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De triunfar con su apuesta de "mountain club" con producto excelso en la sierra de Guarradama a abrir una taberna desenfadada en pleno centro de Madrid. De consolidar un restaurante en mitad de un pinar a plantar una apetecible terraza en el Paisaje de la Luz, Patrimonio Mundial de la UNESCO, a dos pasos del lujoso Mandarin Oriental Ritz. De hecho, ya se empiezan a acomodar en sus mesas al aire libre algunos huéspedes del hotel para disfrutar de un buen tapeo en este otoño amable.
El proyecto familiar de Rubén Iborra se expande con este perfil urbano y disfrutón, donde brilla la barra a la hora del aperitivo (como buen murciano, esto se traduce en unas espléndidas marineras, unos salazones de relumbrón o un adictivo bikini braseado con queso de cabra y sobrasada de la tierra) mientras en su cocina vista van apareciendo una paella tras otra. Rodeado de oficinas y grandes hoteles, su pequeño reservado (para un máximo de 8 personas) será seguro un espacio muy demandado para comidas y cenas de altos ejecutivos. Porque aquí lo ponen fácil. El local es pura versatilidad tanto por su carta como por su extenso horario.
La propuesta es algo diferente a la que ha consolidado en el monte pero mantiene los mismos estándares de excelencia en el producto que maneja. Y eso va del jamón Joselito al carabinero de Garrucha o la cigala de Santa Pola. Productazo que se transforma, más o menos tocado en cocina, en tapas frías y calientes al precio que rima con esta aburguesada zona de Retiro, donde el Museo del Prado es el principal polo de atracción turística.
Escojas seco o meloso, aquí se viene por sus arroces. Puedes venir a tapear, a comer unos huevos camperos con parmentier trufada o quedarte con su chuleta de rubia gallega pero te estarás perdiendo el pilar de la casa. Y eso que el propio Iborra confiesa, durante estos primeros días de estreno, que le falta un poco para clavar el arroz como ya pasa en la sierra. Sabe muy bien de lo que habla. Son distintos el agua, la altitud... No el tipo de arroz. Como gran experto y estudioso en la materia, después de muchas pruebas, se quedó con la variedad Albufera. Y si queréis una recomendación, probad el de conejo y caracoles. Soberbio.
Entre el buen marisco, sus "panecicos con cosicas" y el amplio escaparate de arroces (más de una docena de opciones), en su carta también tenéis un plato que quizás solamente se pueda disfrutar en Ruge La Barra (Plaza de la Lealtad, 3) dentro de la M30. Aquí, por encargo, preparan el mítico caldero de Tabarca, con rape y gallina, con su arroz a banda y sus patatas hervidas en el fumet. Y luego está el arroz murciano de su abuela Encarna. Eso sí que no lo vais a comer en ningún otro restaurante de Madrid.

