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Entrar en la sala Cuarta Pared sabiendo de dónde viene La Peatonal generaba ya cierta expectación en el patio de butacas. Hace un par de temporadas, su montaje 'Tengo hambre, es jueves' dejó una huella nítida por su cercanía y por ese modo tan honesto de mirar a su propia generación. Ahora, su director Jaime Cano y el dramaturgo Sebastián Moreno dan un salto de escala mucho más ambicioso con 'Baila, baila, pegamoide'.
Hay algo inquietante en ver a un grupo de mujeres empezar a bailar sin que parezca que puedan detenerse. Al principio observamos desde cierta distancia, con la curiosidad de quien contempla algo extraño. Después, poco a poco, esa extrañeza se nos va pegando al cuerpo. ¿Qué tendría que ocurrir para que dejáramos de mirar y nos pusiéramos a bailar también? ¿Y qué clase de sociedad necesita llegar al límite para descubrir que todavía es capaz de moverse al unísono? Por ahí transita 'Baila, baila, pegamoide', la propuesta de Cía. La Peatonal que llega a la Sala Cuarta Pared dentro de la XIII edición de SURGE Madrid. Una pieza que encuentra en una misteriosa epidemia de danza medieval una puerta de entrada a nuestras propias formas de sobrevivir a las crisis.
Encuentra en una misteriosa epidemia de danza medieval una puerta de entrada a nuestras propias formas de sobrevivir a las crisis
La muestra madrileña lleva trece ediciones acompañando a quienes buscan otros caminos para la escena contemporánea. En ese mapa de propuestas que prueban lenguajes y se permiten asumir riesgos, el trabajo de La Peatonal tiene algo que celebrar: la voluntad de tomar una pregunta aparentemente lejana y acercarla a nuestra vida cotidiana. La pieza parte de un episodio documentado en Estrasburgo en 1518, cuando varias personas comenzaron a bailar de manera compulsiva en plena época de hambrunas y enfermedades. Una de ellas, Frau Troffea, ocupa el centro de esta historia. ¿Estaban locas aquellas personas o había algo insoportable a lo que sus cuerpos intentaban dar salida?
El texto de Sebastián Moreno encuentra en ese enigma un territorio fértil. Jaime Cano, que firma la dirección y la dramaturgia de esta versión, lleva la historia hacia otros episodios de nuestra memoria colectiva, desde la Movida madrileña hasta los aplausos en los balcones durante la pandemia. Las conexiones no siempre necesitan explicación, basta recordar cómo, en determinados momentos, hemos sentido la urgencia de encontrarnos, de hacer algo por los demás, de salir de casa y poner el cuerpo. La obra nos invita a pensar qué queda de aquella disposición cuando la emergencia desaparece y regresamos a nuestras rutinas.
La decisión de situar buena parte de la acción en una especie de museo resulta sugerente. Al entrar en la sala nos reciben unas peanas vacías y un espacio desnudo que pronto empieza a llenarse de cuerpos, relatos y presencias. Las intérpretes observan unas esculturas que nosotros todavía no vemos; el pasado se va revelando delante de nuestros ojos. Hay una ironía interesante en esa operación, acudimos a contemplar una historia lejana, casi como quien visita una exposición, y terminamos demasiado cerca de sus preguntas.
Uno de los grandes aciertos está en la transformación del coro de campesinas. Lo que comienza como una mirada desconfiada hacia la mujer que baila va cambiando de temperatura hasta convertirse en contagio. La música cruza épocas y registros, y el movimiento desplaza el juicio inicial. Hay algo hermoso, pero también incómodo, en ese paso de la observación a la participación. La diferencia que al principio provoca rechazo acaba abriendo una posibilidad de encuentro. La escena tiene una energía particular y ayuda a comprender por qué la danza es aquí mucho más que un recurso expresivo, es una forma de comunicación que puede reunir a quienes todavía no saben qué decirse.
La música cruza épocas y registros, y el movimiento desplaza el juicio inicial
El vestuario acompaña ese tránsito con un cambio muy visible entre la estética contemporánea, con ecos de los ochenta, y la evocación medieval. La mezcla aporta personalidad a la función. También es valioso que el elenco reúna intérpretes con trayectorias corporales distintas. La danza contemporánea de María Quero, que firma además la coreografía, convive con el flamenco, la danza española, el butoh y el teatro físico. Esa diversidad encuentra sus mejores momentos cuando cada intérprete aporta una cualidad singular y, poco a poco, las diferencias se incorporan al movimiento colectivo.
Entre las historias que asoman en el recorrido destaca la de Pepita Bernat, una mujer que hizo del baile una forma de libertad frente a las restricciones de su época. Su presencia introduce una dimensión íntima que agradece la pieza. Frente a la magnitud de las epidemias y los movimientos de masas, aparece una vida concreta, con sus deseos y sus pequeñas rebeliones. También el recuerdo de la pandemia adquiere otra textura cuando pasa por el cuerpo de una intérprete y por el sonido de las castañuelas, evocación de aquellos aplausos de las ocho que durante un tiempo nos hicieron sentir parte de algo común.
El tramo final concentra la carga política y emocional de la propuesta. Frau Troffea toma la palabra para defender que empezó a bailar porque tenía hambre, y su gesto se transforma en una suerte de manifestación. La pregunta que lanza al público permanece después de la función: si todavía hay hambre, miedo y tantas vidas al límite, ¿qué nos impide reaccionar juntos? La obra no necesita ofrecer una respuesta cerrada. Su valor está en devolvernos la pregunta y recordarnos que la solidaridad, aunque a veces parezca surgir de manera espontánea, necesita cuerpos dispuestos a salir de su sitio.
Cía. La Peatonal aborda este material con ambición y una sensibilidad que merece acompañarse. Hay intuiciones poderosas y un equipo que se atreve a poner el cuerpo al servicio de una pregunta difícil. En una muestra como SURGE, que presta atención a las búsquedas y a los lenguajes en construcción, propuestas como esta encuentran un espacio natural para crecer. Al salir, una piensa en lo fácil que resulta mirar desde fuera el dolor ajeno y en lo raro que es encontrar el momento de dar un paso hacia los demás. Quizá bailar no vaya a salvarnos de nada. Pero 'Baila, baila, pegamoide' consigue que nos preguntemos qué podría pasar si dejáramos de bailar cada cual por su cuenta.
Cuándo se puede ver 'Baila, baila pegamoide' en la sala Cuarta Pared
'Baila, baila pegamoide' se puede disfrutar en la sala Cuarta Pared hasta el 17 de octubre, de jueves a sábado a las 20.30 h. Con una duración aproximada de 75 minutos, el coste de las entradas generales parte desde los 12 euros.
