos. Una de esas elaboraciones que justifican prestar atención a lo que sucede en cocina más allá de la oferta habitual. A esta programación se sumarán próximamente cocineros invitados, que pasarán por Plato para aportar sus propias propuestas gastronómicas, ampliando así ese intercambio de influencias que forma parte de la identidad del proyecto.
El vino ocupa otro lugar importante. La selección reúne tintos, blancos, orange y espumosos, con una inclinación hacia elaboraciones naturales, ecológicas y de mínima intervención, pero sin limitarse exclusivamente a ellas. Hay referencias por copas desde 5 euros, como La Nave, de Casa Aurora, en el Bierzo, o Ca'n Verdura Negre, de Mallorca. Entre los blancos aparecen Lirondo sin SO₂, un verdejo de Rueda (6,50 euros la copa), y Sal, el albariño de Iria Otero (7 euros). También hay espacio para un naranja como Brisat del Coster (7 euros), elaborado con macabeo, y para espumosos de método ancestral. A ello se suma una carta de cócteles que incluye clásicos como el Negroni, el Aperol spritz o el vermut spritz, que parten de los 7,50 euros.
La intención es que el local funcione en distintos momentos del día, por lo que precisamente ahí reside uno de sus mayores atractivos: no exige decidir de antemano qué tipo de plan se quiere hacer, una puede adaptar el plan a la apetencia. Puede ser una gilda con vermú en la terraza, una copa de vino junto al ventanal o una sucesión de platos compartidos que termine convirtiéndose en una cena completa. En una plaza tan vinculada a la vida de barrio como la de la Cebada, sus responsables quieren que el espacio se utilice, se comparta y, sobre todo, se disfrute sin demasiados protocolos. Una forma bastante razonable de entender la hospitalidad.
PLATO. Bistro social (Plaza de la cebada 15. La Latina)
Horario: De miércoles a viernes de 18:30 a 00:00h, sábado de 12:00 a 01:00h y domingo hasta las 00:30h


