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Reseña
Tres amigos del colegio enamorados de España encuentran en Madrid el lugar en el que desean escribir un nuevo capítulo juntos. Los tres son jóvenes, parisinos y se han dedicados a la gastronomía en diferentes formas, ya sea cocinando, trabajando en hostelería o vendiendo vino. Sus nombres son Christian, Jules y Julian. De su decisión de emprender conjuntamente nace “Amis” –literalmente “amigos”, en francés–, para el que encontraron su local soñado en la calle del Limón, en pleno Conde Duque.
El concepto es el de un bar de vinos sin carta escrita, en el que la bodega se nutre de referencias internacionales que parten de ser biodinámicas, sinceras y de mínima intervención. Para elegir, Christian se encarga de tener la conversación pertinente y de realizar el asesoramiento en base a las preferencias de cada cual. Escucha, selecciona entre sus opciones disponibles y da a probar hasta que encuentra el vino que el cliente desea tomar. Suele tener abiertas una decena de tintos y otra de blancos, además de algún Orange y alguna burbuja que pueden tomarse por copa (a una media de 6 euros). Su forma de trabajar implica una alta rotación de botellas, que se encuentran entre los 28 y los 70 euros (a excepción de las referencias de champán, que suben más el ticket). En uno u otro formato, este sistema hace posible que cada visita a Amis se traduzca en un descubrimiento vínico.
Si la experiencia en torno a esta bebida protagonista viene caracterizada por el dinamismo, la comida le sigue de cerca. Jules es el chef y, por tanto, el encargado de la cocina. Él sí cuenta con una carta para exponer sus elaboraciones, que también cambian con frecuencia (entre 7 y 18 euros). Su propuesta está enfocada al empleo de producto de temporada, que en el momento de esta visita se ejemplifica, por ejemplo, en el platillo de setas asadas. Muy ricas y doblemente fritas sus patatas, acompañadas de una mayonesa densa y contundente. Además, reluce la presencia de la verdura como protagonista en diferentes tapas: zanahorias asadas con labneh, coliflor asada con curry, ensalada de calabacín con queso de cabra…
También hay algunos bocados que no dependen de la estación del año, como su delicioso croque monsieur con jamón york de calidad, queso comté fundido al punto perfecto y pepinillos. No falta en un local creado por franceses la posibilidad de probar una tabla de quesos, disponible en dos tamaños, y cuyos integrantes también cambian cada poco tiempo, para no dejar de sorprender al cliente que repite. Todos sus postres son caseros y la mousse de chocolate o la créme brulée claros candidatos a que merezca la pena dejar hueco para un último bocado dulce.
Muy especial las piezas de una vajilla con personalidad, texturas y colores que suman a cada tapa. Realizada a mano por una artesana en Mallorca, si ponemos un poco de atención veremos que también hay piezas suyas que hacen guiños como parte de la decoración: una lámpara aquí, la pila del baño allá… El local, al que hicieron una reforma mínima, tiene un ambiente cálido, sereno y acogedor. Con zona de mesas y también de barra, el turno de noche se anima a la luz de las velas, que le dan un toque extra de tranquilidad al espacio. Para repetir. A la prochaine, amis!
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