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Reseña
Marciano es aquel que viene de Marte, o el habitante imaginario, según indica la RAE, de este lejano planeta. Pero lo cierto es que, en un lenguaje coloquial, se suele hacer un uso de este adjetivo para describir algo extraño, raro, que resulta difícil de encajar en un canon conocido o familiar. Este también es el nombre del restaurante del cocinero madrileño Víctor Camargo, que se encuentra en la calle de Jorge Juan 71, en pleno barrio de Salamanca. Y un poco de otro planeta sí que es, en tanto conjuga tres elementos para dar forma a su concepto y les atribuye dosis de protagonismo paralelas.
De hecho, basta cruzar su puerta para entender cómo funcionan juntos. Estos son: la música (el DJ set ocupa un espacio principal a la entrada y las sesiones se retransmiten por pantalla para llegar a todos los espacios del establecimiento), la gastronomía (entendida como cocina, aquello que se come) y la coctelería (aunque hay otras opciones de bebida disponibles, el cóctel tiene un peso central).
El local, que tiene una ventana horizontal a la calle con una barra para dos comensales, continúa serpenteando hacia el interior, más oscuro, con mesas de dos y cuatro personas. Al final del final, dos espacios más amplios para mesas más numerosas que pueden convertirse en reservados si la intención es hacer una reunión más grande. Pero regresemos a la entrada, donde la protagonista es una barra reconvertida a set con dos platos para pinchar vinilos, dado que la apuesta por la música es en versión analógica. Parte de la colección de discos se expone en un mueble diseñado en madera, en contraste con el resto de los materiales. En el techo, tubos de luz retorcidos recorren el establecimiento.
Su oferta de comida y bebida, sobre el papel, es más que una carta. Literalmente. Una vez bienvenidos y acomodados, se hace entrega de una revista en la que además de bocados y tragos, se encuentra su manifiesto. Hay un apartado dedicado a la “música a la mesa”, que ahonda en los estilos que pinchan estos platos.
Los responsables de curar la parte musical de esta oferta son Rafa Rosa y Madame Excuse, ambos coleccionistas de discos y DJs en Marciano, aunque no serán los únicos, pues la idea es que también otros profesionales puedan pinchar durante los servicios. Su aporte a la experiencia va más allá del momento de la comida o la cena, dado que se puede disfrutar de una buena sesión tomando un cóctel, ampliando los usos del local más allá del mero concepto de “restaurante”.
La bebida se divide entre la “bodega”, que pone foco en pequeño productor y cuenta con joyitas internacionales, entendida desde un ejercicio de curación de su contenido, como si de música se tratase y la “coctelería de autor”. O de autora, porque aquí los focos apuntan a Melanie de Conceiçao, ex Salmon Guru y maestra de la hospitalidad, que ha creado esta carta de coctelería de baja graduación pensando en que sea consumida acompañando la comida, como lo haría un vino. Su contenido puede degustarse por cóctel o por botella (de medio litro), para toda la mesa. Estupenda su Paloma Marciana.
La comida se encuentra en el apartado “platillos”, junto a una declaración de intenciones en la que se comprende cada bocado como un destino y esta cocina, como proveedora de un viaje. La idea es que la carta cambie y entren y salgan de ella diferentes recetas, que en siguen una línea de fusión de distintas cocinas internacionales. Hay opciones por unidad, casi para comer de un bocado, raciones frías y calientes, siempre pensando en compartir, y platos con actitud de principales en los que predominan la carne y el pescado.
Muy acertada su berenjena ahumada con queso feta y salsa holandesa de estragón (la espuma de esta, que pasa por un sifón), y para pedir y no compartir (no querrás ceder un mordisco una vez lo pruebes) su Saam Jacobo de corvina relleno de queso fresco y acompañado de salsa anticuchera. Para convertir en fijo en la comanda: su dumpling hervido con velo de papada ibérica, crusta de torrezno y una salsa suave elaborada con chiles. Todas etsas conviven con un handroll de steak tartar y calamar, panceta de cerdo rojo chino con fideos de ramen seco, alcachofa en ajo blanco, un pincho de cerdo a la robata… Y de aquellos más contundentes, destacan unas navajas a la carbonara (empleadas como si fueran pasta), su katsu sando de vaca con mayonesa de piparras o las costillas de cerdo duroc guisadas.
Cierran los postres, que a pesar de partir de referencias tradicionales como “arroz con leche”, tienen cada uno un twist que les da personalidad. En el caso del arroz, se elabora con leche fresca de cabra, en el de la tarta de queso cósmica, se realiza “al momento” y su mousse de chocolate tiene gusto ahumado (el chocolate se tatema) y se acompaña de una nata montada con shake.
Si las estrellas de esta reseña pudieran escalarse, la de Marciano sería una puntuación de cuatro estrellas muy altas. La atención es estupenda y aunque el servicio tenga detalles mejorables, el valor de posicionar una oferta con esta personalidad debe ser premiado. Sin duda este restaurante llegado de otro planeta cuenta con todos los ingredientes para ofrecer un buen equilibrio entre la experiencia obtenida y su calidad-precio, muy razonables.
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