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Reseña
La ciudad da para tanto que hay una (en realidad, más) que está ahí y apenas nos damos cuenta. A un paso de Gran Vía, el de Pintor Rosales es un paseo que dejamos a flâneurs de retirada y a ociosos veteranos. Puede que llamar a esta zona el Upper West Side de Madrid sea una boutade. Pero sí, el frontal de casoplones frente a la puesta de sol despejada, con un tajo verde en medio, es demasiado. Así que ya era hora que pudiéramos tomar algo aquí como nos merecemos.
Es el Grupo Trafalgar el que lo ha hecho posible al conseguir dos de los populares kioskos en donde como mucho nos bebíamos (nosotros, o antes nuestros padres) una caña con unas patatas fritas. Moret es uno de ellos, un kiosko de estilo neoherreriano, esto es: líneas sobrias, formas cuadriculadas y techos de pizarra.
Un pequeño puesto o templete de lo más sencillo, pero que ha tenido que ser recuperado de acuerdo a Patrimonio Nacional. Fuera de él, donde se instala la mínima cocina, una terraza con toldo a un lado y una pérgola como las parisinas, al otro. La climatología manda en la elección de ambos espacios.
Dentro, el sol de invierno es un placer privilegiado con vistas a los chorros de la fuente de Juan de Villanueva, entre los árboles del Parque del Oeste. Si es con un negroni (bautizado precisamente como Negroni del Oeste) o con un vermut Zarro en la mesa la cosa adquiere tintes de emulación burguesa la mar de conseguida. No faltan a su compromiso con un tipo de coctelería funcional, que ya es mucho. Los Espresso Martini ya vuelan, como la Paloma, el Rosales Spritz o el Bloody Moret. Los vinos siguen la tónica de sus otros establecimientos: Viña Zorzal (Navarra) o Bitoku (Ribeiro), en blancos; Valtuille (Bierzo) o Frontonio Microscópico (Valdejalón), en tintos. Además de Mas Candí o Recaredo Terrers (Corpinnat), en espumosos, junto a un par de champanes. Nada mal para un kiosko. Hasta manzanilla De la Riva.
En seguida, que hemos venido a comer, volvemos a recordar el sello Trafalgar. Con las gildas, los irresistibles montaditos de steak tartar sobre milhoja de patata (8,5 € dos unidades), la ensaladilla rusa, muy jugosa, los torreznos melosos (14,5 €), que no engañan, o el brioche con anchoa y mantequilla ahumada (19 € seis unidades), que siguen clavando. Es la firma de la casa, bocados sabrosos sin complicaciones, que invitan a compartir y a mancharse las manos. Fácil, cero pegas. No será raro que las raciones se repitan o se pidan directamente a pares, puesto que a Moret lo mejor es ir con familia y/o amigos, a mesa grande y disfrutona.
El pastrami de wagyu "hecho en casa" (16,5 €) debe contemplarse, así como el bikini de lacón ahumado, rúcula y comté fundido (10,5 €). Si vais con niños, no habrá suficientes bandejas. Para eso cabe ampliar con la acción desengrasante del puerro asado con vinagreta de hierbas (13,5 €) o con el tomate aliñado (14 €). Y seguir con el tataki de ventresca de atún rojo (26 €), con la pluma ibérica a la brasa con chimichurri casero (22,5 €), o directamente con el solomillo de vaca vieja trinchado que, como con algunos de los platillos previos, permiten la media o la ración entera. Ya decimos, todo facilidades. El pan es de Panic, para qué queremos más.
Probamos todos los postres, porque ya vamos embalados y puede que los niños de otros nos hayan dejado sin ninguna croqueta que llevarnos a la boca. El tiramisú de Baileys, el cremoso de chocolates y mango, nata de café y migas de cacao, y la mouselina de limón, chantilly de lima y galleta de tomillo. Si no nos falla la memoria, los tres pasaron el corte, si bien el chocolate… Ya nos entendéis, el chocolate siempre.
Otro Espresso Martini y listos para estirar las piernas como gente de bien. En dirección al Templo de Debod, donde a 700 metros justos está Palacete Rosales, el otro kiosko Trafalgar que fuera proyectado en 1923 por Luis Bellido. Hasta aquí llega nuestra aspiración como visitantes ocasionales de Rosales. Quién pudiera vivirlo más.
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